A un año del renacimiento de Romina Yan


Porque morir es renacer en otra vida, Romina nunca falleció. Vive.

En la tarde del veintiocho de septiembre del pasado año se precipitaba el ocaso en la ciudad de Buenos Aires. La crónica infausta estremecía a la República Argentina y, en exiguos minutos, recorría el mundo entero: Romina Yankelevich (más conocida como Romina Yan), intérprete del mítico personaje Belén Fraga en la telenovela Chiquititas (papel que la catapultó a la fama y la dotó de prestigio a nivel internacional), había sido internada de urgencia por una descompensación padecida en pleno barrio porteño.

El desconcierto enlutaba millones de almas alrededor del globo. Las redes sociales, colapsadas, detonaban con mensajes de impotencia, bendiciones, ruegos, etc. Hubiera querido el mundo que aquello fuera mentira; una obra más de algún farsante que violaba los votos de la verdad periodística. Pero para infortunio de todos, avanzadas las 17hs. la noticia se confirmaba: Romina Yan, de tan sólo 36 años de edad recién cumplidos, había fallecido.

La primera imagen que atravesó mi mente, cual una lanza mortal, fue la del terrible dolor que estarían sintiendo sus padres; y por el especial aprecio, cariño y respeto que me concierne, el padecimiento de su madre, Cris Morena, quien produjo la mayoría de los cuantiosos programas que tuvieron como protagonista a su hija, quien fuera actriz, bailarina, cantante y conductora.

El día posterior, es decir, el veintinueve de septiembre, el cielo vestía su mejor traje gris; la primavera tornaba al invierno, los árboles empalidecían y las nubes, de tanto en tanto, rompían en llanto en horas en que el cuerpo sin vida de Romina era inhumado, en una ceremonia íntima, no televisada.

Aquellos días vivirán por la perennidad en mi reminiscencia. Y en oposición al resto de los mortales que han experimentado su mortandad desde que existo, recuerdo a éste ser de luz con elevada frecuencia. No lo evoco en éste día por cumplirse un año de su deceso ni por ningún otro motivo que el afecto que le guardo en mi corazón, por hacerme el regalo más extraordinario que se le puede hacer a un hombre: hacerle feliz de niño.

Una vez escribí, en alguna de mis pródigas noches de desvelos, que el verdadero artista muere para nacer. Con esa premisa, y a un año del renacimiento de Romina Yan, rindo honores a la persona, que a través del personaje, marcó grandes momentos de mi infancia y con ello, de mi historia.