Cuando no tienes ideas para escribir

Quieres hacerlo, pero no tienes ideas para escribir. ¿Quién no ha pasado por ello alguna vez? Pero no te rindes tan sencillamente ante las dificultades, eres obstinado. Intentas una, dos, tres oraciones malogradas, a las que no llegas siquiera a ponerles un punto, una coma, antes de percatarte de que aquellas palabras no son más que un conjunto de letras agrupadas que no provocan ninguna tensión, ningún sentimiento: una soberana porquería. Borras, borras rápidamente, como si se tratase de un asunto de prestigio, de un juego donde has apostado tu reputación. Intentas otra vez, movido por el deseo irrefrenable de crear, pero vuelves a enfrentarte con tus limitaciones, con la frustración, con la bronca, pues la inspiración no hace su aparición. Te preguntas si los tiempos de bonanza han pasado, si la inspiración volverá, si en realidad no eres tan bueno como creías, si debes dedicarte a otra cosa porque, a juzgar por lo que acabas de escribir (o lo que no acabas de escribir), la escritura podría no ser lo tuyo. Pero entonces te dices que a todos les sucede alguna vez, y tras haberte cuestionado y replanetado el asunto por horas, lo intentas una vez más y comienzas a escribir: “Quieres hacerlo, pero no tienes ideas para es…”