Los etiquetadores compulsivos

Si renunciaras a tus nombres, tus apellidos, tus apodos… seguirías siendo tú. Crees que los nombres son importantes, etiquetas todo lo que observas, lo que no puedes ver, pero eludes que tú otorgas importancia a las etiquetas, cuando no son realmente importantes.

No obstante, existe quien cree que una etiqueta le confiere importancia o le dota de valores superiores al promedio: Jorge, el escritor; Nahuel, el psicólogo; Brenda, la doctora; Estanislao, el abogado… Seres humanos, nada más ni nada menos que seres humanos, como todos, como ninguno, únicos e irrepetibles, iguales al barrendero, al basurero, al astronauta, al portero, al kiosquero, a la almacenera, al limpia vidrios, al terapeuta, a la modista...

Pero no desistimos en nuestra labor, ahí vamos nosotros, los etiquetadores compulsivos, poniendo nombre a todo, a todos, sin excepción... colocándoles nombres ficticios hasta a lo que no puede ser nombrado… Y si al vaso que reposa en mi escritorio, de pronto lo denominara de cualquier otra forma, ¿no seguiría siendo el mismo vaso? Y si dejaran de llamarme por mi nombre, ¿dejaría de ser quien soy? Y si tu novia dejara de llamarse tu novia, ¿dejarías de amarla? ¿Y a tu novio?...

Hasta a las personas que ponen etiquetas a cada momento las denominamos con un nombre (me pregunto si eso no nos hará a todos iguales, a todos la misma cosa). Yo, como etiquetador, quise denominarlos, denominarnos... «los etiquetadores compulsivos».