Las treinta reflexiones de diciembre


Reflexión de reflexiones


Reflexión Nº 30

La última reflexión del año será una verdadera reflexión sobre la reflexión (REFLEXIÓN Nº 7) o tal vez una reflexión sobre la irreflexión (REFLEXIÓN Nº 17) que naufrague entre otras veintinueve irreflexiones. Cualquiera sea el caso, ésta reflexión de reflexiones (REFLEXIÓN Nº 30) integrará todos los títulos de diciembre: el mes de las reflexiones en el blog de Jorge Aussel

Sé que muchos de los que aun ignoran que escribir es un trabajo (REFLEXIÓN Nº 4) obviarán la lectura de las palabras (REFLEXIÓN Nº 24) que la integren, porque el miedo a leer (REFLEXIÓN Nº 25) con frecuencia es mucho más fuerte que las ganas de enterarse, de saber o de aprender. 

Pero aun así escribiré la última reflexión del mes, porque tengo un compromiso apalabrado con mis lectores, que a menudo tuvieron que usar su pensamiento lateral (REFLEXIÓN Nº 2) para comprender lo que en verdad quieren decir, o mejor dicho  dicen cada una de las reflexiones que escribí.  


Recuerda siempre que:

  • Luchar con un impulso que nos motive o un motivo que nos impulse (REFLEXIÓN Nº 29) es nuestra primera elección de una extensa toma de decisiones. Si luchamos con un impulso que nos motive, es decir, con la espada del fanatismo, no podremos llegar demasiado lejos, pues seremos nuestro propio obstáculo. Pero si luchamos con un motivo que nos impulse, es decir, un sueño, arribaremos a dimensiones insondables desplegando nuestras alas y volando hacia la realización de lo que anhelamos.
  • No estamos solos (REFLEXIÓN Nº 21); Dios, La Energía Del Universo, el Todopoderoso o como queramos llamarle, está con nosotros, cualquiera sea nuestra creencia de su existencia. Pero jamás nos confiemos totalmente en la magia divina (REFLEXIÓN Nº 9), pues ella sólo se manifestará si nos esforzamos por cumplir nuestros sueños. 
  • Debes tener un sueño que no te deje dormir (REFLEXIÓN Nº 15). En mi caso, aunque dar el primer paso (REFLEXIÓN Nº 20) no fue tarea sencilla, el sueño de publicar mi primer libro me hizo superar el miedo a la exposición (REFLEXIÓN Nº 19), del mismo modo que cada uno de tus sueños te hará superar otros temores, traumas, impedimentos y todos los tormentos ilusorios que te asechan desde tu mente.  
  • La muerte no es la muerte (REFLEXIÓN Nº 14) sino el comienzo de una nueva vida, y aun así debes vivirla como si fuese la única, la última, pues será irrepetible. No obstante, es tan cierto que la vida pasa (REFLEXIÓN Nº 18) ahora, como que la vida pasa rápido. Es por ello que debes despertar a la conciencia (REFLEXIÓN Nº 16) antes de partir de éste mundo sin saber quién eres (REFLEXIÓN Nº 1), porque cuando lo reveles, sabrás a un mismo tiempo que a pesar de todas tus virtudes o defectos, tú eres genial (REFLEXIÓN Nº 3)
  • Tú eres libre (REFLEXIÓN Nº 9) de las decisiones que tomas, pero también de las que no tomas, que son a su vez decisiones tomadas. Siempre el ser, la verdad y la humildad (REFLEXIÓN Nº 26) emergerán de las profundidades cuando transites el camino correcto. 
  • En ocasiones, por no hacerle caso a la intuición (REFLEXIÓN Nº 22) erramos el camino, pues olvidamos que aprender a escuchar (REFLEXIÓN Nº 13) a nuestro corazón es tan importante como escuchar a los demás o aprender a callar. Y cuando nos equivocamos, sernos sinceros (REFLEXIÓN Nº 28) es la mejor opción para retomar el sendero que nos conduzca hacia la concreción de nuestra misión.
  • Ser grande, mucho más que ser adulto (REFLEXIÓN Nº 6) , es la llave que tiene el ser humano para emprender la nueva revolución (REFLEXIÓN Nº 12)la de la conciencia, la que acaece en estos tiempos como un desconocido paradigma, por no ser sangrienta, sino totalmente pacífica y pacifista. 


Para concluir, mencionar que haber transitado juntos la Navidad: un negocio rentable (REFLEXIÓN Nº 23), pero Navidad al fin, a través de este humilde espacio personal que inicié en el mes de septiembre de dos mil once, y estar compartiendo estas vísperas de Año Nuevo, me complace enormemente. Deseo más que nunca, por sobre todo lo que nos depare el nuevo año, que nos presente infinitas oportunidades de crecimiento, a todo nivel. El dos mil doce puede ser el mejor año de nuestras vidas; si nosotros lo queremos, puede ser el mejor. 

¡Hasta el año que viene!

¿Un impulso que nos motive o un motivo que nos impulse?


Reflexión Nº 29

Muchos sabemos que una persona que se une a algo por interés propio tiene la suficiente capacidad para discernir que un seguidor es movido por el sentimiento que lo enlaza a aquello que decide seguir, y un fanático se siente impulsado a seguir algo de manera irracional, por causas que no puede controlar. El fanático defiende con tenacidad desmedida aquello de lo que es partidario; no lo discute ni lo pone a prueba para encontrar el equilibrio entre verdades relativamente opuestas, porque sólo puede ver su propia verdad. Si el fanático pusiera en duda, cuestionara o refutara el objeto de su pasión, entonces dejaría de serlo para convertirse en un ser autónomo.

La persona que se siente impulsada, y se deja llevar por el súbito impulso, se comporta de manera pasiva respecto a su modo de obrar: no es libre del impulso y no discierne por qué motivos hace lo que hace. Este individuo, cual autómata, no es movido por motivos de su voluntad sino impulsado de manera interna o externa a realizar con desatino una acción determinada. Por el contrario, la persona que se siente motivada y se mueve teniendo uno o diversos motivos para hacer lo que hace, actúa de forma activa: sabe lo que quiere, por qué lo quiere, para qué lo quiere, y por eso procede movida por un motivo en vez de llevada por un impulso irracional. Este individuo tiene un motivo que lo impulsa en vez de tener un impulso que lo motiva.

Por otra parte, la intuición como la facultad de comprender las cosas al instante sin necesidad de razonar es, en pocas palabras, un motivo por el cual hacemos o dejamos de realizar cierto movimiento en las partidas de la vida. Así como nuestro cerebro posee su propia inteligencia, también nuestro corazón la posee, y muy lejos de ser un mero impulso, la intuición es, en realidad, la certeza que pocas veces falla. Demás está aclarar que en ésta publicación no me refiero en ningún sentido al ser intuitivo, sino al individuo irracional que en su modo de obrar no se guía por la capacidad de entender o comprender sus acciones, y por tanto no emplea inteligencia alguna.

Se encuentra en cada uno de nosotros el poder de decidir si queremos dejarnos llevar por la corriente del impulso interno o externo a lo largo de nuestras existencias, o agarrar con firmeza el timón de nuestra voluntad y navegar en las tormentas de la vida hacia los objetivos donde nosotros, como seres autónomos, elijamos arribar sin dejarnos abatir por ningún extremismo. 

Sernos sinceros


Reflexión Nº 28

Mucho hablamos de la sinceridad, pero poco decimos sobre la misma. Y cuando decimos algo, casi en la totalidad de las ocasiones, se refiere a ser sinceros con los demás. 

Pero la sinceridad no se reduce a segundas o terceras personas solamente, sino que también abarca primeras personas. En simples palabras, para estar en paz con nuestra conciencia, no sólo debemos ser sinceros con los demás, sino también con nosotros.

Con las dificultades que acarrea, nos es mucho más sencillo detectar la mentira ajena que la propia. Y en ocasiones, compramos con plena conciencia dichas mentiras, para sentirnos aliviados, aunque la mentira sea como la aspirina, que alivia, enmascarando el dolor, pero no lo cura.

Para mantener una buena relación con nosotros mismos, que somos el único ser que nos acompañará el resto de nuestra existencia, debemos empezar por sernos sinceros. De lo contrario, comenzarán los malestares, las contiendas internas que nos conducirán por un camino empinado, complicado de transitar, donde podemos tropezar reiteradas veces, hasta que la cuesta arriba se haga insoportable.   

Sernos sinceros requiere de asumir responsabilidades, de hacernos cargo de lo que decimos, de lo que hacemos, de lo que somos. Sernos sinceros, quizá sea el paso elemental hacia la madurez. 

