Los etiquetadores compulsivos

Si renunciaras a tus nombres, tus apellidos, tus apodos… seguirías siendo tú. Crees que los nombres son importantes, etiquetas todo lo que observas, lo que no puedes ver, pero eludes que tú otorgas importancia a las etiquetas, cuando no son realmente importantes.

No obstante, existe quien cree que una etiqueta le confiere importancia o le dota de valores superiores al promedio: Jorge, el escritor; Nahuel, el psicólogo; Brenda, la doctora; Estanislao, el abogado… Seres humanos, nada más ni nada menos que seres humanos, como todos, como ninguno, únicos e irrepetibles, iguales al barrendero, al basurero, al astronauta, al portero, al kiosquero, a la almacenera, al limpia vidrios, al terapeuta, a la modista...

Pero no desistimos en nuestra labor, ahí vamos nosotros, los etiquetadores compulsivos, poniendo nombre a todo, a todos, sin excepción... colocándoles nombres ficticios hasta a lo que no puede ser nombrado… Y si al vaso que reposa en mi escritorio, de pronto lo denominara de cualquier otra forma, ¿no seguiría siendo el mismo vaso? Y si dejaran de llamarme por mi nombre, ¿dejaría de ser quien soy? Y si tu novia dejara de llamarse tu novia, ¿dejarías de amarla? ¿Y a tu novio?...

Hasta a las personas que ponen etiquetas a cada momento las denominamos con un nombre (me pregunto si eso no nos hará a todos iguales, a todos la misma cosa). Yo, como etiquetador, quise denominarlos, denominarnos... «los etiquetadores compulsivos».

No quise aprender

Tenía cinco años cuando me echaron en la celda alegando que, privado de mi libertad (ellos lo decían con otras palabras), un día tendría un futuro mejor. Así que sacrificaron mi presente, por mi futuro, e intentaron enseñarme a obligar, desde el mismo instante que me obligaron a asistir. El resultado: un pasado miserable.

Todos los niños de mi edad fueron divididos en cuatro grados distintos, fraccionados a su vez en dos turnos: mañana, tarde. Las celdas eran compartidas por un promedio de veinticinco integrantes en el turno tarde (al que asistía), denominados alumnos, ubicados en aulas de unos veinte metros cuadrados. Vestíamos con camisa blanca, corbata (odiaba la corbata estranguladora, cual símbolo de la sofocación), guardapolvo marrón claro, pantalón corto, medias largas y zapatos marrones. Si alguien no cumplía con ponerse el insigne uniforme del instituto, una mala nota manchaba la reputación de su libreta, firmada por la guardia a cargo del alumnado, llamada maestra (persona vestida de blanco que nos enseñaba todo lo necesario para que tuviéramos un futuro mejor), o por la comisaria a cargo de la prisión, denominada directora.

En aquel sitio, cada intervalos de tiempo acariciaba mis oídos un sonido peculiar, casi ensordecedor, como metáfora de la libertad condicional. Pero cuando no se trataba del último timbre del día, esa libertad duraba apenas quince minutos, cuando no se extendía a veinte, como mucho.

Desde el primer año me enseñaron a obligar (-Haga lo que yo le digo-, decían), a ser sumiso (-Cállese-, decían); a no reírme (-Si se ríe de algo tan gracioso por qué no lo cuenta así nos reímos todos-, decían en tono burlón), a someterme, a ser un ser amargado (-Usted está aquí para aprender, no para divertirse-, decían, como si aprender no fuera una diversión). Me enseñaron que era uno más del montón, como a todo el otro montón; que no sabía nada, pues todo el conocimiento estaba fuera de mí, porque era cual un vaso vacío que tenían que llenar de un montón de cosas importantes. Me enseñaron que pedir socorro al compañero era indigno, sinónimo de trampa, pues equivalía a copiarse. Me enseñaron a ser mal compañero, pues si alguien pedía mi asistencia en las pruebas (igual que las que pone la vida), no debía brindársela. Me enseñaron que la gente entiende a través del castigo (-Si se porta mal lo mando a dirección-; -Usted estaba corriendo en el recreo, a firmar el libro de disciplina-, decían, como si fuera anormal que un niño sienta deseos de correr), de las amenazas (-Le pondré un uno-; -Llamaré a sus padres-, decían). Me enseñaron que mi futuro era más importante que mi presente, que día tras día pisoteaban para hacerlo cada vez más miserable. Me enseñaron tantas cosas que no quise aprender...

Tú eres un maestro

Todo ser humano, todo acontecimiento, un mar, un árbol, la luna, la arena, un anotador… todo lo que existe, es nuestro maestro. Los seres que permanecen en el sendero que recorremos, son aquellos maestros con quienes aun tenemos algo que aprender. Los senderos se bifurcan y los seres escogemos nuestro rumbo. Por ello, no te anudes a nadie, ni busques maestros fuera, puesto que el verdadero maestro vive dentro de ti aprendiendo de todo lo que le rodea. Todos son maestros. Tú eres tu maestro. Tú eres un maestro.

Changing Paradigms (Cambiando los paradigmas)

Si estás en desacuerdo con el sistema educativo (como yo), o siempre creíste que algo no andaba bien en la enseñanza que trataban de impartirte en las escuelas (como yo), no puedes perderte este vídeo de casi doce minutos de duración que me envió mi amiga virtual, Renata Terroba.


