No quise aprender

Tenía cinco años cuando me echaron en la celda alegando que, privado de mi libertad (ellos lo decían con otras palabras), un día tendría un futuro mejor. Así que sacrificaron mi presente, por mi futuro, e intentaron enseñarme a obligar, desde el mismo instante que me obligaron a asistir. El resultado: un pasado miserable.

Todos los niños de mi edad fueron divididos en cuatro grados distintos, fraccionados a su vez en dos turnos: mañana, tarde. Las celdas eran compartidas por un promedio de veinticinco integrantes en el turno tarde (al que asistía), denominados alumnos, ubicados en aulas de unos veinte metros cuadrados. Vestíamos con camisa blanca, corbata (odiaba la corbata estranguladora, cual símbolo de la sofocación), guardapolvo marrón claro, pantalón corto, medias largas y zapatos marrones. Si alguien no cumplía con ponerse el insigne uniforme del instituto, una mala nota manchaba la reputación de su libreta, firmada por la guardia a cargo del alumnado, llamada maestra (persona vestida de blanco que nos enseñaba todo lo necesario para que tuviéramos un futuro mejor), o por la comisaria a cargo de la prisión, denominada directora.

En aquel sitio, cada intervalos de tiempo acariciaba mis oídos un sonido peculiar, casi ensordecedor, como metáfora de la libertad condicional. Pero cuando no se trataba del último timbre del día, esa libertad duraba apenas quince minutos, cuando no se extendía a veinte, como mucho.

Desde el primer año me enseñaron a obligar (-Haga lo que yo le digo-, decían), a ser sumiso (-Cállese-, decían); a no reírme (-Si se ríe de algo tan gracioso por qué no lo cuenta así nos reímos todos-, decían en tono burlón), a someterme, a ser un ser amargado (-Usted está aquí para aprender, no para divertirse-, decían, como si aprender no fuera una diversión). Me enseñaron que era uno más del montón, como a todo el otro montón; que no sabía nada, pues todo el conocimiento estaba fuera de mí, porque era cual un vaso vacío que tenían que llenar de un montón de cosas importantes. Me enseñaron que pedir socorro al compañero era indigno, sinónimo de trampa, pues equivalía a copiarse. Me enseñaron a ser mal compañero, pues si alguien pedía mi asistencia en las pruebas (igual que las que pone la vida), no debía brindársela. Me enseñaron que la gente entiende a través del castigo (-Si se porta mal lo mando a dirección-; -Usted estaba corriendo en el recreo, a firmar el libro de disciplina-, decían, como si fuera anormal que un niño sienta deseos de correr), de las amenazas (-Le pondré un uno-; -Llamaré a sus padres-, decían). Me enseñaron que mi futuro era más importante que mi presente, que día tras día pisoteaban para hacerlo cada vez más miserable. Me enseñaron tantas cosas que no quise aprender...