Tienes que hacer las cosas que crees que no eres capaz de hacer


Reflexión Nº 27

¿Cuántas veces un «no puedo» podría traducirse en un «no quiero», «no me atrevo» o «no me creo capaz»? Quizá, muchísimas más de las que suponemos. 

A menudo intentamos convencer, e intentamos convencernos de que no podemos, pero no es más que la excusa trillada de lo que no queremos, lo que nos causa temor o nos creemos incapaces de alcanzar. Ante el aprieto, un «no puedo» resulta por demás liberador. Pero sólo es una insensata libertad condicional, pues en lo hondo somos conscientes del engaño, de la mentira que nos estamos diciendo. 


Hace un tiempo, mi padre me escribió una rutina de entrenamiento con pesas, donde tenía que realizar flexiones en la barra. Pero cuando me colgué, no lograba hacer una como la gente. Mi padre insistía con que me colgara otra vez, y yo insistía con que no podía. Como si fuera poco, me decía que tenía que practicar hasta llegar, por lo menos, a las diez. Sinceramente, pensaba que no me comprendía, que no se apiadaba de mí. ¡No podía hacer una y me hablaba de hacer diez! ¿Qué locura era esa?

Una semana después, hacía dos flexiones, o cuatro, con la mano de mi padre afirmada en mi espalda. Era curioso. En un comienzo pensé que mi padre hacía algún esfuerzo, pero luego de que se lo preguntara, me lo negara repetidas veces y le buscara todas las vueltas posibles, me percaté de que con una mano en mi espalda no podía levantarme ni por pura casualidad. Era claro que la mano actuaba psicológicamente, a modo de respaldo. 

Un sábado viré la hoja donde se encontraba escrita mi rutina de entrenamiento y en la página contigua había una frase escrita del revés, con la letra de mi padre. Giré el cuaderno, donde decía: «Tienes que hacer las cosas que crees que no eres capaz de hacer. Elenore Roosevelt». Desde ese día, cada vez que iba a colgarme de la barra leía la frase, repitiéndola varias veces

Así transcurrieron las semanas, hasta que a duras penas logré hacer cinco flexiones sin ayuda alguna. Durante varias semanas era todo lo que podía y era un importante logro personal. Sin embargo, mi padre insistía en que no abandonara la barra (porque sabía bien que no me gustaba nada), que tenía que llegar a las diez flexiones. Y encima empezaba a mencionar unas hipotéticas quince… 

Sucedieron dos meses y medio desde el comienzo de mi entrenamiento y, hasta el momento, como máximo había podido realizar seis flexiones en la barra. 

Aquella tarde me colgué como cada uno de los días que me tocaba entrenar, e hice una primera flexión, una segunda, una tercera, una cuarta, una quinta… sin ninguna dificultad. Luego hice una sexta flexión y, para mi gran sorpresa, pude hacer una séptima. Como todavía tenía resto, hice una octava, una novena… Pero no podía hacer la novena sin llegar a la décima y con un esfuerzo muy grande logré flexionar los brazos hasta que mi cabeza chocó levemente con la barra, poniendo el marcador en diez.  Me descolgué de esa barra con una inmensa sonrisa en la cara. ¡No lo podía creer! Mientras sonaba la voz de mi padre diciendo: «viste que podías…».

Lo cierto es que la barra era un obstáculo en mi mente. Rechazaba la idea de hacer las flexiones que mi padre proponía, porque para mí era un ejercicio detestable, porque no quería, porque me costaba demasiado esfuerzo, porque no me creía capaz de lograrlo… No obstante, desistir no fue una opción. Intenté vez tras vez hasta adquirir la fuerza necesaria que me permitiera lograr esas diez flexiones que en un principio parecían imposibles de alcanzar. Y tras decir «no puedo», que podría traducirse en un «no quiero», hice lo que no creía que era capaz de hacer.

El ser, la verdad y la humildad


Reflexión Nº 26

Un miembro de uno de los grupos a los cuales me adherí hace un tiempo, realiza un comentario en el enlace de la última entrada que compartí hasta el momento «Creer en uno mismo» (Reflexión Nº 5), y comenzamos un intercambio de opiniones que resulta interesante reproducir:

José: A la hora de conocerse, pienso que hay que tener cuidado en no sobrestimarse...

Jorge: Si, comparto tu opinión, José. No hay que sobrestimarse, hay que saber quién es uno, ni más ni menos.

José: En esto, como en todo, "la humildad está en la verdad".

Jorge: Así como la verdad está en la humildad.

José: La verdad está en el ser, y los seres humildes tienden a encontrarla.

Jorge: La verdad está en el ser, estamos de acuerdo. Y, por consiguiente, toda verdad emanada del ser,  es una verdad. Si la humildad está en la verdad y la verdad está en el ser y toda verdad emanada del ser es a su vez una verdad, y la humildad es una de las verdades del ser, la verdad también está en la humildad.

El miedo a leer

Reflexión Nº 25


El miedo a leer suele brotar en la oscuridad de la mente al observar un escrito que exceda las cuatrocientas palabras, como si la lectura fuese una peste mortífera de la cual debiéramos prevenirnos. Ciertas personas observan los libros cual plantas carnívoras que amenazan con devorarlos entre miles de palabras, si se animan a explorar lo que se encuentra entre medio de sus tapas. Y hacia el desenlace, en la estación de la cosecha espiritual e intelectual, la ignorancia prepondera.

Lo que resulta aun más inquietante es que, de manera acompasada, la humanidad se ha convertido en asidua lectora de unas pocas palabras vanas que ojea a diario en el periódico y mensajes carentes de sustancia.

Por otra parte, los estudios realizados a través de test de lectura indican que el lector promedio lee hasta doscientas cuarenta palabras por minuto, lo que equivale al mayor porcentaje de personas en la población. Es infundado, entonces, el espanto que se forja en las personas al hallarse con artículos que apenas podrían tomarles un par de minutos de lectura para finalizarlos; al advertirlo, huyen despavoridas, cual liebres que escapan de los zorros, o de hombres armados con escopetas que intentan dispararles peligrosas palabras, cuyo calibre misterioso podría tornarse incomprensible para su enciclopedia mental, exigiéndoles acudir al diccionario que, como es de conjeturarse, atentará contra su exigua paciencia.

Una posible solución al mal que nos acecha sería abordar la lectura en momentos donde nos sintiéramos relajados y ávidos por adquirir nuevos conocimientos y cuotas de entretenimiento. Leer no sólo ejercita la mente, sino que también es alimento del espíritu. Aprovechar todo aquello que los escritores tienen para ofrecernos es valorar el tiempo que invirtieron en transmitirnos su sabiduría. La lectura es un viaje eterno, un medio trascendental para transportarnos a miles de espacios desconocidos con nuestra visión imaginaria, sin necesidad de movernos del sofá, la cama, la silla o cualquier otro sitio donde gustemos leer. Aunque el pasaporte de ese viaje inolvidable requiere del valor de disipar con audacia, voluntad y persistencia, el miedo a leer.

Las palabras


Reflexión Nº 24

Hasta el más efímero de los pensamientos produce una vibración específica; de igual modo sucede con las palabras que, al contrario de la creencia popular, no son llevadas por el viento sino que se entretejen en los confines del cosmos como si éste se tratase de una inmensa red de tela de araña que todo lo contiene. La palabra pensada, escrita o hablada produce un impacto que causa diferentes sensaciones, las cuales podemos identificar al momento de analizar nuestro estado de ánimo luego de oírlas, pensarlas o expresarlas de manera verbal o escrita.

Cuando un escritor, cantautor o poeta, entre otros, se dispone a escribir las palabras que generarán una obra, intenta trasmitir al receptor sus sentimientos más profundos al momento de plasmarlas. Si las palabras no generaran disimiles vibraciones, al igual que las notas musicales, no habría dicha transmisión y con total convicción diría que, efectivamente, las palabras son llevadas por el viento, como son arrastradas las hojas secas que caen de los árboles en el otoño, yendo a parar a cualquier lado. Aunque, por el contrario, las vibraciones de las palabras concluyen alojándose en las raíces más profundas de nuestra existencia humana y son poseedoras de un poder constructor o destructor descomunal; aun mucho más que el más poderoso de los huracanes.

Somos como pintores dibujando palabras y silencios que a través de los distintos matices generan sentimientos; sentimientos que generan sensaciones, que son lo único que vamos a llevarnos al momento de partir.

La Navidad, un negocio rentable


Reflexión Nº 23

Desde que Jesús fue crucificado, se ha convertido en un negocio sin parangón. No bastó con que enfrentara a los mercaderes del templo. Apenas los comerciantes se percataron de que la imagen de Jesucristo podía ser un negocio sumamente rentable, olvidaron antiguos rencores, hicieron caso omiso de que se había manifestado en completo desacuerdo con las prácticas avaras del capitalismo imperante, tergiversaron la historia e hicieron de su mensaje de grandeza un elemento secundario, en pos de conquistar gruesos billetes.

