Nadie puede herirte sin tu consentimiento

A veces me gustaría contarles más detalles sobre mi vida diaria: mis pensamientos, mis grandes dudas, mis exiguas certezas, mis incansables búsquedas, mis sueños, mis problemas, mis respuestas sin preguntas, mis preguntas sin respuestas, como si mi blog se tratase realmente de un diario personal y todas las personas que lo leen fueran mis amigas, lo que sería un sueño hecho realidad, aunque más que un sueño parecería una utopía. 

El problema surge cuando recobro el tino (aunque quizá sea el instante en que lo extravío) y recuerdo que no sólo me leerán mis amigos o asiduos lectores, sino también aquellos que podrían convertirse de un momento a otro en activos detractores, que eventualmente podrían utilizar todas o algunas de mis palabras en mi contra. 

Pero entonces también pienso que si alguien llegara a ofenderme, en realidad sería porque yo se lo permitiría, pues aunque cueste entenderlo y en posterior aceptarlo, como dijo la diplomática y activista por los derechos humanos Elianor Roosevelt y a menudo alude el conductor Claudio María Domínguez en sus programas televisivos y radiales, nadie puede herirte sin tu consentimiento. Y en ningún modo me refiero a reprimir los agravios, sino a aceptar que existen, como existe la lluvia, pero somos nosotros quienes decidimos si nos quedamos en casa encerrados, si vamos de compras, si las gotas nos acarician o nos golpean, si el agua es una bendición o una maldición, si hallamos el día horrible u hermoso, si nos empapamos o abrimos el paraguas para evitarlo. Nada ni nadie más que nosotros. 

Por eso, cuando me invade la duda de expresar mis sentimientos por temor a las réplicas de quienes no pretenden aceptarme, recuerdo aquella entrada que titulé como Líbrate del qué dirán y comunico lo que deseo, a pesar de todo...