El quinto elemento

El otoño se ha marchado en su eterna agonía. Comienza un nuevo día, que nos recibe con el característico frio invernal de la estación que transitamos, y de pronto alzo la mirada al cielo y observo con detenimiento los matices grises de las nubes, a punto de romper en llanto para bañar una vez más nuestra querida ciudad de Buenos Aires: quizá la tristeza melancólica que producen sus colores en las retinas abra nuevos espacios de meditación y apertura de conciencia. Lo cierto es que ver la mismísima poesía pintada en los cielos por La Mano Infinita enciende en mí la chispa de la inspiración, y emprendo una vez más la aventura de escribir algo que valga la pena. Al instante afloran incontables pensamientos, sentimientos, ideas y un recuerdo tácito del hallazgo del quinto elemento. Ya encendido el motor de la mente, en sintonía con el corazón, comienzo a escribir:

Hace tiempo estaba aburrido, y por señales de la vida me encontré con una explicación detallada sobre el aire, la tierra, el agua y el fuego. Fue en ese momento cuando saqué la conclusión de que había algo en el universo de la misma naturaleza que los cuatro elementos, y que no podíamos vivir sin él. La explicación detallaba que, si a cualquiera de los cuatro elementos lo dividiéramos en un número infinito de partículas, cada una de ellas conservaría en esencia los mismos componentes. El ejemplo más práctico para comprenderlo es pensar en el agua que, aunque la dividamos en cuántas gotas queramos, cada molécula, aun por separado, continuará siendo sólo agua.

Pasaron los meses, y una mañana me encontré con mi padre en la cocina haciéndome una de sus características preguntas:

-¿Sabes cuál es el quinto elemento?

Después de un breve silencio, que fructifiqué tratando de dar en la respuesta acertada, recordé que hacía tiempo me había hecho esa misma pregunta, y respondí con total convicción:

-El amor, el amor es el quinto elemento. Si éste pudiera fraccionarse, al igual que los otros cuatro elementos de la naturaleza seguiría siendo sólo eso: amor.

Continuamos con nuestro intercambio de opiniones y, una vez acabada la breve conversación, caminé hacia mi habitación cavilando la idea, hasta arribar en la conclusión de que al igual que la tierra, el aire, el agua y el fuego, el amor es imprescindible para que permanezca viva la llama de la humanidad en el planeta. Pues el amor es una concentración de los cuatro elementos de la naturaleza, que con su tierra nos da frutos, con su aire nos eleva, con su agua nos sacia, con su fuego nos da abrigo, y existiendo nos da vida.

Qué es un aforismo

Para quienes aun no conocen el significado de la palabra, según la propia definición de la prestigiosa Real Academia Española, un aforismo es una “sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte”. A su vez, La enciclopedia libre, Wikipedia, nos dice que un “aforismo es una declaración u oración concisa, que pretende expresar un principio de una manera concisa, coherente y en apariencia cerrada.”

La etimología de la palabra deviene del término utilizado por primera vez por el médico Hipócrates de Cos (más conocido como Hipócrates), nacido en la Antigua Grecia cuatrocientos sesenta años antes de Cristo, a quien muchos consideran o mencionan (todavía en la actualidad) como el “padre de la medicina” occidental. Es quien, a su vez, habría redactado el reconocido “Juramento Hipocrático” que prometen los médicos hasta estos días antes de poder ejercer su profesión, casi siempre adaptado a los conceptos éticos de cada una de las distintas sociedades de una época. Pero aunque el término “aforismo” haya sido citado por vez inicial por el médico griego, algunos se refieren al aforismo como el modo de arte literario existente más pretérito.

El aforismo está considerado un tipo de paremia al igual que el axioma. Pero no debemos entremezclar o confundir ambos términos: mientras el aforismo es el resultado de la experiencia humana, que puede o no coincidir con la verdad, o ser una media verdad o verdad y media, el axioma está considerado una premisa evidente, una verdad innegable.

Aunque las divergencias del léxico imposibiliten una clara e inamovible definición para las distintas palabras, el adagio, el apotegma, la máxima, el proverbio, el refrán o la sentencia podrían catalogarse como subgéneros del género aforístico.

Si bien el aforismo ha sido cultivado sin interrupción desde la antigüedad hasta los tiempos que corren, uno de los datos más curiosos que podemos mencionar es que, debido a la creciente popularidad de las redes sociales que restringen la extensión de los textos enviados en sus espacios para comentarios, el aforismo está experimentando en el presente una renovada notoriedad.

