Por no hacerle caso a la intuición

Reflexión Nº 22

Laura había arreglado para salir a bailar con sus amigas el fin de semana, por motivo del cumpleaños de Sarah, una de las integrantes del grupo.

Cuando llegó la noche del viernes, se preparó para cuando las chicas llegasen a su casa, donde harían la previa. Ya saben, tomar algo de alcohol para desinhibiese (lo que ellas llamaban «ponerse a tono»), conversar cosas de chicas, distraerse antes de partir.

Momentos antes de que arribaran las amigas a su casa, Laura pensó en llamarlas para cancelar la cita, pero optó por rechazar la idea, pues era el festejo del cumpleaños de Sarah, y no podía negarse a asistir, menos sabiendo que todas intentarían convencerla de lo contrario. Así que esperó impaciente el momento de que asomaran por la puerta, en la espera de sentirse mejor para cuando estuviesen allí.

Había transcurrido una hora desde que habían llegado sus amigas, y Laura había desistido de la idea de expresarles que sentía una opresión en el pecho, que no era del todo física. Un mal presagio.

Antes de cruzar la puerta para abordar el auto que las esperaba en la calle, la sensación de Laura se agudizó, y sus palpitaciones aumentaron a un nivel sobresaltado. Las amigas intentaron calmarla, pero Laura imploraba que no salieran; alegaba no sentirse para nada bien, mientras su corazón estaba a punto de extraviarse de su órbita.

Eugenia, la más cercana a Laura, pudo calmarla hasta convencerla de subir al auto, casi arrastrándola paulatinamente, sin que Laura lo notase, diciéndole que no pasaba nada, que se tranquilizara, que la pasarían bien esa noche. Y Laura, por no arruinar la salida, no supo decir que no.

Una vez en el auto, se tranquilizó. Ya nada podía hacer. Pero transcurridos unos minutos, reapareció la infame sensación de que algo andaba mal. Le exigió al taxista que detuviera el auto en ese mismo instante, mientras las otras chicas le indicaban al señor que no le hiciera caso, que su amiga sólo había tomado un poco demás... No obstante, Laura lloraba a gritos, rogaba que la dejasen bajar. El taxista, por su parte, pensaba seriamente en hacer caso a la proposición de la histérica que lo estaba malhumorando, cuando ocurrió lo peor…

Al otro día, el taxista se encontraba hospitalizado y las cuatro adolescentes estaban siendo veladas. Ninguna pudo sobrevivir cuando el conductor del auto azul eludió la luz roja del semáforo, llevando por delante al taxi que tomaba la avenida. Y todo por no hacerle caso a la intuición...