Lo más importante de un texto es aquello que no está escrito

La mitad de lo que digo no tiene sentido, pero lo digo para que se entienda el sentido de la otra mitad. (Khalil Gibran)

Cuando escribo un aforismo, por ejemplo, para que sea aceptable, para que realmente sea efectivo, debo emplear todas las herramientas que tengo a mi disposición, como la imaginación, el ingenio, la creatividad; debo jugar con la contradicción, con la metáfora, con lo invisible, con aquello que dicen las palabras sin decirlo, para no caer en la trivialidad.

Muchas veces parece que el escritor afirma o responde a través de sus palabras, pero en realidad formula una pregunta retórica, para que el lector busque su propio significado.

Podríamos decir, entonces, que un escritor es como un maquinista conduciendo un tren denominado libro, donde el lector es el pasajero. De éste modo, el escritor, a través del libro, que no es otra cosa que su vehículo, trasladará al lector por una carretera previamente delimitada, con un índice de estaciones marcadas, donde le mostrará un paisaje que avanza hacia un desenlace, casi siempre incierto. Sin embargo, será el lector el que escogerá qué fracción del panorama observará, si dormirá, si alzará su vista, si la arrastrará, si en alguna estación descenderá porque el viaje no lo satisface más o cree que ha arribado al destino deseado, o incluso si se lanzará por la ventanilla antes de llegar a la próxima estación, lo que equivaldría a abandonar el libro con un capítulo a medio terminar, paradójicamente, suicidando al escritor.

Es por ello que un escritor no debe ser un tirano, sino un creador que reconoce el libre albedrío del lector.  Un escritor no debe decirle al lector lo que debe pensar, sino simplemente hacerlo pensar. En conclusión, un escritor debe saber que lo más importante de un texto es aquello que no está escrito, pero siempre dicho.