Jesús, pronto se transformó en el estandarte de un importante número de iglesias, que también han hecho sus grandes negocios a través de la historia, con el retrato de la bondad, manipulándonos a través de culpas inexistentes, alegando que son causa de los grandes, los grandísimos pecados que cometemos.

Por otra parte, en nombre de Jesucristo, psicópatas fanáticos con odios acérrimos y ambiciones desmedidas de poder, acometieron venganzas, exterminios masivos, genocidios, atrocidades inexplicables… siempre persiguiendo mezquinos fines económicos, entre otros. Tantos son los negocios que se han abierto con la imagen de Jesús, que aburriría mencionarlos todos; pero aun me resta aludir a uno en especial, uno de los más rentables: la Navidad.

Se dice que la Navidad es la celebración del nacimiento de Jesús, pero lo cierto es que la conmemoración de la fecha se ha convertido nada más que en una excusa para promover los intereses de la sociedad de consumo.

Hemos convertido la Navidad en una de las hipocresías más grandes que jamás se inventaron. Si deseáramos festejar estas fechas por el mero placer de celebrar, me parecería estupendo, pero lamentablemente no es así. En nombre de Jesús nos empapamos en un festejo absurdo, donde los regalos, la comida y la bebida para reventar, son los principales protagonistas; donde muchos se reúnen tras un año de haberse ignorado por completo; donde muchos acaban hospitalizados por causa del mal uso de la pirotecnia (aunque creo que el uso de la pirotecnia siempre es un mal uso en sí mismo), de la balas perdidas, de los comas alcohólicos o aun peor, los accidentes de tránsito provocados por el consumo de alcohol, por parte de los automovilistas que aun no conciben que aquel que toma bebidas alcohólicas no debe conducir al volante. Y, a veces, estas celebraciones, por no decir siempre, acaban en desgracia para más de alguno.

¿A esto le llamamos festejar? En efecto, a esto le llamamos festejar; a esto le llamamos Navidad, pero no es más que un negocio rentable…

Por no hacerle caso a la intuición

Reflexión Nº 22

Laura había arreglado para salir a bailar con sus amigas el fin de semana, por motivo del cumpleaños de Sarah, una de las integrantes del grupo.

Cuando llegó la noche del viernes, se preparó para cuando las chicas llegasen a su casa, donde harían la previa. Ya saben, tomar algo de alcohol para desinhibiese (lo que ellas llamaban «ponerse a tono»), conversar cosas de chicas, distraerse antes de partir.

Momentos antes de que arribaran las amigas a su casa, Laura pensó en llamarlas para cancelar la cita, pero optó por rechazar la idea, pues era el festejo del cumpleaños de Sarah, y no podía negarse a asistir, menos sabiendo que todas intentarían convencerla de lo contrario. Así que esperó impaciente el momento de que asomaran por la puerta, en la espera de sentirse mejor para cuando estuviesen allí.

Había transcurrido una hora desde que habían llegado sus amigas, y Laura había desistido de la idea de expresarles que sentía una opresión en el pecho, que no era del todo física. Un mal presagio.

Antes de cruzar la puerta para abordar el auto que las esperaba en la calle, la sensación de Laura se agudizó, y sus palpitaciones aumentaron a un nivel sobresaltado. Las amigas intentaron calmarla, pero Laura imploraba que no salieran; alegaba no sentirse para nada bien, mientras su corazón estaba a punto de extraviarse de su órbita.

Eugenia, la más cercana a Laura, pudo calmarla hasta convencerla de subir al auto, casi arrastrándola paulatinamente, sin que Laura lo notase, diciéndole que no pasaba nada, que se tranquilizara, que la pasarían bien esa noche. Y Laura, por no arruinar la salida, no supo decir que no.

Una vez en el auto, se tranquilizó. Ya nada podía hacer. Pero transcurridos unos minutos, reapareció la infame sensación de que algo andaba mal. Le exigió al taxista que detuviera el auto en ese mismo instante, mientras las otras chicas le indicaban al señor que no le hiciera caso, que su amiga sólo había tomado un poco demás... No obstante, Laura lloraba a gritos, rogaba que la dejasen bajar. El taxista, por su parte, pensaba seriamente en hacer caso a la proposición de la histérica que lo estaba malhumorando, cuando ocurrió lo peor…

Al otro día, el taxista se encontraba hospitalizado y las cuatro adolescentes estaban siendo veladas. Ninguna pudo sobrevivir cuando el conductor del auto azul eludió la luz roja del semáforo, llevando por delante al taxi que tomaba la avenida. Y todo por no hacerle caso a la intuición...

No estamos solos


Reflexión Nº 21

No estamos solos. Creemos que estamos solos, pero creerlo, no es suficiente motivo para estarlo. Es por ello que no te haré transitar por un millar de letras que forman un centenar de palabras para decirte que he resulto que la soledad no es más que una percepción humana; nada más que una ilusión, un alimento del ego que precisa nutrirse de la carroña de los sentimientos más viles, en pos de permanecer en continuo funcionamiento. 

Es claro que si tú no logras controlar tu ego, tu ego te controlará. Y nadie peor que tú para ser tu enemigo, pues conoces todas tus debilidades. Pero aunque tu lado enemigo conozca esas flaquezas y te manipule a través de ellas, tu verdadero ser sabe de tus fortalezas y posee la templanza para hacer que tu lado contrario se rinda.  

Se debe padecer de miopía espiritual, estar demasiado extraviado o aturdido o soslayado del centro del ser, para no divisar todo lo que nos mantiene conectados al mundo (por supuesto que no es una alusión a Internet), y a todos los seres y todo lo que integra el universo en su infinita totalidad. ¿Cómo podríamos estar desconectados de lo que nos dio vida un día o de lo que nos da vida a cada instante? Podríamos sentirnos desconectados, como nos hemos sentido muchas veces, pero nunca sería suficiente para estarlo. 

No es ninguna novedad que todos, en ocasiones, nos hemos sentido hondamente solitarios, vacíos, inconexos, incluso rodeados de pocas o muchas personas, en cualquier sitio o circunstancia, porque quizá nuestros diales no se encontraban en sintonías análogas. Pero aunque no lo distinguiéramos, algo nos unía a esas personas: ser todos, seres humanos. Y algo nos une a todo: ser parte de la existencia. Sé que en la escuela nos han dicho que existen los seres animados e inanimados, pero es la mentira más grande que nos puedan haber sentenciado. Todo está en movimiento, nada permanece estático en el universo, todo se transforma porque todo tiene su propio dilema de vida: un árbol, una planta, una persona, el agua, una piedra, una hormiga: todo está vivo. 

¿Te sientes solo? Olvídalo. Esa aparente soledad no se trata de una muestra de tu desconexión con el mundo externo, sino con tu mundo interno. Debes saber que no estás solo, que nadie está solo, que no estamos solos. Son engaños de tu mente o de alguna mente mezquina para hacerte sentir miserable e instaurarte quiméricas necesidades de consumo, integralmente ficticias e inservibles. Consumo de personas que llenen tu vacío, de entretenimientos de todo tipo, de lo que fuere, para no encontrarte contigo mismo. Si te encontraras contigo, te conocerías, descubrirías quién eres, y no podrías sentirte solo, sino hasta olvidarlo. Debes recordar que tú te acompañarás el resto de tu vida; puedes hallar un formidable amigo en ti, un compañero inseparable, si es que todavía no lo has hallado. Ya no temas pasar momentos a solas contigo mismo, conéctate con tu ser y advertirás que no te sentirás más solo, porque naturalmente, no estamos solos. 

Dar el primer paso


Reflexión Nº 20

Luego de superar el miedo a la exposición, llegó el instante crucial de dar el primer paso como escritor. Ese paso inicial que no cuesta porque sí,  sino, en parte, por la sobrecarga de emociones, de pensamientos entrecruzados que exhiben incógnitas de las que sólo se emerge indemne con una profunda fe en uno mismo y en su anhelo; con un hondo sentido que nos brinde la certeza de estar en la senda correcta. Porque cuando uno tiene un sueño, el mundo puede expresar lo que se le dé la redoblada gana, que uno seguirá su instinto y su intuición hasta las últimas consecuencias.