Changing Paradigms (Cambiando los Paradigmas), por Ken Robinson (subtítulos en español)


Cuando no tienes ideas para escribir

Quieres hacerlo, pero no tienes ideas para escribir. ¿Quién no ha pasado por ello alguna vez? Pero no te rindes tan sencillamente ante las dificultades, eres obstinado. Intentas una, dos, tres oraciones malogradas, a las que no llegas siquiera a ponerles un punto, una coma, antes de percatarte de que aquellas palabras no son más que un conjunto de letras agrupadas que no provocan ninguna tensión, ningún sentimiento: una soberana porquería. Borras, borras rápidamente, como si se tratase de un asunto de prestigio, de un juego donde has apostado tu reputación. Intentas otra vez, movido por el deseo irrefrenable de crear, pero vuelves a enfrentarte con tus limitaciones, con la frustración, con la bronca, pues la inspiración no hace su aparición. Te preguntas si los tiempos de bonanza han pasado, si la inspiración volverá, si en realidad no eres tan bueno como creías, si debes dedicarte a otra cosa porque, a juzgar por lo que acabas de escribir (o lo que no acabas de escribir), la escritura podría no ser lo tuyo. Pero entonces te dices que a todos les sucede alguna vez, y tras haberte cuestionado y replanetado el asunto por horas, lo intentas una vez más y comienzas a escribir: “Quieres hacerlo, pero no tienes ideas para es…”

Extraños

Aquel extraño tiempo
en que fuimos dos extraños,
lo extraño como extraño
que seamos dos extraños.
Pues ahora, es extraño,
que aun no siendo dos extraños,
seamos más extraños
que aquellos dos extraños
que se extrañan todavía.

Escritor: cuarto trabajo más feliz del mundo


Un estudio realizado por la Organización Nacional de Investigación de la Universidad de Chicago, publicado por la revista Forbes, alega que después de los sacerdotes, los bomberos y los fisioterapeutas, los escritores realizan uno de los trabajos más felices del mundo, ocupando el cuarto lugar de una lista de diez. A los escritores les seguirían los instructores de educación especial, maestros, artistas, psicólogos, agentes financieros e ingenieros de operaciones.

Según el estudio de la Universidad de Chicago, el ochenta por ciento de estas personas aseveran sentirse «muy satisfechos» con sus empleos, porque de uno u otro modo, en su generalidad implican el servicio a los demás, aunque obtengan escasas remuneraciones. 

No obstante, Forbes recogió en su publicación una encuesta transmitida por la cadena CNBC, la cual apunta hacia los diez trabajos más odiados, entre los que se encuentran: director de tecnología de la información, director de ventanas y marketing, productor y manager de artistas, desarrollador web, técnico especialista, técnico en electrónica, secretario jurídico, analista de soporte técnico, maquinista y gerente de marketing.

En lo personal me produce una felicidad inconmensurable escribir, crear, descubrirme a través de la escritura. Siento que cuando escribo me brindo a los demás, cumplo mi misión. Aunque por el momento no obtenga ningún tipo de remuneración a cambio de mi trabajo de escritor, lo realizo con el mismo amor, pasión, dedicación, que si obtuviera con ello miles de dólares. Como todo escritor novel, mi sueño primero es publicar mi primer libro, pero hasta tanto se desencadenan los acontecimientos, escribo. Y escribo para vivir, porque cuando escribo, vivo: recorro paisajes; siento aromas, calor, frío, amor, bronca, pasión; conozco personas, palabras, modos de hablar, maneras de pensar; me perfecciono, enseño, aprendo, evoluciono como ser humano, recorro  el mundo, y todo sin salirme de mi silla.

Sin embargo, el trabajo más feliz del mundo es aquel que te hace feliz a ti, cualquiera sea ese empleo, aunque se halle en el puesto de los más felices o los más odiados del mundo, o del mismísimo universo. Si a ti te hace feliz ese trabajo, cualquier estudio o encuesta de  cualquier universidad son totalmente triviales.

Si te hace feliz, hazlo. Si no es así, cambia. Porque el único trabajo improductivo es aquel que no produce felicidad.  

Del colegio al olvido

Una compañera de la primaria acababa de crear en Facebook el grupo cerrado “Primaria Padre Elizalde”, cuando me llegó la notificación de que Daniel Polizzi (otro de mis compañeros de primaria, desde entonces mi mejor amigo) me había añadido al grupo. Es por ello que quiero contarles parte de la historia de este grupo (que a su vez es una parte de mi historia), aunque sea un pequeño fragmento comparado con todo lo vivido.

El “B” T.T. (turno tarde) del Instituto Padre Elizalde, que inició sus estudios primarios en el año 1995, era un grupo excepcional por la unión de sus compañeros (todos lo decían: padres, docentes, etcétera). Por la misma razón las maestras que lo tuvieron a cargo desde primero a sexto grado, siempre lo describieron como “un grupo unido, pero charlatán”.

El “B” T.T. que cursó quinto grado de la EGB en el año 1999 superó la suma de treinta y cinco alumnos (siendo éste el año récord en superioridad de número de estudiantes), cuando en segundo grado sólo habían sido veintisiete, y en primero algunos menos.

Por orden de apellido, desde un principio me tocó ser el primer alumno de la lista. Y debo decir que guardo algún recuerdo positivo o negativo (casi todos positivos) de cada uno de los seres humanos que integraron ese gran grupo. Y además del recuerdo, que pertenece al pasado, también guardo el cariño, que es el presente, no sólo en sentido temporal, sino también como un obsequio preciado que me llevaré de esta vida. Lamentablemente no puedo decir lo mismo de todas las maestras que estuvieron a cargo de mi instrucción, pues todavía me pregunto cómo María del Carmen, maestra de segundo grado, podía estar a cargo de niños de siete años: un despropósito indignante, un insulto a la niñez.

Octavo año sería el último que compartiría con el grupo, tras repetir, en parte gracias a una perversa profesora que no merece ser nombrada. Aunque mis compañeros seguirían juntos hasta terminar noveno año, donde todos se dispersarían en las distintas modalidades de primero, segundo y tercer año Polimodal.

