La magia divina

Reflexión Nº 8

Nahúm e Indira eran amigos desde muy pequeños. Aunque el nacimiento de Nahúm se había producido cuatro años más tarde que el de Indira, la disimilitud de las edades cronológicas no modificaba el gran cariño que sentían el uno por el otro, en absoluto.  

Ya eran adolescentes aquella tarde que, sentados en un tronco caído hacía años, a escasos metros de las orillas del río que cruzaba la ciudad, ocurrió algo que cambiaría para siempre la vida de Nahúm.
Nahúm, de tanto en tanto, lanzaba alguna de las diminutas piedras dispersas por el suelo del perímetro, a las aguas cristalinas del río, como formando un arcoíris, para que la piedra cayera lo más recta posible, pues gustaba de observar, con especial detenimiento, las ondas expansivas que el impacto inducía, mientras notaba como la piedra se sumergía hasta los límites donde su mirada no conseguía advertirla. 
-¿Has sentido la magia divina? –preguntó Indira, rompiendo el silencio, no tan silencioso de la tarde, mientras los pájaros cantaban y el viento que soplaba con fuerza meneaba las aguas del río.
-¿La magia divina? –replicó Nahúm.  
-¿No has oído nunca sobre la magia divina?  
-Pues, no –respondió Nahúm, algo afligido-, ¿se trata de un truco de magia o algo así? 
-Claro que no, tonto –respondió Indira, muerta de la risa, con todo el cariño que sentía por su amigo. 
-Entonces no sé. Me tendrás que decir qué es eso de la ma... 
-La magia divina
-Eso, la magia divina.
-Mira, no sé cómo le llame la gente en este mundo ni se bien cómo explicártelo, pero yo le llamo la magia divina. Es co… com…o... ¡como la chispa que enciende el fuego de la vida!, ¿comprendes?
-¿Te refieres al entusiasmo?
-Algo así… pero no exactamente. La magia divina nos provoca entusiasmo, claro, pero no es exactamente el entusiasmo. Es como ese condimento que no podría faltar en tu comida, ¿entiendes lo que trato de decir?
-Quizá...  
-No te preocupes, si no lo entiendes ahora, algún día lo entenderás. Solo quería que supieras que contigo se acentúa esa magia divina en mi vida.

El sol sucumbía en el horizonte, la temperatura comenzaba a descender, y ambos debían regresar a sus casas, donde sus padres aguardaban por ellos. Como la casa de Indira quedaba más cerca del río que la de Nahúm, éste concluía solo el camino hacia su hogar, que no quedaba a más de dos o tres cuadras de la casa de Indira. Para cuando Nahúm hubo llegado, las palabras de Indira ya habían quedado en el olvido y sólo pensaba en la cena que su madre le tenía preparada. 


Transcurrieron más de veinte años desde esa tarde. Las lágrimas brotaban de los ojos de Nahúm, sentado en el mismo tronco de madera maciza, que aún conservaba su estado, a orillas del mismo río. Indira acaba de fallecer a causa de una grave enfermedad que la había asediado por meses. Quien había sido su mejor amiga, quien aun era su mejor amiga, ya no estaba entre los vivos, y eso le causaba un gran dolor e indignación.
Aunque en los últimos años no había podido verla, por causa de su atareado empleo, que no le daba tiempo de nada, Nahúm conservaba intacto el cariño que siempre había sentido por Indira, igual que el primer día, diáfano como un diamante a través de los años.
Pero Nahúm se sentía insatisfecho con su vida, la consideraba mediocre, vacía. Siempre pensaba que era una vida sin vida, llena de compromisos, de obligaciones, de mandamientos que cumplir. Indira se había quedado en el pueblito, en la naturaleza; en cambio él había optado por ir a vivir a la ciudad, al ruido, a la aglomeración de gentes. Siempre había tenido ganas de volver, pero nunca había tenido el valor. Quiso ir a la ciudad para ser alguien, pero ahora se sentía nadie, nada en medio de todo. 
Tratando de recordar la dulce voz de su amiga, fue que vino a su mente aquella tarde en que lanzaba piedras al río, cuando Indira mencionó lo de la magia divina. Continuaba llorando, y de tanto en tanto secaba sus lágrimas en la manga del atuendo que traía puesto.
Agarró una piedra del suelo, la primera que encontró; una hermosa piedra color ámbar que arrojó con toda su bronca contenida, a las aguas del río que lo vio crecer junto a su amiga, mientras meditaba sobre ese absurdo de la magia divina. Ahora que su vida era vacía qué sentido podía tener eso de la magia divina. «Qué magia divina puede haber si me siento tan… tan así, tan sin nada, tan vacío», pensó. La piedra que había lanzado al río con todas las fuerzas que le quedaban (es decir, ningunas), ahora estaba a punto de colisionar con el agua, por formar uno de esos círculos concéntricos que amplían su radio de acción cada vez más, hasta desvanecerse en la nada, mientras seguía la trayectoria con la mirada fija en el objeto, que cada vez se acercaba más al objetivo. Cuando la piedra hubo tocado la superficie, salpicó un chorro de agua al aire, e hizo una onda expansiva gigantesca, pero no tanto en el agua como en la esencia de Nahúm. 
Al ver la piedra volar, la piedra caer, la piedra impactar, la piedra… la onda, los círculos, el desvanecimiento, Nahúm comprendió lo que Indira había tratado de explicarle veintiún años atrás. «Eso es -pensó-, la piedra es como la magia divina, cuando choca con el agua genera una onda expansiva que hace que toda el agua a su alrededor genere esos círculos que una vez pasado el efecto desaparecen como si nunca hubiesen existido, y es por eso que nos parece que nunca existieron». Nahúm acababa de descubrir una verdad, que la sentía absoluta, porque era suya y era reveladora.
A partir de ese día su vida se transformó inesperadamente. Ese instante, ese simple acto de arrojar la piedra, hizo que Nahúm volviese a sentir la magia divina, la chispa de la vida, ese condimento sin el cual la comida no sería la misma. Aceptó la muerte de la amiga como un proceso natural de la vida, y nunca fue a visitarla a la tumba, porque sentía que su amiga estaba siempre con él, dentro de su corazón.
Se liberó de ese trabajo que lo atormentaba, que lo hacía infeliz, y regreso a su pueblo natal, donde dedicó el resto de su vida al cultivo, pues sentía que cada vez que una de esas semillas que soterraba en la oscuridad de la tierra veía la luz, la magia divina se manifestaba, enseñándole, recordándole que él tenía que ser como una de esas semillas en busca de la  luz, de su propia luz, para crecer.


Seamos como el agua, expandidos por la piedra de la magia divina. Esa piedra, esa magia, que aun sin sentirla, existe todo el tiempo. Que un día, cuando estemos dormidos, esa piedra, esa magia, impactará en nosotros, no para golpearnos, sino para despertarnos, para generar esa onda expansiva que nos motive a movernos. Y esa piedra será lanzada por la única mano (que no es mano) que puede ser lanzada: el Universo.