El aforista (término que hace referencia al escritor de aforismos, aun no oficializado por las Academias) requiere de un poder de síntesis abrumador; de una claridad digna de un estado de iluminación. Si tuviera que explicar qué es un aforismo, diría que es como un cuento en el cual se difuminan la introducción, el nudo, el desenlace, de modo casi imperceptible, donde los tres momentos son parte de un mismo instante. El aforismo es la pregunta, la respuesta, contenidas en una única sentencia; es el planteamiento de la solución expuesta expresamente por el problema; es una historia igual de infinita que de breve, con final abierto, que sin embargo goza de un remate contundente que deleita; es la dicción que emprende amistad con la contradicción; es la sed saciada con agua salina o el hambre engañado por una migaja de pan. El aforismo es una puerta que se abre para cerrarse y permitirnos ver por su mirilla. Aforismo, más que un término, es un inicio.

Dándome de alta en directorios

En los últimos días estuve dándome de alta en distintos directorios de blogs. Si bien algunos bloggers sostienen que el proceso de darse de alta en directorios o buscadores no sirve de mucho, otros sustentan exactamente lo opuesto. En lo personal, me hallo entre quienes sospechan que dar de alta un blog en la superior cantidad de directorios viables aumenta la visibilidad del sitio, como incrementa la atención que le prestan los buscadores. Es por ello que, a través de las semanas, iré dándome de alta en todos los directorios que encuentre, para regar esta semilla que hace escasas semanas enterré, y anhela ver la luz de muchos ojos lectores.

Si bien he leído algunos artículos en relación al tema que me concierne, los administradores que los redactan disienten unos de otros, se contradicen, o no logran ponerse de acuerdo. Mi experiencia en administración de páginas de Internet me indica que para generar visitas y/o comentarios en un blog (a no ser que uno sea una celebridad), lo más relevante que puede alguien hacer es conectarse; contactarse con los posibles lectores. Leer, comentar, participar en los artículos que otros usuarios escriben, genera un importante lazo que perdura a través del tiempo. Pues, si las visitas no vienen a uno, uno va a las visitas. Y las visitas vienen. Y las visitas se reproducen.

Darme de alta en directorios es sólo un pequeño paso en este sendero de inagotables sucesos. Después de todo, mi sueño es editar un libro; es por mi sueño que he creado mi blog personal y me esfuerzo por mantenerlo, porque creo en la concreción de mis sueños. No sé cómo ni cuándo, pero en alguna línea temporal puedo ver mi libro concluido, editado, en manos de mis lectores. Y esta historia recién comienza…  

Sobre la tolerancia

El universo nos toma examen cada día para probar hasta dónde resistimos el peso de nuestras propias creencias. Sin embargo, el ítem más valioso del examen trata sobre la tolerancia al punto de vista ajeno.

La esencia del blog

Como lo señalaba en escribir es terapéutico, los que en el pasado fueran nombrados como diarios personales, han transmutado a ser los actuales blogs. Es por ello que mi blog, conforme transcurren los días, se transforma en algo similar a un diario personal.

Fue por tal motivo que me dispuse a investigar sobre los weblogs, pues suelo discurrir en pos de esclarecer algunas de las innúmeras incertidumbres que asechan mi existencia habitualmente. Y en ese merodear continuo di con la información. Supe que la palabra weblog deriva de la unión de otras dos: web y log (que significa diario en ingles). No obstante, en español, los weblogs son denominados como bitácoras: nombre que hace referencia a los cuadernos de bitácora, que eran utilizados en las embarcaciones para narrar el desarrollo de sus travesías. Cuadernos que, antiguamente, cuando las naves carecían de puente de mando cubierto, solían alojarse en la bitácora del barco, para preservarlos de las inclemencias del tiempo.

Según Wikipedia, el término bitácora “se utiliza preferentemente cuando el autor escribe sobre su vida propia como si fuese un diario, pero publicado en la web”. Luego de leer el fragmento de la enciclopedia libre puse en duda que “weblog oficial del escritor” fuera la consigna más adecuada para mi espacio. Quizá “bitácora oficial del escritor” fuera lo más aproximado a la realidad. Pero como lo mencionaba en una entrada preliminar, eso de “weblog oficial del escritor” no es más que una frase de enganche. La verdad de la existencia de cualquier cosa se halla en su esencia. Por ende, sólo a través de la lectura de las entradas de un blog puede captarse algo, por mínimo que sea, de su naturaleza.

Ser escritor, una consecuencia de escribir


Desde que lo escribí, supe que eso de «Bitácora oficial del escritor» no es más que un atractivo, una etiqueta protocolar, una referencia; no es otra cosa que la inexistente línea punteada del mapa para delimitar el tema principal del blog, para saciar de inmediato la inagotable sed de quienes ingresan al sitio preguntándose dónde están (casi todos, por lo general).