Transcurrió casi una década desde que, con mucho dolor, tuviera que separarme del grupo. Y esos niños que una vez fuéramos tan unidos, nos convertimos en hombres, en mujeres. Y algunos de esos niños crecieron y se volvieron más pequeños, indiferentes, olvidadizos, puesto que, al parecer, borraron de su memoria que compartieron al menos un año de su vida en la misma clase que uno. A algunos de ellos, cuando los cruzas en la calle los reconoces perfectamente (al igual que ellos te reconocen) y quizá por timidez, tal vez estupidez o desgana, se hacen los distraídos (por no decir otra cosa), agachan la mirada, la asestan al pavimento, a las veredas o al mismísimo horizonte, y continúan su andar hasta perderse de vista. Y uno que los quiso tanto... que tal vez los quiere…

Cuántos caminos hasta llegar a un libro

“Cien sonetos de amor” de Pablo Neruda, quizá sea el libro de sonetos más renombrado del género. Algunos dicen que ninguno de los cien sonetos son realmente sonetos, por transgredir las reglas del soneto clásico en la lengua castellana; sin embargo, aunque no es el tema que me concierne, si alguien gusta de conocer la opinión subjetiva de un autor que cultiva el soneto endecasílabo desde hace casi un lustro, podrán no ser sonetos ninguno de los cien sonetos de amor del poeta, pero es una obra extraordinaria que hace uso de recursos estilísticos de un modo extraordinario, con los cuales ancla en el corazón de cualquier lector que le abra sus puertas.

El segundo soneto de los cien que integran el libro de Pablo Neruda comienza así: “Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso”. Inspirado en el mítico verso del poeta arribé al escrito que me concierne. Por supuesto, el título de la entrada es bilateral, y contiene dos posibles lecturas. La primera hace referencia a los arcanos senderos que conducen a cualquier persona a la lectura de cualquier libro; la segunda hace alusión a los muchos obstáculos que debe sortear un escritor, previo a parir un libro: su obra. Aunque en divergencia a la del ser humano, la gestación de un libro a veces dura mucho más que nueve meses.

Ya en algunos textos de la sección “Mi sueño de ser escritor” me he avocado a los caminos que me condujeron a soñar con escribir un libro, hasta comenzar a escribirlo. Pero algo que desconocía en los primeros años es que un escritor debe pasar por muchas lecturas: buenas, regulares, malas, interesantes, vanas, de cualquier tipo; por innumerables escritos inútiles, antes de hallar su estilo.

La tarea de un escritor consiste más que en escribir, en borrar, en tachar, en eliminar toda redundancia que opaque la esencia de su obra. Un escritor debe leer, aprender, leerse, depurarse, hasta hacerse uno con el texto, como un ciclista se hace uno con la bicicleta para obtener el equilibro necesario que evite posibles caídas. Aunque, por supuesto, todo ello si se quiere ser un escritor efectivo, pues escribir puede escribir cualquier alfabeto, de cualquier modo. Si lo sabré yo, cuántos caminos hasta llegar a un libro…

El peor enemigo de un escritor

Hace más de cinco años que escribo con relativa frecuencia. Hace más de cinco años que sueño con publicar un libro. Hace tres años que tomé la decisión de ser escritor. Y desde hace un tiempo tengo plena consciencia de que tuve el privilegio (o la desgracia) de no haber publicado con anterioridad (ten cuidado con lo que deseas porque puedes conseguirlo), pues hubiera querido reeditar cada oración de mis textos si todo aquello que escribí en mis inicios, se hubiese convertido en mi primer libro publicado; me hubiera arrepentido la vida entera (o tal vez no) y el sueño se hubiese convertido en pesadilla (o tal vez no). Recién en estos tiempos me siento seguro (seguro es una forma de decir) de los escritos que guardo celosamente para la posterior publicación, algunos con una antigüedad de menos de tres años. Y aun así, apelo a que lo más sabio es continuar escribiendo, sin leer continuamente mis escritos, porque la inconformidad de un escritor puede convertirlo casi por accidente en un permanente corrector de sus obras, lo que anularía el proceso natural de la creación literaria, y ese escritor (auspiciando de corrector) se convertiría en el peor enemigo de un escritor.

La felicidad: ese objetivo inalcanzable

Muchas veces pretendemos alcanzar la felicidad, como si la felicidad estuviese en alguna parte en particular; como si la felicidad fuese una meta, un sitio donde arribar, una carrera contra el tiempo, contra otros, contra nosotros mismos. No logramos advertir la felicidad aquí, ahora, en el instante, en el presente que nos brinda nuestro presente. No alcanzamos a advertir que la felicidad es un estado del espíritu, que no puede alcanzarse, sino sentirse.

A veces confundimos la felicidad con la alegría, pero se puede estar tristes y ser intensamente felices. Si la felicidad es un objetivo en nuestras vidas, nos subordinamos a ser felices sólo si… sólo si tenemos ese auto que tanto nos gusta, si tenemos esa casa que tanto soñamos, si este año tenemos dobles vacaciones, si el Todopoderoso infunde la luz en la integridad de los seres humanos para que el amor, la paz, la justicia, la prosperidad reinen en el planeta… ¿Se puede ser tan necios? Si, se puede. Nosotros podemos.

-Cuando me vaya a Italia seré Feliz –dice Horacio, día tras día, desde que tenía treinta años. Ahora tiene sesenta.

-Cuando mi madre se cure de esa terrible enfermedad seré tan feliz… -dijo Adriana durante más de cinco años, hasta que su madre falleció. Después se sentía infeliz por la dolorosa muerte de su madre, y el resto de su vida se pasó culpando a Dios, hasta que la muerte vino a buscarla a ella.

-Cuando mi padre me deje salir a bailar... –dice Roxana de quince años de edad, desde que tiene trece- Ese día, sólo ese estúpido día podré ser feliz.

