Reflexión sobre la irreflexión

Reflexión Nº 17

En una publicación preliminar escribí una reflexión sobre la reflexión; ahora, escribiré una reflexión sobre la irreflexión, que a menudo acarrea muchas de las innumerables formas del pensamiento totalitario, las cuales, a su vez, pueden conducirnos a la desaprobación, a la discriminación, a la persecución, a la represión o a la violencia encubierta o manifiesta sin pudores ni tipo alguno de escrúpulo, hacia algunos de nuestros semejantes.

Muchas veces, si el otro no piensa como nosotros, a no ser que presente una prueba concluyente que verifique que su pensamiento es correcto, y nos conduzca obligatoriamente a una contundente transformación del parecer, juzgamos que el otro está equivocado, sin siquiera analizar que tal vez todos podríamos estar evidenciando sólo un fragmento de la verdad. Casi nunca suponemos que ambos podríamos estar en lo cierto, pues creemos que la verdad es una sola, que es absolutamente verdadera, y ante todo, sin fragmentar. Pero que tal si lo percibiésemos de un modo disímil, como si nosotros fuésemos piezas de un colosal rompecabezas, las cuáles contienen sólo una ración minúscula de todas las verdades, que hacen a la verdad absoluta; verdad que a su vez, aun cuando se fugue de las garras de la razón, rozando la irrealidad, podría ser absolutamente verdadera, como su verdad opuesta. ¿Acaso diríamos que el Polo Sur es más verdadero que el Polo Norte, o viceversa? Aunque tal vez podría ser cierto...

Es como si uno indicara que el cielo es azul, otro que es negro, otro celeste, otro violáceo, otro rosado, otro amarillo... ¿Cuál de todos estaría en lo cierto? ¿Cuántos estarían equivocados? ¿Acaso el cielo no muestra todos esos colores y muchos otros matices según la rotación, la traslación, el clima, la temperatura, la estación del año, etcétera?

Sin embargo, como humanidad, la irreflexión nos conduce constante e inexorablemente al fanatismo, el fanatismo nos conduce a la intolerancia, la intolerancia a la violencia, la violencia al caos, el caos a la desidia, la desidia a la sumisión, la sumisión a la esclavitud, y la esclavitud nos torna al principio de todo, porque el fanático es un pobre esclavo por propia elección, poseído por la pasión desenfrenada que no sabe ni pretende controlar, pues permite que lo controle totalmente, que se adueñe de su ser, como un demonio apoderándose de un cuerpo; una pasión sin sustento, alimentada por la mente obsesiva, sin ningún porqué intuitivo o racional que la cimiente; una pasión vacía, sin contenido, que tiene un impulso pero no tiene un motivo. Un motivo de amor, que detrás de todos los motivos aparentes, es el único motivo.

Después de todo, tal vez... esta reflexión sobre la irreflexión sea una reflexión irreflexiva, o sea una irreflexión reflexiva. O no...