Tienes que hacer las cosas que crees que no eres capaz de hacer


Reflexión Nº 27

¿Cuántas veces un «no puedo» podría traducirse en un «no quiero», «no me atrevo» o «no me creo capaz»? Quizá, muchísimas más de las que suponemos. 

A menudo intentamos convencer, e intentamos convencernos de que no podemos, pero no es más que la excusa trillada de lo que no queremos, lo que nos causa temor o nos creemos incapaces de alcanzar. Ante el aprieto, un «no puedo» resulta por demás liberador. Pero sólo es una insensata libertad condicional, pues en lo hondo somos conscientes del engaño, de la mentira que nos estamos diciendo. 


Hace un tiempo, mi padre me escribió una rutina de entrenamiento con pesas, donde tenía que realizar flexiones en la barra. Pero cuando me colgué, no lograba hacer una como la gente. Mi padre insistía con que me colgara otra vez, y yo insistía con que no podía. Como si fuera poco, me decía que tenía que practicar hasta llegar, por lo menos, a las diez. Sinceramente, pensaba que no me comprendía, que no se apiadaba de mí. ¡No podía hacer una y me hablaba de hacer diez! ¿Qué locura era esa?

Una semana después, hacía dos flexiones, o cuatro, con la mano de mi padre afirmada en mi espalda. Era curioso. En un comienzo pensé que mi padre hacía algún esfuerzo, pero luego de que se lo preguntara, me lo negara repetidas veces y le buscara todas las vueltas posibles, me percaté de que con una mano en mi espalda no podía levantarme ni por pura casualidad. Era claro que la mano actuaba psicológicamente, a modo de respaldo. 

Un sábado viré la hoja donde se encontraba escrita mi rutina de entrenamiento y en la página contigua había una frase escrita del revés, con la letra de mi padre. Giré el cuaderno, donde decía: «Tienes que hacer las cosas que crees que no eres capaz de hacer. Elenore Roosevelt». Desde ese día, cada vez que iba a colgarme de la barra leía la frase, repitiéndola varias veces

Así transcurrieron las semanas, hasta que a duras penas logré hacer cinco flexiones sin ayuda alguna. Durante varias semanas era todo lo que podía y era un importante logro personal. Sin embargo, mi padre insistía en que no abandonara la barra (porque sabía bien que no me gustaba nada), que tenía que llegar a las diez flexiones. Y encima empezaba a mencionar unas hipotéticas quince… 

Sucedieron dos meses y medio desde el comienzo de mi entrenamiento y, hasta el momento, como máximo había podido realizar seis flexiones en la barra. 

Aquella tarde me colgué como cada uno de los días que me tocaba entrenar, e hice una primera flexión, una segunda, una tercera, una cuarta, una quinta… sin ninguna dificultad. Luego hice una sexta flexión y, para mi gran sorpresa, pude hacer una séptima. Como todavía tenía resto, hice una octava, una novena… Pero no podía hacer la novena sin llegar a la décima y con un esfuerzo muy grande logré flexionar los brazos hasta que mi cabeza chocó levemente con la barra, poniendo el marcador en diez.  Me descolgué de esa barra con una inmensa sonrisa en la cara. ¡No lo podía creer! Mientras sonaba la voz de mi padre diciendo: «viste que podías…».

Lo cierto es que la barra era un obstáculo en mi mente. Rechazaba la idea de hacer las flexiones que mi padre proponía, porque para mí era un ejercicio detestable, porque no quería, porque me costaba demasiado esfuerzo, porque no me creía capaz de lograrlo… No obstante, desistir no fue una opción. Intenté vez tras vez hasta adquirir la fuerza necesaria que me permitiera lograr esas diez flexiones que en un principio parecían imposibles de alcanzar. Y tras decir «no puedo», que podría traducirse en un «no quiero», hice lo que no creía que era capaz de hacer.