-Cuando termine la carrera de psicóloga, ahí sí que seré la persona más feliz en el mundo –decía Ester, que todos los días se levantaba malhumorada para ir a la facultad, sintiéndose una pobre infeliz desde los dieciocho años. Cuando se recibió con las notas más altas, se sentía desdichada porque no sabía por dónde empezar, aunque tuviese un historial impecable. Luego pudo poner su consultorio, pero maldecía por la cantidad de pacientes que llegaban a la consulta: por sus problemas, porque odiaba escuchar lo mismo una y otra y otra vez. Ester se preguntaba cada mañana, al levantarse, si había optado por la carrera correcta. Se sentía superior a toda esa manga de incurables (como solía llamarlos cuando hablaba con su secretaria). Pero no podía decirles que ella, Ester Aguirre Blanco, no iba a exorcizarlos de todos sus males, que era una simple mortal (más infeliz que ellos, aunque no quisiera reconocerlo). Hasta que un día un centenar de pacientes se quedaron sin psicóloga...

Siempre tiene que pasar algo en nuestras vidas, además de nuestras vidas, para que seamos felices. En vez de pasar algo en nuestras vidas, pasan nuestras vidas… ¿Es posible que así sea? Si, es posible que así sea. Nosotros lo hacemos posible.

La felicidad es inalcanzable. Lamento provocar la ira de algunos, el desacuerdo de otros, los insultos de muchos, y el volcán que germina en sus estómagos, sube por el pecho y comienza a estallar generándoles inmensas ganas de ahorcarme. ¿Cómo alcanzar algo donde estamos, algo que está sucediendo, algo que podría producirse en este instante si dejásemos que simplemente sucediese? Si no queremos ser felices, renunciemos a impartir culpas a todos, como si se tratase de folletos. El destino, la creación, los fantasmas, los detractores, los enemigos, nadie es culpable ni causante de nuestra infelicidad. Ninguno posee la culpa, todos somos dueños legítimos de la responsabilidad de nuestra propia felicidad, que está en nuestras manos, en nuestros corazones, en nuestros espíritus.

Que la mente no nos engañe más, haciéndonos creer que seremos felices cuando obtengamos tal o cual cosa. La felicidad es ese objetivo inalcanzable por no ser un objetivo. Aunque estemos encerrados en nuestras casas con las persianas bajas, las cortinas cerradas, las ventanas selladas, el cielo existe, el sol brilla, el viento sopla, aunque no podamos verlo, aunque no podamos sentirlo. Aunque estemos encerrados en nuestros problemas, en la mente mundana que nos controla porque no sabemos dirigirla, la felicidad está en nosotros, en nuestro espíritu, aunque nos neguemos a sentirla, a expresarla.

Como dice la canción de Facundo Cabral: “Ser feliz es mi color de identidad”. Ser felices es nuestro color de identidad. Podemos ser felices ahora mismo, sólo es cuestión de quererlo, sólo es cuestión de aceptarlo, sólo es cuestión de aceptarnos.

Jorge Aussel en los Premios 20Blogs 2011

El 11 de noviembre me inscribí en la sexta edición de los Premios 20Blogs 2011 organizado por 20minutos.es. Las inscripciones comenzaron tan sólo un día antes de que enviara mi solicitud, más que para competir, para dar a conocer mi blog a nuevos lectores.

Este 15 de noviembre de 2011 recibí con expectativa la noticia de que JorgeAussel.com, inscrito como El blog de Jorge Aussel, fue validado para participar en el concurso en la categoría personal.

La fase de votación se iniciará el 23 de diciembre de 2011 y concluirá el 3 de febrero de 2012. En el transcurso de ese tiempo los blogs validados en los Premios 20Blogs podrán votar a un solo blog por cada una de las 20 categorías existentes.

Cuento con el apoyo de mis lectores, que no son muchos, por el poco tiempo que llevo publicando, pero son genuinos; ganados a base de esfuerzo, constancia y perseverancia. No sé cuáles sean los resultados del concurso, pero de cualquier modo van a ser un incentivo para seguir adelante. 


Más información sobre los Premios 20Blogs aquí.

Los sueños nacieron para soñarlos

Muchos pasan por la vida sin animarse a soñar, porque no tienen el valor de luchar para cumplir sus sueños. Muchos pasan por la vida apegados a la realidad, suponiendo que soñar es un iluso e ilusorio privilegio de unos pocos, porque no tienen fe ni esperanza en que ellos también pueden crear el porvenir. Y entonces pasan por la vida y sólo pasan, porque los sueños nacieron para soñarlos... 


Muchas veces nos han increpado con aquello de que volamos demasiado. Pero… me pregunto, ¿a qué denominan volar demasiado? ¿Demasiado alto, demasiado bajo? Creo, le llaman volar a soñar. Y a soñar con concretar e intentar cumplir esos sueños, también. 

Si nos conducimos por el sendero que recorremos hace tiempo, acorde a la interpretación que pude realizar de aquello por lo que nos increpan, pronto nos recibiremos de pilotos.

Quien vuela se puede estrellar, pero los pájaros nacieron para volar. Y los humanos nacimos para soñar, porque sólo quien sueña puede despertar. ¿Qué importa que digan que volamos demasiado, si nacimos para soñar, lo mismo que muchos llaman volar, que es la única forma de vivir vivos la vida?

Seamos pilotos de nuestros sueños, no los abandonemos, porque ellos no nos abandonarán. Por el contrario, si nos atrevemos al absurdo de matarlos van a pudrirse hasta convertirse en enfermedades, hasta matarnos.

Los sueños nacieron para mucho más que para concretarlos. Los sueños nacieron para probarnos que no existen otros límites más que los que nos impongamos. Los sueños nacieron para soñarlos.

No abandones tu carrera de piloto… ¡Sueña!

Las faltas de ortografía en el escritor

Las faltas de ortografía en el escritor suelen no tener absolución para la comunidad. Se cree que los escritores son eruditos en la materia, que no pueden ni deben equivocarse, porque errar es humano, pero es inadmisible cuando se trata de una palabra mal escrita por un escritor. Se da por sobreentendido que los conocimientos de la lengua que esgrime un literato son superiores a los de la multitud. Se idealiza sobre la obligación moral del escritor de expresar perfección ortográfica.