Previo a dar el primer paso, me atormentaba con lo mucho que restaba para alcanzar algo que, en mi reducida visión del momento, pudiera llamarse digno de ser; es decir: un cierto número de lectores, una cierta cantidad de seguidores, suscriptores, comentarios y personas pendientes de mi trabajo (narcisismo de escritor). Pero luego de mucho cavilarlo, aunque parezca inverosímil haber discurrido sobre el tema (aunque nunca improbable), anclé en la conclusión de que, alguna vez, todos los que habían llegado a tener aquello que pretendía obtener como por arte de hechicería, habían carecido de todo, al igual que carecía. «Todos, alguna vez, tuvieron que dar el primer paso», pensé.

Dar el primer paso requiere de impulso, pero un impulso promovido por un motivo; no por la antípoda. Si no existe un motivo contundente, no hallamos la fuerza de voluntad para dar el necesario primer paso que nos permita ascender al inicial escalón de una escalera infinita.

El primer paso se debe dar con firmeza; requiere de seguridad, de arrojo; se debe dar convencido de que el horizonte nos depara un porvenir positivo, que construiremos con el presente del presente.

Una vez que emprendí mi blog (mi primer paso), comenzando a publicar mis escritos, me curé del mal. Los seguidores, los comentarios o las visitas, eran importantes para mí (lo siguen siendo), pero no eran lo más importante y trascendental. Lo más significativo era disfrutar de escribir, de publicar, de compartir. Y comprendí que si trabajaba, si me esforzaba, si mantenía el estilo, la coherencia, todo lo demás vendría por añadidura.

Antes de dar el primer paso me planteé si era mejor algo de todo, o todo de nada. Y no tuve que superar grandes dificultades antes de dar con la respuesta indicada.

Superar el miedo a la exposición


Reflexión Nº 19

Cuando me inicié en el enigmático universo de las letras, almacenaba celosamente mis escritos, por el profundo temor que sentía ante la desaprobación de la mirada ajena; no pretendía ni deseaba que nadie descubriera que escribía ni mucho menos qué escribía. 

Para mí, escribir era un hondo motivo de vergüenza, quizá porque en la escuela nadie alentó esta faceta oculta en mí hasta entrada la adolescencia. Es por ello que, sin dudarlo unos instantes, desaparecía cada uno de mis escritos tras escasos minutos de haberlos plasmado, con manchones de tinta por todos lados. Es axiomático que mostrar mis escritos, era mostrar mis sentimientos; por tanto, quedar expuesto. Y quedar expuesto era similar o idéntico a quedar desnudo en público. 

Tiempo después, comencé a escribir sobre temas paranormales en un sitio de Internet. En vez de exponer mis sentimientos, exponía información, para no sentirme expuesto. Sin embargo, un nuevo enemigo hizo su estelar aparición: la crítica, tanto constructiva como fulminantemente destructiva, incluso hasta llegar al insulto, pasar por la amenaza y concluir en una absurda discusión en pos de la nada misma. Y tardé un largo tiempo hasta comprender y aceptar que no todos pensábamos igual. 


Hace dos años, adquirí el dominio de este blog, que lleva mi nombre por efecto, mientras comenzaba a publicar en otro, firmando con mi nombre. Y transité por muchas creaciones e innumerables pseudónimos antes de crear JorgeAussel.com, pues me sentía inseguro de lo que escribía y, por sobre todo, de lograr alcanzar cierta difusión o cierta masividad o popularidad (como queramos llamarle) con mi propio nombre, que no le decía nada a casi nadie.  

Pero en septiembre de dos mil once me repetí varias veces que tenía (tengo) un sueño, que quería (quiero) cumplir (ser un escritor que publica sus libros en papel); que era hora de comenzar, superar el miedo a la exposición, a la crítica, a todo lo que se opusiera a mi sueño (sobre todo el miedo al miedo), sin importar el qué dirán ni el qué dirían. Tomé valor interno, no sin antes haber meditado todo un año sobre cómo lo haría, y comencé, aun sin estar del todo seguro si tendría las ganas suficientes de escribir tan a menudo, si la constancia no me jugaría una mala pasada, e incalculables incógnitas existenciales que machacaba en mi mente, siendo quien me amedrentaba por un lado, y quien me alentaba por el otro. Y como podrán ver, ganó la parte positiva. 

¿Cómo fue? Creo que aquí es donde ocurrió lo más interesante o importante: se cumplía un año del fallecimiento de una reconocida actriz argentina. Recordé que hacía un año quería comenzar mi blog personal (este blog), pero no me animaba. Fue entonces cuando me pregunté: ¿qué tengo que perder? Y esa pregunta tan cotidiana, tan simple, selló la discrepancia entre lo que era, lo que fue más tarde, y lo que es. Cuando comprendí que el único fracaso era desistir del intento, tuve la estable convicción de emprender el camino, sin nada que perder, con todo por ganar.

Y aquí me leen, aquí me ven, superando el miedo a la exposición, que desde hace tiempo ha transmutado a placer e infinita satisfacción.

La vida pasa

Reflexión Nº 18

Casi siempre que alguien pronuncia que «la vida pasa», lo hace con la intención de brindar un consejo o sugerencia aleccionadora, en la que muchas veces vislumbramos el lúgubre recado de: «la vida es breve, morirás antes de lo que puedes imaginar, debes aprovecharla previo a que la parca arribe a tu morada, con su oscura túnica macabra, invitándote a acompañarla».

Pero, si la vida pasa, ¿cuándo pasa?,  ¿dónde pasa?, ¿por dónde pasa?, ¿por qué pasa?,  ¿para qué pasa?... Interminables incógnitas que parecen nunca cesar, preguntas sin… Aunque la frase conformada por tres palabras (la vida pasa), vista desde otra perspectiva, tal vez no quiere decir lo que a menudo pensamos que dice.

He notado que existen aunque sea dos modos de comprender la frase: podemos discernir que la vida pasa «rápido», como también, que la vida pasa «ahora». Pero lo interesante no se halla en la división de las comprensiones, sino en la conjunción de ambos discernimientos. Es decir, si pudiésemos comprender que la vida pasa «rápido», comenzaríamos a vivir «ahora», sin frenos ni excesos de velocidad.

Reflexión sobre la irreflexión

Reflexión Nº 17

En una publicación preliminar escribí una reflexión sobre la reflexión; ahora, escribiré una reflexión sobre la irreflexión, que a menudo acarrea muchas de las innumerables formas del pensamiento totalitario, las cuales, a su vez, pueden conducirnos a la desaprobación, a la discriminación, a la persecución, a la represión o a la violencia encubierta o manifiesta sin pudores ni tipo alguno de escrúpulo, hacia algunos de nuestros semejantes.

Muchas veces, si el otro no piensa como nosotros, a no ser que presente una prueba concluyente que verifique que su pensamiento es correcto, y nos conduzca obligatoriamente a una contundente transformación del parecer, juzgamos que el otro está equivocado, sin siquiera analizar que tal vez todos podríamos estar evidenciando sólo un fragmento de la verdad. Casi nunca suponemos que ambos podríamos estar en lo cierto, pues creemos que la verdad es una sola, que es absolutamente verdadera, y ante todo, sin fragmentar. Pero que tal si lo percibiésemos de un modo disímil, como si nosotros fuésemos piezas de un colosal rompecabezas, las cuáles contienen sólo una ración minúscula de todas las verdades, que hacen a la verdad absoluta; verdad que a su vez, aun cuando se fugue de las garras de la razón, rozando la irrealidad, podría ser absolutamente verdadera, como su verdad opuesta. ¿Acaso diríamos que el Polo Sur es más verdadero que el Polo Norte, o viceversa? Aunque tal vez podría ser cierto...

Es como si uno indicara que el cielo es azul, otro que es negro, otro celeste, otro violáceo, otro rosado, otro amarillo... ¿Cuál de todos estaría en lo cierto? ¿Cuántos estarían equivocados? ¿Acaso el cielo no muestra todos esos colores y muchos otros matices según la rotación, la traslación, el clima, la temperatura, la estación del año, etcétera?

Sin embargo, como humanidad, la irreflexión nos conduce constante e inexorablemente al fanatismo, el fanatismo nos conduce a la intolerancia, la intolerancia a la violencia, la violencia al caos, el caos a la desidia, la desidia a la sumisión, la sumisión a la esclavitud, y la esclavitud nos torna al principio de todo, porque el fanático es un pobre esclavo por propia elección, poseído por la pasión desenfrenada que no sabe ni pretende controlar, pues permite que lo controle totalmente, que se adueñe de su ser, como un demonio apoderándose de un cuerpo; una pasión sin sustento, alimentada por la mente obsesiva, sin ningún porqué intuitivo o racional que la cimiente; una pasión vacía, sin contenido, que tiene un impulso pero no tiene un motivo. Un motivo de amor, que detrás de todos los motivos aparentes, es el único motivo.

Después de todo, tal vez... esta reflexión sobre la irreflexión sea una reflexión irreflexiva, o sea una irreflexión reflexiva. O no...

