Despertar a la conciencia

Reflexión Nº 16

He reflexionado mucho durante el transcurso de mis veintidós años (aun lo sigo haciendo), sobre el letargo en el cual nos hallamos inmersos los seres humanos. No sabemos de dónde venimos, no conocemos a dónde vamos, y muchas veces siquiera logramos suponer dónde estamos, por qué estamos, para qué estamos, donde sea que estemos.

Sabemos mucho, sobre lo mucho que no sabemos. Y, como si todo esto fuese poco, nuestro instinto de conservación nos conduce al camino erróneo: a observar en el otro una mercancía para el conveniente beneficio, antes que a un igual, a un ser humano como nosotros, como todos, como ninguno. 

Estamos dormidos. Todavía no hemos comprendido conscientemente que somos individuos, que unidos conforman un todo indivisible. Si somos islas, estamos todas comprendidas en el mismo océano; por tanto, intercomunicadas, afectadas por las mismas leyes.

Por ignaros, juzgamos, matamos, somos amos del terror, odiamos, y todo porque tememos al amor. Y tememos al amor, mucho más que al odio, porque el amor tiene el vasto poder de transformar todo a su marcha, incluso a nosotros, con todo lo que eso implica: despertar a la conciencia. No obstante, advertimos al amor cual un ostentoso negocio; lo aprovechamos para escribir buenas o baratas novelas que luego se venden por millones, para comercializar peluches en las tiendas, para que los mercantes llenen sus bolsillos en el día de San Valentín, pero olvidamos que el amor, el auténtico amor, que es mucho más que una palabra de cuatro letras, no se compra, ni se vende, ni se alquila: se siente

Despertar a la conciencia es abolir el deber a través de la obligación, para instaurar el deber del propio maestro que nos guía: ese que nos indica por dónde es propicio transitar, para aprender a ser humanos, más allá de ser humanos.

Despertar a la conciencia es avivar al amor que existe en nosotros, que es intrínseco a todos, para sabernos iguales, aunque no idénticos; para sabernos uno, aunque individuos (indivisos e individuales).

Cada ser humano, sólo por serlo, es representante directo de toda la humanidad, en su magnánima extensión. Y si el despertar de la conciencia, de ese amor verídico, vasto e inconmensurable, se produce aunque sea en uno de nosotros, la humanidad habrá despertado a la conciencia y, por tanto, al amor.