Los sujetos que especulan con la inmaculada corrección de la escritura de un escritor, olvidan varios puntos sustanciales. Nada más distante a la veracidad de los hechos que decir que un verdadero escritor no comete errores ortográficos. A veces, los escritores nos tropezamos con un horror más que un error, que acaba de ser ejecutado por nosotros; si alguien llegara a leerlo, además del error, nosotros seriamos ejecutados.

Lamento decepcionar al que permanecía engañado, pero existen personas especializadas en la corrección literaria, denominadas “Correctores de estilo”. Pero alguno por ahí se preguntará para qué existen los Correctores de estilo, si todo escritor debiera ser un versado en la materia, con cualidades extraordinarias para corregir los textos emergidos de su inspiración. Pero tampoco es así. A los escritores, o a los programas de corrección se les transfiguran muchos errores que sólo uno o varios Correctores de estilo son capaces de detectar para suplir las posibles faltas, para un buen entendimiento de los textos.

El de escritor es un oficio que se cultiva día a día; nadie rescinde nunca de ser escritor. Un modo de no cometer errores es sin realizar nada, pero estaríamos cometiendo el peor de los errores. Todos los escritores nos equivocamos, porque nos encontramos en continuo contacto con la palabra. La palabra es para nosotros una herramienta para un fin: decir algo. Ese fin es el que debe primar en el lector, ante un categórico pormenor, tan trivial como lo es hallar un error ortográfico en cualquier artículo.

Quinta entrega de la biblioteca Julio Cortázar


Como lo había anticipado en mi cuenta de Twitter y en el foro McFail, tras que Vanesa Jankowicz (Analista de Marketing y Producto Coleccionables del grupo Santillana) me lo confirmara en la respuesta a un email que le envié, este viernes (11.11.11) salió a la venta “Las armas secretas”, quinta entrega de la biblioteca Julio Cortázar (Alfaguara).

En disonancia con “Salvo el crepúsculo”, cuarto ejemplar lanzado de la colección, que mide algunos milímetros más que los libros que le precedieron, “Las armas secretas” conserva las medidas de “Bestiario”, “Rayuela” y “Final del juego” (primeros tres ejemplares entregados). Quizá esto se deba a que "Las armas secretas" fue impreso en Colonia Suiza, Uruguay, en la misma imprenta que "Bestiario" y "Rayuela", lo que indica que los libros retenidos en la Aduana argentina han sido liberados, y los próximos títulos en salir podrían ser "Historias de cronopios y de famas" y "Todos los fuegos el fuego", según los próximos títulos de la colección que figuran en "Rayuela" y "Las armas secretas", que continúan pendientes de salida.

La historia de los "sub-códigos"

Como lo comentaba en entradas anteriores, los "sub códigos" que la editorial añade en las contratapas de los libros para, de algún modo, llevar la cuenta del número de entrega en la que nos encontramos, desde hace tres entregas no coinciden con los "sub códigos" que presentan las etiquetas de los films que los envuelven.

Como todos sabemos, debido al problema de las aduanas, el orden de salida de los libros se alteró, y a eso se debe este detalle, a través del cual podriamos vislumbrar cuando se hubiesen destrabado los cargamentos de la Aduana. Y ese día ha arribado, pues en el "sub código" de la etiqueta del envoltorio de "Las armas secretas" figura el número 10005, por deberse a la quinta entrega, pero en la contratapa del libro tenemos el número 10003, dato que da la pauta de que los conflictos han concluido, puesto que éste libro debiera haber salido un mes antes.

Discernimientos

En el correo que le escribí a Vanesa Jankowicz para que me confirmara el título que saldría en la próxima entrega, también le pregunté dónde había sido editado "Las armas secretas". Fue entonces cuando me preguntó para qué quería ese tipo de información y volví a escribirle:

"Algunos hemos observado que los dos primeros libros de la biblioteca Julio Cortázar fueron impresos en Uruguay, y los dos que le siguieron, en Argentina, aunque en imprentas diferentes. Como en "Salvo el crepúsculo" figura como próxima entrega "Final del juego" (que fue la tercera entrega, como ya sabe), hice algunas conjeturas al respecto:

1. Que "Salvo el crepúsculo" fue impreso antes que "Final del juego" (pienso que eso podría deberse a que "Salvo el crepúsculo" mide medio centímetro más de altura que los demás, y por eso cambiaron de imprenta).  

2. Que esta semana saldría "Papeles inesperados" editado en Ramos Mejía, igual que "Final del juego", para confirmar mis sospechas. 

3. He observado los "sub-códigos" de los envoltorios de los ejemplares, y en las últimas dos entregas no coinciden con los de los libros que envuelven. Debido a esto, y a los próximos títulos de la colección que figuran en "Salvo el crepúsculo", especulé con la posibilidad de que los libros retenidos en la Aduana fueran (o hayan sido) “Las armas secretas”, “Historias de cronopios y de famas” y “Todos los fuegos el fuego”. Sólo podría confirmarme esto que "Las armas secretas" haya sido impreso en Uruguay."

Vanesa respondió:

"Jorge, lamentablemente no puedo brindarle demasiada información al respecto porque no la poseo. Si puedo decirle que la alteración en el orden de entrega fue por cuestiones ajenas a la editorial pero que la colección no se interrumpirá, seguirá su curso hasta el final. "

Además, me confirmó que la colección continúa constando de 27 entregas y que a partir del 4º libro la frecuencia de salida es semanal.

Sinopsis de "Las armas secretas"

Las armas secretas (1959) es la tercera colección de cuentos publicados por Julio Cortázar.

Estos cinco relatos, que se desarrollan en un ambiente parisino y contemporáneo de clase media, ponen de relieve la madurez de los recursos narrativos y temáticos empleados por Cortázar en sus cuentos anteriores.