Despertar a la conciencia

Reflexión Nº 16

He reflexionado mucho durante el transcurso de mis veintidós años (aun lo sigo haciendo), sobre el letargo en el cual nos hallamos inmersos los seres humanos. No sabemos de dónde venimos, no conocemos a dónde vamos, y muchas veces siquiera logramos suponer dónde estamos, por qué estamos, para qué estamos, donde sea que estemos.

Sabemos mucho, sobre lo mucho que no sabemos. Y, como si todo esto fuese poco, nuestro instinto de conservación nos conduce al camino erróneo: a observar en el otro una mercancía para el conveniente beneficio, antes que a un igual, a un ser humano como nosotros, como todos, como ninguno. 

Estamos dormidos. Todavía no hemos comprendido conscientemente que somos individuos, que unidos conforman un todo indivisible. Si somos islas, estamos todas comprendidas en el mismo océano; por tanto, intercomunicadas, afectadas por las mismas leyes.

Por ignaros, juzgamos, matamos, somos amos del terror, odiamos, y todo porque tememos al amor. Y tememos al amor, mucho más que al odio, porque el amor tiene el vasto poder de transformar todo a su marcha, incluso a nosotros, con todo lo que eso implica: despertar a la conciencia. No obstante, advertimos al amor cual un ostentoso negocio; lo aprovechamos para escribir buenas o baratas novelas que luego se venden por millones, para comercializar peluches en las tiendas, para que los mercantes llenen sus bolsillos en el día de San Valentín, pero olvidamos que el amor, el auténtico amor, que es mucho más que una palabra de cuatro letras, no se compra, ni se vende, ni se alquila: se siente

Despertar a la conciencia es abolir el deber a través de la obligación, para instaurar el deber del propio maestro que nos guía: ese que nos indica por dónde es propicio transitar, para aprender a ser humanos, más allá de ser humanos.

Despertar a la conciencia es avivar al amor que existe en nosotros, que es intrínseco a todos, para sabernos iguales, aunque no idénticos; para sabernos uno, aunque individuos (indivisos e individuales).

Cada ser humano, sólo por serlo, es representante directo de toda la humanidad, en su magnánima extensión. Y si el despertar de la conciencia, de ese amor verídico, vasto e inconmensurable, se produce aunque sea en uno de nosotros, la humanidad habrá despertado a la conciencia y, por tanto, al amor.

Un sueño que no te deje dormir

Reflexión Nº 15

Yo tengo un sueño que no me deja dormir. ¿Tú tienes un sueño que no te deje dormir? Si, en el más sublime de los casos, la respuesta llegase a ser positiva, sabrás que de todos los posibles insomnios, el más gratificante de los desvelos humanos podría atribuírsele a los sueños que se sueñan mientras permanecemos despiertos, con los ojos abiertos; los mismos que a menudo nos acosan en horas de descanso, en la más encantadora de las persecuciones. Si, en cambio, la respuesta fuese negativa, creerás que la vida no tiene sentido, sabrás que sin uno de esos peculiares motivos que le dan un sentido a la existencia, la vida es una nada permanente. Porque los sueños no son ni más ni menos que la traducción pintoresca de saber para qué vives, para entender porqué vives, para ser conocedor de aquello por lo cual morirías con dignidad.

Yo tengo un sueño que no me deja dormir: publicar un libro, ser leído por muchísimas personas, colaborar con la humanidad, aportarle algo valioso a través de mi trabajo; mostrarme que se puede para mostrar que es posible, que no debemos rendirnos antes de haberlo intentado, porque fracasar en la vida no simboliza no haberlo logrado, sino no haberlo intentado.

Ten un sueño que no te deje dormir, aférrate a él como el náufrago a su balsa en el medio del mar, aunque quieras llegar a las estrellas y parezcan tan lejanas, tan imposibles de alcanzar. Sueña tus sueños, porque el único hombre despierto es aquel que todavía sueña. Vive tus sueños, porque un sueño no vivido es una onza de oro cubierta por el lodo: escarba hasta lo imposible para quitarlo de allí; hazlo relucir. Y por último, aunque no importe si tus sueños se realizan, si tus sueños te realizan, intenta todo (lícitamente) por concretarlos.

La muerte no es la muerte

Reflexión Nº 14

Nacemos con una certeza, una única certeza: un día cualquiera, a cualquier hora, en cualquier sitio, ineluctablemente, moriremos. Pero, ¿moriremos?

¡Qué ironía!: «morirás» -indica la vida- como su única certeza. «Morirás, tarde o temprano morirás, como todos; como ninguno». Pero ¿morir será realmente morir? ¿No será eso que denominamos «muerte» el comienzo de una nueva vida?

La muerte es nuestro espejo: cada vez que nos miramos en ella, nos entrega un retrato irreparable e imborrable, sin posibilidad de retoques, de nuestro destino; nos muestra lo que no somos capaces de cambiar, por mucho que nos esmeremos, por mucho que la ciencia avance; porque aunque no queramos, aunque le temamos, aunque reneguemos y busquemos una u otra forma de trampearla, la muerte no acepta treguas: encuentra a quien sea donde quiera que se encuentre.

Aquí viene el fragmento interesante: sabemos que vamos a morir, pero no es esa sabiduría inmemorial, sino  nuestra visión sobre la misma la que puede modificar esencialmente nuestras vidas. Parece mordaz, que incluso en vida, la muerte tenga el poder de transformar nuestra existencia, pero si intuimos que la muerte no es la muerte, sino el comienzo de una nueva vida, comprenderemos.

Ser conscientes de la muerte es saber que, aunque logremos la inmortalidad, nuestro paso por la Tierra es efímero; es saber que en mucho o poco tiempo todo acabará como lo conocemos, y el sistema solar se trasladará hacia el choque con la galaxia de Andrómeda sin nuestra presencia.

Pero es precisamente la muerte la que le da valor a nuestra vida, como los polos de una misma cosa se otorgan mutuo sentido. Cuando recuerdas que morirás, que tarde o temprano te irás a otra parte o, según otras variables, a ningún espacio, a ninguna parte, la vida toma un enigmático sentido. De pronto sientes que el próximo puede ser el último instante de tu vida; que puede ser esa bocanada de aire lo que juzguen tu último respiro. Entonces empiezas a valorar la vida. Y vislumbras que la muerte no es la muerte, sino un recordatorio de la vida que señala: «un día cualquiera, a cualquier hora, en cualquier sitio, invariablemente, morirás». Y en un instante revelador comprendes que debes vivir la vida, porque nunca sabes cuándo caerá el telón del escenario, de tu última función.

Aprender a escuchar

Reflexión Nº 13

En una publicación previa escribía sobre la importancia de «creer en uno mismo». En esta oportunidad he resuelto hacerlo sobre la importancia de aprender a escuchar, más allá de oír.

Escuchar, según definición del diccionario de la Real Academia Española, que casi por necesidad adecuo a mis propias necesidades de expresión, refiere a «prestar atención a lo que se oye». Sucede que en la diversidad de los heterogéneos escenarios verbales, nuestros labios sufren la incontinencia de constar sellados e imposibilitados de habla. A causa de esta deficiencia, la tendencia radica en apartarlos uno del otro, para cubrir las palabras ajenas con las propias, provocando espeluznante incomunicación, aun cuando el otro no haya concluido su exposición oral. Como resultado, los oídos de terceras personas involucradas en la conversación,  como los nuestros, oyen olas de un mar de vocablos colisionando entre sí, que la distancia, por mínima que sea, transmuta en sonidos que desembocan como algarabías: «griterío de varias personas que hablan a un tiempo». Es en ese preciso instante cuando se escinde la comunicación; orientamos el foco en nosotros mismos, y no obtenemos escuchar a nadie más (porque no queremos escuchar a nadie más).

Convivimos tantas horas con nuestra propia persona, que cuando aparecen otras, nos cuesta situarle atención a alguien más. Y en la generalidad de las sucesiones, si lo hacemos, es por un interés estrictamente personal. Por lo mismo, creo, también debiera importarnos qué tienen para enunciarnos los demás seres humanos. Eso no amerita apartarnos de nuestro punto de vista, pero nos brinda una perspectiva cuantiosamente más amplia de cualquier asunto de la vida. Escuchar al otro en una conversación nos enriquece espiritualmente, así como también al ajeno que, de repente, puede transformarse en parte de nosotros mismos (lo que verdaderamente es, un espejo).

Saber escuchar mejora el diálogo, así como saber callar cuando es necesario posibilita que el otro se exprese, y suele evitar incoherencias eludibles. El problema principal del deterioro de la comunicación es que proliferan emisores y escasean receptores. Por eso, creer en uno mismo es importante, mas escuchar el punto de vista ajeno, también lo es.

