Más que cuánto lees importa cómo lees


Un verdadero escritor no se hace en una universidad, en un taller literario o después de leer tres millones de libros; un verdadero escritor se hace a sí mismo.

Desde que mencioné que quería ser escritor, los letrados no cesaron en indicarme que debía leer mucho si deseaba escribir bien o quería llegar a algo en el mundo de las letras. Yo lo hice (aunque nunca lo suficiente, dado que existen más libros que personas vivas y muertas en el mundo), pero detrás de esas inocentes insinuaciones siempre se encubrieron recados implícitos de obligaciones, deberes, preceptos o mandatos sociales. 

Hace tiempo comprobé que más que cuánto lees importa cómo lees. No es preciso que te conviertas en un consumidor compulsivo de textos, cual un depredador, sino que degustes cada letra, cada palabra, cada oración, cada página o capítulo o fragmento como si se tratase de la más deliciosa de las exquisiteces. 

Cualquier libro, leído por un escritor, debe simbolizar diez o cien o mil de los que leería el lector que no pretenda escribir, puesto que éste último, por lo general, es un consumidor de contenidos, de lo que el escritor dice en la narración, y no presta la suficiente atención a la construcción del texto (a menos que el escrito sea excelsamente mediocre), a las palabras desconocidas que podrían acrecentar su glosario (a menos que sea una persona curiosa que no tenga esa inexplicable fobia al diccionario), para absorber un conocimiento más amplio que se aprende conspicuamente en la práctica de la atenta lectura más que en la teoría de las reglas académicas. 

Es entonces cuando la calidad de la lectura se impone ante la cantidad. Y con esto no me refiero a la calidad literaria del texto o de su autor (aunque siempre conviene leer a buenos escritores para analizar sus construcciones), sino al modo de leer de cada quien, a ese conocimiento tácito, contenido en el contenido, que  sólo puede ser asimilado si se lee con atención, con todos los sentidos volcados en las páginas. De nada sirve la lectura veloz, leer al más ilustre de los autores o treinta libros por mes, si no enfocas toda tu atención cuando realizas el sacro acto.

Como escritor te dirán que tienes que leer los clásicos, leer a determinados autores, leer las noticias matutinas, vespertinas… que tienes que leer la trilogía de tal, las obras completas de cual, el último libro de aquél… ¡Tantos libros que no te alcanzarían un millar de vidas para leerlos todos! Te apuntarán con una hueste de soserías, cual letales armas de destrucción masiva de novatos escritores, de las cuales deberás hacer caso omiso si no aspiras a concluir tu vida sin haber escrito algo que creas digno de tu capacidad intelectual, espiritual, literaria.

Pero si todavía quieres seguir las millones de billones de lecciones de los grandes doctos que nos rodean, adelante… nadie ni nada te reprimirá; por el contrario, los mismos mentores del absurdo te aplaudirán por tu gran capacidad de sumisión. 

Sólo debes tener claro que un escritor de oficio es en gran medida un autodidacta que crea sus propias instrucciones de instrucción; que un verdadero escritor no se hace en una universidad, en un taller literario o después de leer tres millones de libros; que un verdadero escritor se hace a sí mismo.