En medio de la excelencia de "Cartas de mamá", "Los buenos servicios" y "Las armas secretas", se recortan dos obras maestras: "Las balas del diablo" (adaptado para el cine por Michelangelo Antonioni en su recordada Blow up) y "El perseguidor", quizás el más perfecto y conmovedor homenaje a un genio del jazz como Charlie Parker.

Las armas secretas no solo es el eslabón entre sus obras previas y las novelas, sino que forma parte de la mejor tradición del género.

Precio establecido

Los títulos y lo que somos


En las exiguas reuniones a las que adhiero al año, puesto que no son mi pasatiempo predilecto, primero es la superficie, lo vano, lo efímero de los tópicos que se tocan. Y aunque aquellos que me conocen saben de mi buen sentido del humor, es exactamente esa parte de la historia la que me aburre. En cuanto encuentro un hueco, no desperdicio la oportunidad y abro el debate que conduzca a los presentes hacia la reflexión...

Uno de los temas recurrentes de esas charlas frecuenta el terreno de quienes somos, si somos porque tenemos, si somos lo que hacemos, si somos lo que somos, para qué estamos aquí, de dónde vinimos si es que venimos o vinimos de algún sitio, hacia dónde vamos. Casi siempre me reservo los derechos de las opiniones más controvertidas, lo que exaspera a algunos, a otros deja pensativos, a unos obnubilados y a otros somnolientos: se fastidian porque no entienden o no quieren escuchar o no comparten mi opinión.

En algunos de esos debates, el tema de los títulos sonó repetidamente. Algunos se daban importancia por estudiar tal o cual carrera, cuando nadie que sabe que es realmente importante se da importancia con algo más que sí mismo. Han llegado a decirme que sin un título uno no es nadie ni nada en la vida. Tras cavilarlo con reiteración, he llegado a la conclusión de que quizá tengan razón, pues si no somos nadie, tal vez somos alguien; si no somos nada, a lo mejor somos todo.

Yo siempre digo que alguna vez no existieron las escuelas ni universidades ni cursos ni talleres ni nadie que pueda enseñarle una carrera a otro ser humano; un día todo estuvo por descubrirse. Quienes inventaron las carreras conocidas, no las estudiaron en una universidad, pues no existían. Se guiaron por su intuición, emplearon la creatividad, se empeñaron por alcanzar sus sueños y tuvieron revelaciones esclarecedoras que difundieron en toda la humanidad y más tarde se convirtieron en carreras. Muchos creen que todo está inventado, y están en lo cierto. Desde que el mundo es mundo todo está inventado, pero siempre existe alguien a quien se le manifiesta el invento para compartirlo con los demás. Y ese poder está en todos los que creen en sí mismos.

Un título no es más que un papel que dice lo que obtuvimos por el estudio que realizamos. Un título no nos hace más ni menos. Lo que aprendemos, lo que sabemos nos hace. Pero no somos lo que aprendemos ni lo que sabemos ni lo que hacemos. No nos hace alguien lo que tenemos, sino lo que somos. Y quienes somos no tiene respuesta, porque al explicarlo reduciríamos lo que somos a unas cuantas palabras, y somos mucho más que un montón de letras agrupadas.

Lo que escribo

Mi blog lleva actualizado apenas poco más de un mes, en el que he escrito varias entradas, con un promedio de publicación de día por medio. Por dicho motivo, aun las personas que me visitan no poseen una pauta clara respecto a lo que escribo o lo que publico. Es por ello que decidí redactar una entrada en pos de aclarar las dudas al respecto.

Como muchos otros escritores, los géneros en los que incursiono son amplios: poesía, subgéneros de la poesía, aforismo, cuento, relato, entre otros. Por épocas me avoco a unos, por períodos de tiempo me oriento hacia otros. Por lo general, cuando escribo poesía no escribo cuento, aforismo, etc. Y viceversa.

Pero no es para plasmar mis dotes literarias que creé una página que me dé presencia en internet. No escribo entradas de blogs de igual modo que escribo la obra que quiero publicar. Trato de preservar, en la medida de lo posible, todas las formas, pero existe una discrepancia fundamental entre un blog y una obra literaria, que no debe confundirse: el blog es como la tira televisiva que sale al aire todos los días de la semana, donde raramente existe el tiempo suficiente para corregir lo necesario cada una de las entradas. La obra literaria de un autor es como una película de cine, donde el literato posee un tiempo indefinido para trabajar los textos hasta depurarlos en su totalidad; donde el tiempo permite modelar la escritura como si de arcilla se tratase, para quitar los excedentes y que permanezca la sustancia.

Lo que escribo en mi página, como lo mencionaba en «La esencia del blog», se parece a un diario de vida, donde más que escribir, hablo basado en mi experiencia personal, o sobre aquello que me ha impresionado, conmovido o dejado reflexivo. En cambio, lo que escribo en las obras que anhelo publicar nace de la inspiración divina, de momentos de una profunda conexión conmigo mismo y con la esencia infinita del universo: porque sólo en esos momentos lo que escribo puede transformarse en algo trascendente…

El pensamiento fatalista

Para “fatalista” el diccionario ofrece dos definiciones. 1. “Creencia según la cual todo sucede por ineludible predeterminación o destino.” 2. “Actitud resignada de la persona que no ve posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos adversos.” A su vez, la palabra deriva de “fatal” que significa, entre otras cosas, “inevitable”.

Cuando conceptuamos que cierto acontecimiento es inevitable obra de un destino impuesto por el que presumimos, es el titiritero que manipula los hilos de la existencia, y con su accionar, a nosotros, cual si fuésemos inertes marionetas incapaces de tomar reales decisiones, nos situamos en una condición pasiva, sumisa: esclavos de quien, de modo tácito, juzgamos como nuestro amo: el destino. Si, como admite el común de los seres humanos, un hipotético destino fuera responsable de todo lo que ha sucedido, lo que sucede y lo que sucederá, la vida, estar vivos ¿tendría un sentido?

