El miedo a leer

Reflexión Nº 25


El miedo a leer suele brotar en la oscuridad de la mente al observar un escrito que exceda las cuatrocientas palabras, como si la lectura fuese una peste mortífera de la cual debiéramos prevenirnos. Ciertas personas observan los libros cual plantas carnívoras que amenazan con devorarlos entre miles de palabras, si se animan a explorar lo que se encuentra entre medio de sus tapas. Y hacia el desenlace, en la estación de la cosecha espiritual e intelectual, la ignorancia prepondera.

Lo que resulta aun más inquietante es que, de manera acompasada, la humanidad se ha convertido en asidua lectora de unas pocas palabras vanas que ojea a diario en el periódico y mensajes carentes de sustancia.

Por otra parte, los estudios realizados a través de test de lectura indican que el lector promedio lee hasta doscientas cuarenta palabras por minuto, lo que equivale al mayor porcentaje de personas en la población. Es infundado, entonces, el espanto que se forja en las personas al hallarse con artículos que apenas podrían tomarles un par de minutos de lectura para finalizarlos; al advertirlo, huyen despavoridas, cual liebres que escapan de los zorros, o de hombres armados con escopetas que intentan dispararles peligrosas palabras, cuyo calibre misterioso podría tornarse incomprensible para su enciclopedia mental, exigiéndoles acudir al diccionario que, como es de conjeturarse, atentará contra su exigua paciencia.

Una posible solución al mal que nos acecha sería abordar la lectura en momentos donde nos sintiéramos relajados y ávidos por adquirir nuevos conocimientos y cuotas de entretenimiento. Leer no sólo ejercita la mente, sino que también es alimento del espíritu. Aprovechar todo aquello que los escritores tienen para ofrecernos es valorar el tiempo que invirtieron en transmitirnos su sabiduría. La lectura es un viaje eterno, un medio trascendental para transportarnos a miles de espacios desconocidos con nuestra visión imaginaria, sin necesidad de movernos del sofá, la cama, la silla o cualquier otro sitio donde gustemos leer. Aunque el pasaporte de ese viaje inolvidable requiere del valor de disipar con audacia, voluntad y persistencia, el miedo a leer.