Exorcizar al monstruo


Sentarse frente al ordenador, teclear en la proeza de hilvanar un ramillete de palabras que esbocen el mensaje que dicta la inspiración; leerlas; disgustarse porque distan del ideal idealizado; borrarlas. Volver a empezar. Percatarse una vez más, con cierta desesperación, con un entusiasmo casi demencial, que existen millones de billones de trillones de disímiles formas de expresar por escrito una idéntica idea. Y, sin embargo, mostrarse dispuesto a caminar a tientas por la estrecha cornisa de barro, a rozar la apacible locura de ensamblar todas esas palabras, cual si se tratasen de un macabro rompecabezas donde la misma pieza enlaza en sinnúmeros sitios a la vez, para exorcizar al  monstruo despiadado que habita en las cuencas del ser colmado de toda clase de sentimientos, que de no devorar la página en blanco, nos devoraría...