Al responsabilizar o culpar a un aparente destino de todo lo que sucede en nuestras vidas, descartamos nuestro poder como creadores absolutos de todo lo que acontece en nuestra existencia. Vamos a suponer que por aquella relación amorosa enfermiza que experimentamos, culpamos al destino por haber cruzado a la persona en cuestión en nuestra senda, sin contar que no sólo esa persona se cruzó en nuestro camino, sino que también nosotros nos cruzamos en el suyo, cuando estuvimos en el punto exacto que dio origen al encuentro. Decisión tras decisión, incluso en las decisiones no tomadas, en las que decidimos no decidir, suscitamos ese encuentro que llamamos “destino”, que estimamos irrevocable, y por ende culpabilizamos de todo lo que acaece.

Nuestro pensamiento fatalista cree férreamente en el destino, en que algo externo a nosotros puede modificar nuestro presente (lo único real), o nuestro futuro (una ilusión), porque conjeturamos que el destino ha rectificado nuestro pasado (el cual es otro espejismo). El pasado, el futuro, son unas de las artimañas más colosales e inverosímiles que haya creado la mente humana artificiosa. Ficción creída por millones de mentes domesticadas para creer en el ardid, y ser intervenidas como a control remoto para ser suscriptores de la masa amorfa que no razona, que es arrastrada como un pétalo en el viento, como un barco a la deriva sin el ancla de la conciencia, como un ente que no se hace responsable de sus actos.

Nosotros creamos nuestro presente. En nosotros, el poder de crear nuestra realidad: creer en un destino fatal es suficiente razón para crearnos un destino fatal. Nuestras circunstancias son un reflejo de nuestros pensamientos, nada más. Somos el cosmos, el Aleph: ese punto donde convergen todos los puntos; la ventana por la que puede observarse todo el universo. Somos libres... 

Mayúscula o minúscula en los meses, los días de la semana y las estaciones del año

En este artículo trataré de esclarecer el asunto del uso correcto de la mayúscula o minúscula en los meses, los días de la semana y las estaciones del año.

Para muchos, escribir bien puede resultar un sin sentido, un absurdo. Y mal que me pese, sería una insensatez reprocharles, pues también lo fue para mí hasta hace alrededor de un lustro; aunque puedo cometer errores, como todos, pues ningún escritor está exento de hacerlo.

Como en la actualidad poseo la convicción de que cuánto superior es nuestra calidad de escritura mayores son las probabilidades de una comunicación óptima, quiero compartir los conocimientos que adquirí a través de la práctica constante en mi oficio de escritor. Y como a todo escritor (por la antípoda de lo que cree el común de los mortales), que de manera invariable está ligado a la palabra, a menudo me surgen dudas respecto al uso acertado de los signos de puntuación: cuándo lleva o no tilde, coma, mayúscula, minúscula, o cómo se escribe determinada palabra, etc.

Para escribir bien, el estudio del castellano no lo es todo: también se debe leer, escribir, leer, escribir. Por medio de la práctica, a fuerza de aciertos y errores cometidos, uno aprende más que en doce tediosos años escolares.

Por el tema que me concierne busqué información en diversas fuentes, pero siempre la RAE (Real Academia Española), cuando de dudas sobre reglas ortográficas se trata, es el medio más contundente para echar luz sobre el asunto. Por medio de la misma he confirmado que “Salvo que la mayúscula venga exigida por la puntuación (a comienzo de texto o después de punto), los nombres de los días de la semana, de los meses y de las estaciones del año se escriben en español con minúscula inicial: -Nació el pasado martes, 22 de noviembre-. -En Caracas, a 6 de mayo de 2005-. -Esta primavera ha llovido mucho-. Solo se inician con mayúscula cuando forman parte de nombres que exigen la escritura de sus componentes con mayúscula inicial, como ocurre con los nombres de festividades, fechas o acontecimientos históricos, vías urbanas, edificios, etc.: Viernes Santo, Primavera de Praga, plaza del Dos de Mayo, Hospital Doce de Octubre."

De aquí en más, cada vez que tengamos que escribir los meses, los días de la semana o las estaciones del año sabremos si van con mayúsculas o minúsculas. Porque escribir bien es una opción que está al alcance de todos los alfabetos...

Para más información ingresa aquí.

Salió "Salvo el crepúsculo" de Julio Cortázar


Éste jueves, tres de noviembre (2011), salió “Salvo el crepúsculo”, cuarta entrega de la biblioteca Julio Cortázar (Alfaguara). El libro se esperaba para el sábado cinco, pero algún motivo desconocido para el común de los usuarios condujo a la distribuidora, Aguilar, a lanzarlos antes de tiempo.

La noticia arribó a mí a causa de un comentario realizado por Héctor en una entrada: el mismo comentarista que semanas atrás, en otro comentario de otra entrada, me proporcionara el dato de la salida del tercer libro de la colección. Chequeé su información en un foro de discusión que promueve el tema, al cual me adherí como miembro activo, y corroboré la salida del cuarto libro.

En una entrada referida a la liberación de los libros retenidos en la Aduana comentaba que “en el sub código de la calcomanía adherida al film que envuelve el tercer ejemplar lanzado figura el número 10003; sin embargo, en la contratapa del libro aparece la numeración 10007, lo que indicaba que corresponde a la séptima entrega de la colección”. En esta oportunidad, en el film que envuelve a la cuarta entrega figura el número 10004, y en el sub código de la contratapa del libro, la numeración 10006 (un número menos que el libro anterior).

En una de las últimas hojas de “Salvo el crepúsculo”, que indica las próximas entregas de la colección, como próximo ejemplar aparece “Final del juego”, pero como todos sabemos, fue lanzado en la tercera entrega. Dado que “Final del juego” ya salió, y que “Las armas secretas”, “Historias de cronopios y de famas” y “Todos los fuegos el fuego” (dados a conocer como los próximos títulos de la colección en “Rayuela”) continúan extraviados, el próximo ejemplar que debiera ser lanzado es “Papeles inesperados” (digo “debiera” porque tratándose de una colección tan accidentada, no podría aseverarlo).