La nueva revolución

Reflexión Nº 12

El desorden surgió para ser ordenado, pero el orden también emergió para ser desordenado. Aunque nadie sabe realmente lo que es el orden o el desorden, pues lo que para mí puede estar ordenado, para otro puede ser un caos inadmisible.  

Cuando un orden establecido es desordenado desde todas sus perspectivas, el hombre lo denomina revolución. Todavía recuerdo las palabras de mi profesor de Ciencias Sociales cuando expresó que una revolución era un cambio profundo a todo nivel: social, religioso, político, económico, etc. pues sino no era una revolución. 

Al pensar en revolución, solemos asociarla con un cambio violento, repentino, como si se tratase de una guerra sangrienta. Ya el mundo ha sufrido muchas revoluciones por el estilo, no es novedad. Pero la nueva revolución nada tiene que ver con las anteriores, muchas de las cuales han sido un falaz engaño de la mente, para hacernos creer que si matamos al otro, si nos quedamos con sus pertenencias, seremos más grandes, más poderosos, más ricos. Pues no, seremos la pequeñez reencarnada, seremos pobres, rastreros. 

La nueva revolución es integralmente disímil a la violencia, pues de lo contrario, no sería revolución; sería más de lo mismo, más de la inercia, de la tendencia humana por abandonarse a sus instintos degradantes, en vez de conectar con su grandeza. Y no hablo de moral, hablo de conciencia, de lo que el hombre siente que es correcto porque lo dicta la voz del universo.

¿Cómo podemos denominar revolución a un exterminio, a la matanza de nuestros semejantes? ¿En verdad creemos que ese comportamiento es realmente revolucionario? ¿No será que la verdadera revolución es dominar nuestra agresión interna, inherente a ser humanos, controlar nuestra violencia, erradicar la discriminación, la xenofobia, el odio, los prejuicios, las culpas, el instinto asesino, el afán de poseer personas, los desechos que arrastramos por generaciones?

Los preludios de la nueva revolución nos presentan la oportunidad de una honda transformación de la conciencia, una visión amplificada, una unidad planetaria donde tenemos el poder de ver al otro como a nosotros mismos, como una extensión de nuestro ser en otro cuerpo. Pero esto no es posible sin un aparente desorden previo, sin un caos inexplicable, donde todo está en movimiento, donde el mundo conocido se transforma vertiginosamente. 

La nueva revolución nos propone un nuevo paradigma tan conocido como ignorado: ser humanos más allá de ser seres humanos. 

Si bajas los brazos

Reflexión Nº 11

Si bajas los brazos, debes saber que nunca es tarde para levantarlos. Si te encuentras rendido, debes saber que aun conservas la vida, que has tomado un breve descanso y mientras haya vida, habrá lucha.  

Nunca mal denomines rendirte a la magia divina que existe en la contemplación del camino. Sabrás cuando sea el instante indicado para tornar, pero antes tendrás que intuir hacia dónde quieres ir. 

Una vez que comiences a transitar la carretera que conduzca a la concreción de tu misión, sabrás percibir lo verdadero; sabrás que lo importante no es conocer conscientemente de dónde vienes o hacia dónde vas, sino saber dónde estás, y conferir al universo su infinito poder guía. A veces es preciso dejarse llevar por el camino. 

Y si bajas los brazos, que sea para dar un abrazo, que sea para dar una mano, que sea para levantar a un caído, pero nunca los bajes en señal de rendición. 

Te dirán que no puedes

Reflexión Nº 10

Antes de que la creación te deje siquiera empezar a realizar lo que elegiste hacer en el planeta, tendrás que pasar algunas pruebas trascendentales, para superarlas con honores. En una instancia preliminar, te dirán que no puedes, en varios idiomas, en variadas palabras, en sobradas actitudes. Puedes desistir, porque muchos han renunciado antes. Puedes otorgar al qué dirán el poder de que te aplaste como una zapatilla a un gusano, o puedes utilizarlo de alimento, como un motivo más para lograrlo. 

Pero tú no tienes que demostrarle nada a nadie, no mal interpretes estas palabras que nada tienen que ver con competencias o demostraciones absurdas. Tú sólo tienes que mostrarte a ti mismo que puedes, que tienes valor, que eres íntegro y eres capaz y absolutamente competente, para demostrártelo. 

Puede que tengas talento natural o que todo te cueste un esfuerzo prodigioso, pero es lo que viniste a hacer, así que hazlo, simplemente hazlo a pesar de lo que digan. 

Si te encuentras con obstáculos en el camino, es una buena señal: caminas por el camino adecuado, ten por seguro que has acertado. Algo más tarde que pronto y más temprano que nunca se abrirán todas las puertas. Paciencia. El universo ha puesto esas pruebas en tu sendero para que las superes, no para que ceses en tu lucha; para que tripliques tus fuerzas y aprendas de tus errores y creas en ti mismo y te sepas invencible y logres tus sueños, tu misión. El universo sabe lo que hace, confía en quién eres, en la magia divina, en que tú eres genial; confía en que tú eres libre, en que tú puedes, y podrás. 

Te dirán que no puedes hacerlo porque tal vez ellos no pudieron, porque quizá otros no pudieron, porque ninguno tuvo el valor de soportar hasta las últimas consecuencias. Te dirán que no puedes, pero no es más que un dicho, unas palabras, una actitud; no es más que la psicología inversa de la creación, manifestada en su máximo exponente, que aspira a expresarte: «Tal vez puedas, demuéstramelo». Pero como he dicho, tú no tienes que demostrarle nada a nadie más que a ti mismo; es por ello que debes comprender que tú eres el universo; quien dice “demuéstramelo”, eres tú mismo, después de mostrártelo. 

¿Renunciarás antes de haber empezado? Ya sabes que te dirán que no puedes, pero hazlo, sólo hazlo.



Tú eres libre

Reflexión Nº 9

Ya te he dicho que tú eres genial, ahora también debes saber (o recordar) que tú eres libre, por muchas cláusulas que te priven ilusoriamente de la libertad, por muchos barrotes de acero que persigan la censura de tus ideas o la condena perpetua de tu ser, lo que tú eres nunca podrá ser encarcelado. Estás condenado a ser libre, es una sin cadena perpetua de la que gozarás por los siglos de los siglos. 

Tú eres libre, porque antes que nada, tú eres. Si te dejases esclavizar, también serías libre de tomar esa decisión. Tienes que saber que ser libre requiere de valor.  Si te dejases pisotear, serías libre de permitirlo. No tienes que olvidar que ser libre requiere de mucho valor... Si no pudieses detener a los verdugos de tu libertad, ellos podrían encerrar tu cuerpo o hasta podrían matarlo, pero nunca olvides que existe algo dentro de ti que no puede ser encarcelado, que no puede ser muerto: tú, tu verdadero ser, lo único que tú eres realmente, más allá de ser genial o ser libre o ser tu propio maestro. 

Escápate de las jaulas, abole los dogmas, muéstrales que contigo no podrán, muéstratelo, demuéstratelo, usa tu imaginación, vuela. Ya sabes que tu cuerpo puede ser enclaustrado, sabes que puede ser atado de pies, de manos, pero nunca podrán contigo; sabes que nunca podrán. Jamás permitas que asesinen tu imaginación, que te hagan imaginar o pensar lo que quieran que pienses o imagines, si no es lo que tú verdaderamente quieres pensar o imaginar. 

Rompe las reglas que no tienen sentido. Rebélate si es necesario. No permitas que subyuguen tu modo de percibir la vida o que maten tu esencia divina. No te robotices, pues serás manejado a control remoto. Sé consciente de tu libertad, porque tú eres libre. Y si llegases a ser una oveja más del rebaño, será tu decisión, nada más que tu decisión. Y no olvides que las únicas ovejas descarriadas son aquellas que siguen a la masa, enceguecidas. Sé el pastor de tu vida. 

Todas las decisiones, todas las elecciones, tú las has escogido para vivirlas en esta vida, para evolucionar. Tú eres libre, aunque a veces lo olvides. Cuando la libertad pese en tus hombros, por saberte responsable de todo lo que sucede en tu vida, está dispuesto a reconocerlo, está preparado para aceptarlo, está comprometido a hacerte cargo de tu causa. Desiste de andar echando culpas a todo o a todos, cuando las culpas no existen, sino las responsabilidades. Y antes que nada, durante, después de todo, siempre, tú eres responsable de todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá en el transcurso de tu vida, porque tú eres libre, tú creas tu realidad, así como creas tus sueños. 

