El poeta y el resto de los mortales

El poeta sosegó su andar por las calles de la ciudad y permaneció observándola hasta que feneció el crepúsculo. Alzó la mirada, radiante como el sol asoma por el horizonte en las mañanas, tomó del morral un pequeño anotador, quitó con presura el bolígrafo sujeto al espiral del bloque, y plasmó estas palabras: 

La urbe se encuentra atestada de montañas de hormigón que germinan de la tierra, para fundirse solemnes en el vasto firmamento. Y, cual árboles voraces, degluten la luz solar; encumbradas por el hombre en la quimérica proeza de alcanzar un día las solitarias constelaciones que encienden el universo. Y por las noches, son sus luces, cual minúsculos cúmulos de estrellas, quienes transforman la quimera en realidad.  

Días después, en un paseo matinal, añadió en la hoja contigua:

En los últimos días he preguntado a las personas que transitaban por ésta plazoleta, qué observaban cuando mi dedo señalaba las montañas de hormigón que germinan de la tierra, para fundirse solemnes en el vasto firmamento… por supuesto, sin mencionar mi descripción. El que no echó un vistazo con recelo miró con desconcierto o pasó de largo como si mi boca pronunciara una absurda algarabía. No los culpo, pues quizá habría hecho lo mismo si algún otro loco me hubiese formulado esa pregunta. Un muchacho adolescente expresó con insolencia que si no veía que eran astronautas. Otro, en cambio, me envió a un sitio lejano e irreproducible. De los pocos que me contestaron, la respuesta (que más se asemejaba a una pregunta) fue unánime: edificios; para todos eran simples edificios... 

Y en las últimas dos líneas de la hoja concluyó: 

Ni superior ni inferior, he aquí la substancial divergencia entre el poeta y el resto de los mortales.