Uno de los datos a tener en cuenta es que, mientras que “Bestiario” y “Rayuela” (primera y segunda entrega de la biblioteca Julio Cortázar) se imprimieron en Pressur Corporation SA, colonia suiza, Uruguay, en el mes de julio, y “Final del juego” (tercera entrega) se imprimió en Encuadernación Aráoz SRL, Avenida San Martín 1265, Ramos mejía, Buenos Aires, Argentina, en el mes de octubre, en “Salvo el crepúsculo” (cuarto ejemplar) volvieron a cambiar de taller gráfico, imprimiéndose en Latingráfica SRL, Rocamora 4161, CABA, Argentina. Debido a esto, el cuarto ejemplar lanzado conserva una notable diferencia con los libros anteriores, que supera en medio centímetro de altura a sus camaradas: un grosero error tratándose de una colección, donde todos los libros debieran guardar perfecta simetría.

Asunto: Quiero ser escritor

Por causa de la publicación de la entrada “Mi sueño de ser escritor: Cómo nació”, una persona me envió un email a través del formulario de contacto, con el asunto “Quiero ser escritor”.

El siguiente mensaje ha sido editado en pos de corregir posibles faltas ortográficas, para su posterior publicación en el blog:

Mi sueño es ser escritor. Ayúdame, por favor ¿cómo hago para hacerlo realidad? ¿Debo estudiar? Ya escribí libros y algunos versos, pero quisiera saber qué mas hacer, cómo publicar, etc. Quisiera conversar contigo, no sé si me puedes agregar al MSN de este correo. Gracias de antemano por responderme.

Tal vez no era la persona indicada para responder a sus preguntas, pero como la persona esperaba una respuesta, y tenía ganas de contestarle, le escribí:

Uno puede estudiar por su cuenta, de manera autodidacta, o puede inscribirse en cursos, talleres, carreras, etc. Uno puede y uno debe estudiar, leer, investigar, para ser un buen escritor. No obstante, Andrew Vachss, literato estadounidense nacido en 1942, expresó: "La idea de que usted es escritor porque publica sus libros es una mentira. La idea de que usted no es escritor hasta que no publique algún libro, también es una mentira." Por otra parte, Simone de Beauvoir dijo al respecto: "Escribir es un oficio que se aprende escribiendo". Un escritor nace con el don de escribir, como quien nace con el don de pintar. Sin embargo, debemos desarrollar el don de la escritura para perfeccionarnos. Como dice el antiguo refrán que casi todos conocemos, "La práctica hace al maestro".

Fue una réplica espontánea, que quise compartir porque hace referencia, nada más ni nada menos, a lo que creo al respecto.

Mi sueño de ser escritor: Cómo nació

Desde que la red de redes me pescó, hace poco menos de una década, anhelé crear una página web que llevara por nombre el que mis padres me eligieron al nacer, terminada en punto com. Y en vez de navegar, naufragaba en mis intentos por tenerla.

Fue en el experimento de la concreción del deseo antes dicho cuando, tras diversas tentativas, creé el que sería uno de mis últimos Fotologs. Como mi interés distaba de publicar fatuas fotografías, colgaba imágenes creadas en un menesteroso programa, en las que grababa el nombre de la página, acompañado de imponentes titulares inherentes a la información expuesta que, en pocas palabras, era la reina del sitio. Y fue su reinado el que, sigiloso, me condujo a las letras: para mantener la cuenta actualizada a diario, alguien tenía que escribir.

A conceptuar por la casilla abarrotada de emails, los más de doscientos comentarios que recibía por jornada y los centenares de personas que se alistaban cada semana, en pocos meses la página se convirtió en lo que podría denominarse "un éxito". Pero meses más tarde, hastiado del tiempo que demandaba actualizar el sitio cotidianamente, lo abandoné. En cambio comencé a entablar conversación con algunos de los seguidores que habían añadido el correo electrónico exclusivo de la página, a sus cuentas.

Una tarde inicié conversación con una muchacha de dieciséis años que soñaba con editar su primer libro. Por ese entonces, para mí los escritores eran una especie de extraña entidad proveniente de algún sistema estelar distante; más o menos como si los libros no fueran escritos por seres humanos, por personas como todos, sino por extraterrestres. Pero podía percibir la inquebrantable decisión de la chica (propia de la voluntad humana), dispuesta a publicar aquel libro, así fuese lo último que hiciese en el planeta. Intuí que iba a lograrlo, y no transcurrió demasiado tiempo hasta que el bosquejo del libro soñado, se convirtió en el sueño del primer libro publicado por una adolescente de dieciciente años.

Del contacto con la muchacha nació mi sueño de ser escritor. Hacía tiempo escribía pero nunca había imaginado que las personas comunes escribían libros. Más tarde entendería que todos los libros fueron escritos por personas que tenían algo para decir, simplemente; y que todos los que están por escribirse serán escritos de igual modo. Pronto comencé el borrador de lo que pretendía, fuera mi primera obra literaria. Más tarde lo abandoné por los poemas que por primera vez brotaban de mi inspiración, que por no querer reconocer lo que en verdad eran, solía nombrarlos como “cosas”.

Pasaron los años, y gracias a los avances tecnológicos, y las muchas horas de aprendizaje, logré crear mi página de Internet, con mi propio nombre y de un modo sencillo. Lo que nunca hubiese imaginado por los años en que nació el deseo de crear un sitio web propio, es que terminaría administrándolo para darme difusión como escritor. Y tal vez, si no hubiese sido por el impedimento de crear una web en aquellos tiempos, debido a mis escasos conocimientos, mi página, como la conocemos hoy día, no hubiese existido o hubiese sido la de un pintor, un cocinero, un carpintero, pero nunca la de un escritor que sueña con publicar su primer libro.