Reflexión sobre la reflexión

Reflexión Nº 7

A menudo, las más excelsas reflexiones emanan de las conversaciones que comienzan como un intercambio de opiniones corriente, donde cada uno de los parlantes expresa una visión o un veredicto según su propia verdad. Ergo, sobre la sentencia de uno de los integrantes, se exponen nuevos puntos de vista. De inmediato, respecto a esos puntos de vista, otro u otros son exhibidos, y la reciprocidad continua su recorrido hasta arribado el instante de la culminación: donde la conversación toma su curso natural y desemboca como un río caudaloso en un mar profundo, para fundirse en la globalidad de las aguas de la charla.

Para evitar el naufragio de un período hondo de reflexión, uno debe templar sus pasiones, controlar sus exacerbaciones; si es posible, librarse de toda aparente verdad, juzgar por un soplo de tiempo que todas las creencias que uno creía inamovibles e intocables podrían ser un manojo de llaves de mentiras que no abren ninguna puerta (sé que no es sencillo), para hallar una nueva verdad, mucho más integral, mucho más tolerante.

Cuando uno reflexiona en solitario, es como si fuera dos o tres o más en uno (no, no es por causa de la esquizofrenia, amigo invisible): cuando el primero pregunta, el segundo responde, y el primero indaga sobre la respuesta del segundo, y el segundo comienza a dudar de su propia respuesta, y aparece un tercero en la escena, que objeta la pregunta del primero, la respuesta del segundo, la indagación del primero y la duda del segundo, para plantear una nueva posibilidad impensada tan solo unos pocos minutos atrás, en el anhelo de llegar a un consenso mutuo entre todas las partes, para que el intercambio conduzca a la revelación: ese relámpago sublime en que lo que desde siempre habíamos observado de un único modo, de un solo color, se vislumbra de todos los modos y en un centenar de disímiles tonalidades.