Superar el miedo a la exposición


Reflexión Nº 19

Cuando me inicié en el enigmático universo de las letras, almacenaba celosamente mis escritos, por el profundo temor que sentía ante la desaprobación de la mirada ajena; no pretendía ni deseaba que nadie descubriera que escribía ni mucho menos qué escribía. 

Para mí, escribir era un hondo motivo de vergüenza, quizá porque en la escuela nadie alentó esta faceta oculta en mí hasta entrada la adolescencia. Es por ello que, sin dudarlo unos instantes, desaparecía cada uno de mis escritos tras escasos minutos de haberlos plasmado, con manchones de tinta por todos lados. Es axiomático que mostrar mis escritos, era mostrar mis sentimientos; por tanto, quedar expuesto. Y quedar expuesto era similar o idéntico a quedar desnudo en público. 

Tiempo después, comencé a escribir sobre temas paranormales en un sitio de Internet. En vez de exponer mis sentimientos, exponía información, para no sentirme expuesto. Sin embargo, un nuevo enemigo hizo su estelar aparición: la crítica, tanto constructiva como fulminantemente destructiva, incluso hasta llegar al insulto, pasar por la amenaza y concluir en una absurda discusión en pos de la nada misma. Y tardé un largo tiempo hasta comprender y aceptar que no todos pensábamos igual. 


Hace dos años, adquirí el dominio de este blog, que lleva mi nombre por efecto, mientras comenzaba a publicar en otro, firmando con mi nombre. Y transité por muchas creaciones e innumerables pseudónimos antes de crear JorgeAussel.com, pues me sentía inseguro de lo que escribía y, por sobre todo, de lograr alcanzar cierta difusión o cierta masividad o popularidad (como queramos llamarle) con mi propio nombre, que no le decía nada a casi nadie.  

Pero en septiembre de dos mil once me repetí varias veces que tenía (tengo) un sueño, que quería (quiero) cumplir (ser un escritor que publica sus libros en papel); que era hora de comenzar, superar el miedo a la exposición, a la crítica, a todo lo que se opusiera a mi sueño (sobre todo el miedo al miedo), sin importar el qué dirán ni el qué dirían. Tomé valor interno, no sin antes haber meditado todo un año sobre cómo lo haría, y comencé, aun sin estar del todo seguro si tendría las ganas suficientes de escribir tan a menudo, si la constancia no me jugaría una mala pasada, e incalculables incógnitas existenciales que machacaba en mi mente, siendo quien me amedrentaba por un lado, y quien me alentaba por el otro. Y como podrán ver, ganó la parte positiva. 

¿Cómo fue? Creo que aquí es donde ocurrió lo más interesante o importante: se cumplía un año del fallecimiento de una reconocida actriz argentina. Recordé que hacía un año quería comenzar mi blog personal (este blog), pero no me animaba. Fue entonces cuando me pregunté: ¿qué tengo que perder? Y esa pregunta tan cotidiana, tan simple, selló la discrepancia entre lo que era, lo que fue más tarde, y lo que es. Cuando comprendí que el único fracaso era desistir del intento, tuve la estable convicción de emprender el camino, sin nada que perder, con todo por ganar.

Y aquí me leen, aquí me ven, superando el miedo a la exposición, que desde hace tiempo ha transmutado a placer e infinita satisfacción.