Por eso, sueña. Sueña, porque tus sueños son la manifestación pura de tu libertad. Tú eres libre de soñar lo que tú más quieras, y tú eres libre de alcanzarlo tanto como de soñarlo. Puedes soñar lo que desees, sin límites de espacio ni términos de tiempo, porque tú eres libre como todas las criaturas del universo. Por eso, deja libre a los demás. 

Sé tú mismo, piénsate libre, siéntete libre y serás libre. 

La magia divina

Reflexión Nº 8

Nahúm e Indira eran amigos desde muy pequeños. Aunque el nacimiento de Nahúm se había producido cuatro años más tarde que el de Indira, la disimilitud de las edades cronológicas no modificaba el gran cariño que sentían el uno por el otro, en absoluto.  

Ya eran adolescentes aquella tarde que, sentados en un tronco caído hacía años, a escasos metros de las orillas del río que cruzaba la ciudad, ocurrió algo que cambiaría para siempre la vida de Nahúm.
Nahúm, de tanto en tanto, lanzaba alguna de las diminutas piedras dispersas por el suelo del perímetro, a las aguas cristalinas del río, como formando un arcoíris, para que la piedra cayera lo más recta posible, pues gustaba de observar, con especial detenimiento, las ondas expansivas que el impacto inducía, mientras notaba como la piedra se sumergía hasta los límites donde su mirada no conseguía advertirla. 
-¿Has sentido la magia divina? –preguntó Indira, rompiendo el silencio, no tan silencioso de la tarde, mientras los pájaros cantaban y el viento que soplaba con fuerza meneaba las aguas del río.
-¿La magia divina? –replicó Nahúm.  
-¿No has oído nunca sobre la magia divina?  
-Pues, no –respondió Nahúm, algo afligido-, ¿se trata de un truco de magia o algo así? 
-Claro que no, tonto –respondió Indira, muerta de la risa, con todo el cariño que sentía por su amigo. 
-Entonces no sé. Me tendrás que decir qué es eso de la ma... 
-La magia divina
-Eso, la magia divina.
-Mira, no sé cómo le llame la gente en este mundo ni se bien cómo explicártelo, pero yo le llamo la magia divina. Es co… com…o... ¡como la chispa que enciende el fuego de la vida!, ¿comprendes?
-¿Te refieres al entusiasmo?
-Algo así… pero no exactamente. La magia divina nos provoca entusiasmo, claro, pero no es exactamente el entusiasmo. Es como ese condimento que no podría faltar en tu comida, ¿entiendes lo que trato de decir?
-Quizá...  
-No te preocupes, si no lo entiendes ahora, algún día lo entenderás. Solo quería que supieras que contigo se acentúa esa magia divina en mi vida.

El sol sucumbía en el horizonte, la temperatura comenzaba a descender, y ambos debían regresar a sus casas, donde sus padres aguardaban por ellos. Como la casa de Indira quedaba más cerca del río que la de Nahúm, éste concluía solo el camino hacia su hogar, que no quedaba a más de dos o tres cuadras de la casa de Indira. Para cuando Nahúm hubo llegado, las palabras de Indira ya habían quedado en el olvido y sólo pensaba en la cena que su madre le tenía preparada. 


Transcurrieron más de veinte años desde esa tarde. Las lágrimas brotaban de los ojos de Nahúm, sentado en el mismo tronco de madera maciza, que aún conservaba su estado, a orillas del mismo río. Indira acaba de fallecer a causa de una grave enfermedad que la había asediado por meses. Quien había sido su mejor amiga, quien aun era su mejor amiga, ya no estaba entre los vivos, y eso le causaba un gran dolor e indignación.
Aunque en los últimos años no había podido verla, por causa de su atareado empleo, que no le daba tiempo de nada, Nahúm conservaba intacto el cariño que siempre había sentido por Indira, igual que el primer día, diáfano como un diamante a través de los años.
Pero Nahúm se sentía insatisfecho con su vida, la consideraba mediocre, vacía. Siempre pensaba que era una vida sin vida, llena de compromisos, de obligaciones, de mandamientos que cumplir. Indira se había quedado en el pueblito, en la naturaleza; en cambio él había optado por ir a vivir a la ciudad, al ruido, a la aglomeración de gentes. Siempre había tenido ganas de volver, pero nunca había tenido el valor. Quiso ir a la ciudad para ser alguien, pero ahora se sentía nadie, nada en medio de todo. 
Tratando de recordar la dulce voz de su amiga, fue que vino a su mente aquella tarde en que lanzaba piedras al río, cuando Indira mencionó lo de la magia divina. Continuaba llorando, y de tanto en tanto secaba sus lágrimas en la manga del atuendo que traía puesto.
Agarró una piedra del suelo, la primera que encontró; una hermosa piedra color ámbar que arrojó con toda su bronca contenida, a las aguas del río que lo vio crecer junto a su amiga, mientras meditaba sobre ese absurdo de la magia divina. Ahora que su vida era vacía qué sentido podía tener eso de la magia divina. «Qué magia divina puede haber si me siento tan… tan así, tan sin nada, tan vacío», pensó. La piedra que había lanzado al río con todas las fuerzas que le quedaban (es decir, ningunas), ahora estaba a punto de colisionar con el agua, por formar uno de esos círculos concéntricos que amplían su radio de acción cada vez más, hasta desvanecerse en la nada, mientras seguía la trayectoria con la mirada fija en el objeto, que cada vez se acercaba más al objetivo. Cuando la piedra hubo tocado la superficie, salpicó un chorro de agua al aire, e hizo una onda expansiva gigantesca, pero no tanto en el agua como en la esencia de Nahúm. 
Al ver la piedra volar, la piedra caer, la piedra impactar, la piedra… la onda, los círculos, el desvanecimiento, Nahúm comprendió lo que Indira había tratado de explicarle veintiún años atrás. «Eso es -pensó-, la piedra es como la magia divina, cuando choca con el agua genera una onda expansiva que hace que toda el agua a su alrededor genere esos círculos que una vez pasado el efecto desaparecen como si nunca hubiesen existido, y es por eso que nos parece que nunca existieron». Nahúm acababa de descubrir una verdad, que la sentía absoluta, porque era suya y era reveladora.
A partir de ese día su vida se transformó inesperadamente. Ese instante, ese simple acto de arrojar la piedra, hizo que Nahúm volviese a sentir la magia divina, la chispa de la vida, ese condimento sin el cual la comida no sería la misma. Aceptó la muerte de la amiga como un proceso natural de la vida, y nunca fue a visitarla a la tumba, porque sentía que su amiga estaba siempre con él, dentro de su corazón.
Se liberó de ese trabajo que lo atormentaba, que lo hacía infeliz, y regreso a su pueblo natal, donde dedicó el resto de su vida al cultivo, pues sentía que cada vez que una de esas semillas que soterraba en la oscuridad de la tierra veía la luz, la magia divina se manifestaba, enseñándole, recordándole que él tenía que ser como una de esas semillas en busca de la  luz, de su propia luz, para crecer.


Seamos como el agua, expandidos por la piedra de la magia divina. Esa piedra, esa magia, que aun sin sentirla, existe todo el tiempo. Que un día, cuando estemos dormidos, esa piedra, esa magia, impactará en nosotros, no para golpearnos, sino para despertarnos, para generar esa onda expansiva que nos motive a movernos. Y esa piedra será lanzada por la única mano (que no es mano) que puede ser lanzada: el Universo.

Reflexión sobre la reflexión

Reflexión Nº 7

A menudo, las más excelsas reflexiones emanan de las conversaciones que comienzan como un intercambio de opiniones corriente, donde cada uno de los parlantes expresa una visión o un veredicto según su propia verdad. Ergo, sobre la sentencia de uno de los integrantes, se exponen nuevos puntos de vista. De inmediato, respecto a esos puntos de vista, otro u otros son exhibidos, y la reciprocidad continua su recorrido hasta arribado el instante de la culminación: donde la conversación toma su curso natural y desemboca como un río caudaloso en un mar profundo, para fundirse en la globalidad de las aguas de la charla.

Para evitar el naufragio de un período hondo de reflexión, uno debe templar sus pasiones, controlar sus exacerbaciones; si es posible, librarse de toda aparente verdad, juzgar por un soplo de tiempo que todas las creencias que uno creía inamovibles e intocables podrían ser un manojo de llaves de mentiras que no abren ninguna puerta (sé que no es sencillo), para hallar una nueva verdad, mucho más integral, mucho más tolerante.

