¿Un impulso que nos motive o un motivo que nos impulse?


Reflexión Nº 29

Muchos sabemos que una persona que se une a algo por interés propio tiene la suficiente capacidad para discernir que un seguidor es movido por el sentimiento que lo enlaza a aquello que decide seguir, y un fanático se siente impulsado a seguir algo de manera irracional, por causas que no puede controlar. El fanático defiende con tenacidad desmedida aquello de lo que es partidario; no lo discute ni lo pone a prueba para encontrar el equilibrio entre verdades relativamente opuestas, porque sólo puede ver su propia verdad. Si el fanático pusiera en duda, cuestionara o refutara el objeto de su pasión, entonces dejaría de serlo para convertirse en un ser autónomo.

La persona que se siente impulsada, y se deja llevar por el súbito impulso, se comporta de manera pasiva respecto a su modo de obrar: no es libre del impulso y no discierne por qué motivos hace lo que hace. Este individuo, cual autómata, no es movido por motivos de su voluntad sino impulsado de manera interna o externa a realizar con desatino una acción determinada. Por el contrario, la persona que se siente motivada y se mueve teniendo uno o diversos motivos para hacer lo que hace, actúa de forma activa: sabe lo que quiere, por qué lo quiere, para qué lo quiere, y por eso procede movida por un motivo en vez de llevada por un impulso irracional. Este individuo tiene un motivo que lo impulsa en vez de tener un impulso que lo motiva.

Por otra parte, la intuición como la facultad de comprender las cosas al instante sin necesidad de razonar es, en pocas palabras, un motivo por el cual hacemos o dejamos de realizar cierto movimiento en las partidas de la vida. Así como nuestro cerebro posee su propia inteligencia, también nuestro corazón la posee, y muy lejos de ser un mero impulso, la intuición es, en realidad, la certeza que pocas veces falla. Demás está aclarar que en ésta publicación no me refiero en ningún sentido al ser intuitivo, sino al individuo irracional que en su modo de obrar no se guía por la capacidad de entender o comprender sus acciones, y por tanto no emplea inteligencia alguna.

Se encuentra en cada uno de nosotros el poder de decidir si queremos dejarnos llevar por la corriente del impulso interno o externo a lo largo de nuestras existencias, o agarrar con firmeza el timón de nuestra voluntad y navegar en las tormentas de la vida hacia los objetivos donde nosotros, como seres autónomos, elijamos arribar sin dejarnos abatir por ningún extremismo.