Pensamiento lateral

Reflexión Nº 2

-Alumnos, cuando sean grandes, deben estar armados –expresó el maestro a los pocos minutos de comenzar su clase, mientras los alumnos lo miraban atónitos, con cierta incredulidad-. Deben eliminar a cualquiera que los obstaculice, que se cruce por su camino, sin importar de dónde provenga.

Los alumnos no se lo creían. El maestro de la noche a la mañana, de un  momento a otro, sin previo aviso, sugería que se convirtieran en guerrilleros, asesinos, que mataran a cualquiera que interfiriera en su camino, sin importar de dónde viniera, sin importar nada, sin importar nadie... Por unos minutos brotó un silencio espantoso en el aire del recinto, que se arremolinaba en las cabezas de los alumnos haciendo que sus cerebros giraran a infinitas revoluciones por segundo. Fue como si se detuviera el tiempo (si en realidad el tiempo no es algo detenido, eterno, inalterable). El profesor traspasaba a sus alumnos con la mirada, los alumnos observaban a su profesor: ese loco que iba vestido de cuerdo, ese matón.
A excepción del profesor, nadie entendía nada. Y el primero en romper el silencio fue Luciano Aguirre, sin levantar la mano, como buen peor alumno de la clase:
-¿Qué intenta decirnos, profesor?
-¿Usted que cree, Aguirre?
-Bueno –vaciló unos instantes-, no creo que usted esté queriendo decir lo que todos nos negamos a creer.
-¿Y qué es lo que todos se niegan a creer, se puede saber?
-¡Que usted nos aconseje que nos hagamos delincuentes!
-Si mal no recuerdo, en ningún momento he mencionado la palabra «delincuente» ni he hecho referencia a la delincuencia.
-Pero lo ha dicho con otras palabras…
-¡Claro que no, todavía no me he vuelto loco! –Dijo el profesor a modo de broma, y algunas carcajadas retraídas retumbaron en el salón de clases-. Si quieren comprender mis palabras, tendrán que usar el «pensamiento lateral». 
-¿Pensamiento lateral?
-El término «pensamiento lateral» es una invención del, entre otras cosas, escritor y psicólogo Edward de Bono, quien hizo mención de la expresión en uno de sus libros publicados en la década de los sesenta. Es un método de pensamiento (valga la redundancia) que, entre otras cosas, se emplea para la resolución de problemas de manera creativa.
»En este caso, mis palabras transmitieron un contenido, un mensaje, que sus cerebros encasillaron dentro de sus propias estructuras mentales colectivas. Pero al poner en práctica el «pensamiento lateral», podrían dar nuevos enfoques a cualquier expresión, a cualquier mensaje, e incluso encontrar nuevas utilidades a lo que creían que sólo tenía un uso, como podría ser el caso de una podadora de césped, que creemos que sólo puede servir para lo que su nombre indica, o un libro, que creemos que sólo sirve para venderlo, comprarlo o leerlo. Pero bien podríamos usar un libro tanto para leerlo como para prender fuego, hacer avioncitos o barquitos de papel con cada una de sus hojas, empapelar los muros, usarlo como protector contra la luz cuando nos pega en la cara, como abanico, como asiento en un parque para no mancharnos el trasero con la tierra o el pasto, como almohada, como señalador de otro libro, como pisa papeles, etcétera, etcétera, etcétera.
El profesor continuó explicándoles a los alumnos que para comprender la poesía, si es que la poesía tenía comprensión o verdadera explicación, el pensamiento lateral podía servirles de mucho, donde el sentido a cada palabra, cada frase, cada sensación, más que cualquier autor, se lo otorgaba cada lector. Hizo una extensa comparación del recurso estilístico de la metáfora con el «pensamiento lateral», mientras las caras de los alumnos se transformaban a medida que las palabras emergían de la boca de su profesor, como si una nueva forma de ver la vida se presentara en ese instante ante sus existencias; un procedimiento que los marcaría para el resto de sus días (lo que en cierto modo era acertado). Una sensación de entusiasmo invadía a todos los presentes, que en sus mentes trataban de llevar a la práctica este nuevo método que les había sido revelado por aquel insigne profesor, que había transitado en unos cuantos minutos el camino de guerrillero a mártir, que a otros les había costado toda una vida, e incluso la ofrenda de sus propias vidas a la mismísima muerte.

Al cabo de media hora, cuando restaban unos pocos minutos para concluir la clase y el profesor hubo terminado con su extensa explicación, una alumna levantó la mano para hablar.
-Hidalgo, que tiene la mano alzada… -dijo el maestro, dándole el permiso para hablar.
-Profesor –dijo Laura Hidalgo, la tímida alumna que casi nunca participaba en clases-, sigo sin entender lo que quiso decir con eso de estar armados…
-Muy bien, se los explicaré para que puedan darse cuenta cuántas veces entendemos lo que queremos entender, lo que nos permitimos entender o lo que podemos entender según los condicionamientos que nos han impuesto o que nosotros mismos nos hemos impuesto.
»Cuando al principio de esta clase les sugerí que para cuando fueran grandes debían de estar armados, me refería a un arma mucho más potente que cualquier arma de fuego: el conocimiento que, entre otras cosas, conduce a la sabiduría. Por otra parte, cuando me referí a que eliminaran al que se cruzara por sus caminos, sé que muchos, por no decir todos, pensaron que hacía alusión a matar a cualquier ser humano que fuera un obstáculo en sus vidas, asociándolo con las armas de las que hablaba al principio. Pero nada tenía que ver una cosa con la otra. Yo, en cambio, hablaba de los miedos. Les decía que eliminaran los miedos que no los dejasen avanzar en sus caminos, esos miedos que nacen del miedo, que obstaculizan al ser humano; que los desterraran sin importar de donde surgieran: si del pasado, del presente o del futuro.
»Si hubieran aplicado el «pensamiento lateral», desde un principio hubieran pensado exactamente lo que pensaron, ni más ni menos, pero a los pocos minutos o segundos, también se hubieran planteado otras posibles opciones. Pero al fin de cuentas siempre, o casi siempre, uno entiende lo que quiere entender...