Cuando uno reflexiona en solitario, es como si fuera dos o tres o más en uno (no, no es por causa de la esquizofrenia, amigo invisible): cuando el primero pregunta, el segundo responde, y el primero indaga sobre la respuesta del segundo, y el segundo comienza a dudar de su propia respuesta, y aparece un tercero en la escena, que objeta la pregunta del primero, la respuesta del segundo, la indagación del primero y la duda del segundo, para plantear una nueva posibilidad impensada tan solo unos pocos minutos atrás, en el anhelo de llegar a un consenso mutuo entre todas las partes, para que el intercambio conduzca a la revelación: ese relámpago sublime en que lo que desde siempre habíamos observado de un único modo, de un solo color, se vislumbra de todos los modos y en un centenar de disímiles tonalidades.

Ser grande, mucho más que ser adulto

Reflexión Nº 6

«¿Qué quieres ser cuando seas grande?», preguntan los adultos a los niños. ¿En serio creen que alguien puede querer ser algo cuando sea grande? Qué error. Qué terror. Qué horror...

 «Cuando niños nos preguntan qué queremos ser cuando seamos grandes, nos preguntan qué queremos ser cuando...», pienso repetidamente, hasta que me digo en voz alta, como una revelación: «¡Ah, qué estúpida pregunta!». Pero no crean que transcurrieron pocos años hasta percatarme de la inmensa estupidez comprendida en la interrogación más común, más estúpidamente estúpida, que los adultos formulan a los niños a través del porvenir. Aunque «formulan» es un modo de decir, pues han redundado en la idéntica pregunta generación tras generación, sin la menor intención de pretender comprender lo que preguntaban o preguntan cuando preguntaban o preguntan lo que preguntaban o aun preguntan, cuando repetían o repiten lo que repetían o aun repiten (esa estúpida pregunta). Y no crean que no los entiendo, pues ahora que he crecido, ahora que soy uno de ellos (pero no les pertenezco), estuve a un ápice de continuar la tradición de la susodicha pregunta indeseada (a un ápice, porque no les pertenezco, todavía), haciéndosela a algún que otro niño, hasta que comprendí...

Pequeña la gente que cree que se es grande por tamaño corporal o por edad o lo que fuere. No se han puesto a meditar que no se puede querer ser algo cuando se es grande, pues cuando se es grande no se quiere ser, se es. No se han puesto a pensar que ser grande es mucho más que ser adulto, es ser.

Creer en uno mismo

Reflexión Nº 5

Para creer en uno mismo, uno debe saber quién es. No obstante, existe una importante diferencia entre creer en uno mismo y ser creído, pues nada tiene que ver una cosa con la otra. Mientras que el ser creído sobrestima sus dotes, tiene escasa autoestima, cree que vale más por lo que dice que por lo que realmente es, y suele menospreciar a los demás, quien cree en si mismo sabe quién es, sabe que vale, conoce sus limitaciones, pues ha descubierto el infinito poder que el universo le ha conferido para trascenderlas, y ha aprendido a escuchar la opinión ajena sin que ésta modifique la visión que tiene de sí mismo, ni mucho menos la cambie.

Sin embargo, no es preciso intentar explicar quiénes somos, ni reducirlo a unas cuantas palabras que jamás estarán a la altura de lo que verdaderamente somos en esencia. Cuando creemos en nosotros mismos, aunque sea inconscientemente, sabemos quiénes somos, sabemos que el poder creador está dentro nuestro y somos conscientes de nuestras capacidades, pues no sólo nos creemos capaces, sino que nos sabemos capaces.

Pero en ciertos momentos, por circunstancias innumerables, nos importa en demasía aquello que cavilen las personas de nosotros. Incluso, lo que expresen del individuo que somos, puede modificar de forma radical nuestra estabilidad emocional, pues estribamos de una opinión ajena para accionar en cuestiones meramente personales. Conferimos a terceros privilegios inauditos, por el hecho de amainar en nuestra autoestima: aquello que actúa cual el sostén que el jardinero entierra junto al tallo de la planta, para que ésta prospere en el camino adecuado, y las enérgicas corrientes no la doblen ni la quiebren.

He aquí la importancia de creer en uno mismo, más allá de lo que crean los demás seres humanos de nosotros. Es del único modo que conseguiremos vivir a la altura de nuestro espíritu, sin daños o perjuicios externos, que después de todo no son más que meros inventos de la mente (aunque nuestra mente no quiera admitirlo).

Creer en uno mismo es la primera clave del bienestar; de lo contrario, de forma invariable, nuestra felicidad siempre obedecerá a cuestiones externas de lo que exprese nuestro ser más profundo. Por la perennidad estaremos otorgando a seres críticos el derecho a decidir por nuestra felicidad, por no creer en nuestras fuerzas internas.

Y ante todo debemos saber que todo aquello que soñamos es posible de alcanzar, siempre que creamos en nosotros mismos.

Escribir es un trabajo

Reflexión Nº 4

¿A qué te dedicas?
Me dedico a escribir.
Mira qué bueno… ¿Y de qué trabajas? traducción: ¿en serio, gordo, escribir es un trabajo?
De escritor.
Sí, pero… ¿de qué trabajas? traducción: nada, tipo como que no habrá entendido bien la pregunta anterior...  Por las dudas le repito de nuevo, nada, viste.
Trabajo de escritor, ¿acaso escribir no es un trabajo? –traducción: ¿vos sos inútil, te sale natural, fuiste a aprender o con esto pretendes postularte al Premio a la Tarada del Año?
¿Escribís nada más? traducción: ¿no haces nada de tu vida? ¡Qué horror, gordi! Tipo como que no da, viste.
Sí, escribo nada más para no mandarla a la p… punta de la montaña a ver si el frio le refresca un poco las neuronas.  
¿Y de qué vivís? traducción: ¡Oh my god!
Del aire que respiro —cuando en realidad querías decirle que se fuera bien a la re purísima madre que la re parió. 
Ah traducción: no sé que más decir gordi, esto me supera, sorry.
Silencio.

Ésta bien podría ser la conversación de cualquier escritor principiante con una persona conocida que no veía hacía mucho tiempo, con una persona recién conocida, o con la amiga de la amiga de un amigo, que es amiga de un primo, que también es amigo de la amiga de la amiga de ese amigo. Da igual, cualquiera, el que sea.

Te quedas indignado. Fingiste que las palabras resbalaban en tu mente como se desliza un niño por un tobogán, e iban a parar al olvido, allá muy lejos donde nada las iba a ir a buscar. No es cierto. Te has quedado pensando en ese espejo de tu vida. Ese espejo que insinuaba que eras un pobre escritor, un inútil inservible para nada y para la sociedad. Ese espejo que habrá leído un libro por última vez en la secundaria, o los grandes libros que dan en las universidades, escritos por verdaderos profesionales, por gente idónea, que no se dedica al arte sino a algo… serio.

A veces pasas horas frente al ordenador tratando de terminar una historia, una poesía truncada, una reflexión, un cuento o cualquier otra cosa de esas porquerías que escribes. A veces pasas días, semanas, meses enteros. Sales poco, porque cuando no escribes lees, y cuando no lees haces un poco de ejercicio para mantenerte en forma, porque lo que más ejercitas cuando escribes son los dedos y la mente, pero no es suficiente. Sabes hacer mucho más que escribir, pero escribir es lo que llena tu alma. Sin embargo alguien acaba de decir subliminalmente, hace apenas unas horas (después de unas horas todavía piensas en ello, después de unos días…) que no haces nada de tu vida. ¡Qué indignación! Irías a buscarla para contarle todo el tiempo que te lleva escribir, para contarle todo lo que sabes hacer, pero… no lo harías (porque apenas recuerdas su nombre, claro). Eres sincero contigo mismo, sabes que no lo harías por la sencilla razón de que esa persona no te importa… tanto. Pero un poco te importa, aunque simularás el resto de tu vida que esa conversación ha resbalado al baúl de los recuerdos indeseados. Y lo peor de todo es que lo aparentarás ante ti, para creerlo tú mismo.

Terminas diciéndote que esa persona no sabe nada de tu vida, no sabe nada sobre pasar cientos o miles de horas escribiendo como un loco inconformista, en busca de la perfección, que aun no obtiene el texto deseado. Ese texto que siempre desearás escribir y siempre tomará el rumbo que se le dé la redoblada gana.

Te acuerdas que no le has preguntado de qué trabajaba ella. Te lamentas un instante, hasta que ves el poder que existe en ello, lo magnífico de no haberle preguntado. No sabes de qué trabajaba, entonces puedes suponerlo (qué mejor que no saberlo y conjeturar lo que se te venga a la mente sin el límite del conocimiento adquirido).

Tu conclusión: otro manso ente de la masa sumisa que hace todo lo que dicen que hagamos, lo que está bien, lo correcto (escribir no es correcto, los escritores son todos alcohólicos, ¡pero si yo soy escritor y yo no tomo!). Otra oveja guiada dócilmente por el gran pastor de la sociedad (robots, todos robots). Otro u otra más, uno o una más que no entiende nada…