El pensamiento fatalista

Para “fatalista” el diccionario ofrece dos definiciones. 1. “Creencia según la cual todo sucede por ineludible predeterminación o destino.” 2. “Actitud resignada de la persona que no ve posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos adversos.” A su vez, la palabra deriva de “fatal” que significa, entre otras cosas, “inevitable”.

Cuando conceptuamos que cierto acontecimiento es inevitable obra de un destino impuesto por el que presumimos, es el titiritero que manipula los hilos de la existencia, y con su accionar, a nosotros, cual si fuésemos inertes marionetas incapaces de tomar reales decisiones, nos situamos en una condición pasiva, sumisa: esclavos de quien, de modo tácito, juzgamos como nuestro amo: el destino. Si, como admite el común de los seres humanos, un hipotético destino fuera responsable de todo lo que ha sucedido, lo que sucede y lo que sucederá, la vida, estar vivos ¿tendría un sentido?

Al responsabilizar o culpar a un aparente destino de todo lo que sucede en nuestras vidas, descartamos nuestro poder como creadores absolutos de todo lo que acontece en nuestra existencia. Vamos a suponer que por aquella relación amorosa enfermiza que experimentamos, culpamos al destino por haber cruzado a la persona en cuestión en nuestra senda, sin contar que no sólo esa persona se cruzó en nuestro camino, sino que también nosotros nos cruzamos en el suyo, cuando estuvimos en el punto exacto que dio origen al encuentro. Decisión tras decisión, incluso en las decisiones no tomadas, en las que decidimos no decidir, suscitamos ese encuentro que llamamos “destino”, que estimamos irrevocable, y por ende culpabilizamos de todo lo que acaece.

Nuestro pensamiento fatalista cree férreamente en el destino, en que algo externo a nosotros puede modificar nuestro presente (lo único real), o nuestro futuro (una ilusión), porque conjeturamos que el destino ha rectificado nuestro pasado (el cual es otro espejismo). El pasado, el futuro, son unas de las artimañas más colosales e inverosímiles que haya creado la mente humana artificiosa. Ficción creída por millones de mentes domesticadas para creer en el ardid, y ser intervenidas como a control remoto para ser suscriptores de la masa amorfa que no razona, que es arrastrada como un pétalo en el viento, como un barco a la deriva sin el ancla de la conciencia, como un ente que no se hace responsable de sus actos.

Nosotros creamos nuestro presente. En nosotros, el poder de crear nuestra realidad: creer en un destino fatal es suficiente razón para crearnos un destino fatal. Nuestras circunstancias son un reflejo de nuestros pensamientos, nada más. Somos el cosmos, el Aleph: ese punto donde convergen todos los puntos; la ventana por la que puede observarse todo el universo. Somos libres...