No es que pretenda ser más importante por auto-titularme como «escritor». No me atañe el hecho de ser escritor, sino el acto mismo de escribir, la acción. Escribir es lo que amo, lo que colma mi espíritu de dicha, de satisfacción; lo que hace que me sienta realizado. Para mí, ser escritor es una consecuencia de escribir, no al revés.

Lo que venimos a hacer

Nada ni nadie se halla aquí por obra de la casualidad. Nacemos encomendados con una misión trascendental que debemos cumplir en el breve período que dure nuestra encarnación en la Tierra.

Somos como pilotos en busca del vehículo con el cual conduciremos nuestra vida por la carretera que nos de acceso a nuestra misión. Y para cumplir dicha tarea precisamos descubrir el instrumento con el cual nos desempeñaremos.

De los sucesivos instantes que se compone la vida de un ser humano existe uno en particular, en el que localiza la herramienta con la cual desarrollará la misión que le ha sido conferida por el universo: un relámpago imprevisto que ilumina el lóbrego sendero de la mente para revelarnos lo que venimos a hacer, para ser...

El poeta y el resto de los mortales

El poeta sosegó su andar por las calles de la ciudad y permaneció observándola hasta que feneció el crepúsculo. Alzó la mirada, radiante como el sol asoma por el horizonte en las mañanas, tomó del morral un pequeño anotador, quitó con presura el bolígrafo sujeto al espiral del bloque, y plasmó estas palabras: 

La urbe se encuentra atestada de montañas de hormigón que germinan de la tierra, para fundirse solemnes en el vasto firmamento. Y, cual árboles voraces, degluten la luz solar; encumbradas por el hombre en la quimérica proeza de alcanzar un día las solitarias constelaciones que encienden el universo. Y por las noches, son sus luces, cual minúsculos cúmulos de estrellas, quienes transforman la quimera en realidad.  

Días después, en un paseo matinal, añadió en la hoja contigua:

En los últimos días he preguntado a las personas que transitaban por ésta plazoleta, qué observaban cuando mi dedo señalaba las montañas de hormigón que germinan de la tierra, para fundirse solemnes en el vasto firmamento… por supuesto, sin mencionar mi descripción. El que no echó un vistazo con recelo miró con desconcierto o pasó de largo como si mi boca pronunciara una absurda algarabía. No los culpo, pues quizá habría hecho lo mismo si algún otro loco me hubiese formulado esa pregunta. Un muchacho adolescente expresó con insolencia que si no veía que eran astronautas. Otro, en cambio, me envió a un sitio lejano e irreproducible. De los pocos que me contestaron, la respuesta (que más se asemejaba a una pregunta) fue unánime: edificios; para todos eran simples edificios... 

Y en las últimas dos líneas de la hoja concluyó: 

Ni superior ni inferior, he aquí la substancial divergencia entre el poeta y el resto de los mortales.

Escribir es terapéutico

Desde hace algún tiempo renunció a ser una mera sentencia de algunos escritores, para convertirse en tema de estudio dentro de la comunidad científica. Es así como anclaron en la conclusión de que, al igual que cuando escuchamos música o realizamos ejercicio físico, al escribir liberamos dopamina: un neurotransmisor asociado, por ejemplo, con la euforia o la felicidad.

Quienes tenemos por costumbre navegar por la red para revelar ante nuestros ojos nuevos sitios de interés, a menudo descubrimos personas habituadas a publicar en sus bitácoras información relacionada con sus vidas diarias, y otras tantas que lo hacen sobre algún que otro echo traumático en sus vidas, con intención de subsanarlos. Y es que, en la actualidad, el novelesco suceso de escribir por largas horas en diarios personales de un centenar de hojas sobre lo que acontece en nuestras vidas, se ha dado por aludido y ha sido suplantado por una renovada forma de expresión, no menos curiosa que moderna, y mucho menos solitaria. 

Por estos días muchos son los que se aventuran a describir en sus blogs, con ostentación de detalles, sus estados anímicos para compartirlos con el mundo entero. Esto puede resultar particularmente sanador si no se tiene a quién hacer partícipe de estas experiencias que sólo conviven en nuestra mente y pueden tornarse negativas si no logran expresarse a tiempo. Muchos sabemos que a la hora de escribir en solitario se potencian en magnitud insondable nuestros sentimientos más arraigados, y este simple hecho puede auxiliarnos a comprender en niveles superiores situaciones que nos afectan. 

Si uno quiere escribir sus experiencias en una bitácora personal deberá desplegar su pluma narradora más allá de los prejuicios instaurados en la sociedad en torno a éste tema y plasmar aquello que se encuentre en lo profundo del lago de sangre que late en su pecho, para compartirlo con un abanico incognoscible de lectores dispuestos a nutrirse de lo que uno tiene para decir, e incluso aportar información valiosa a sus vidas.