Nadie puede cambiar a nadie

¿Puede alguien cambiar a una persona que no pretende cambiar? ¿Puede alguien imponer su voluntad por sobre la de otros, de manera duradera y permanente? ¿Es correcto creernos amos de la verdad absoluta que debe ser creída, aceptada y profesada por todos los demás? 


Los seres humanos discutimos, nos enfadamos, nos enfrentamos, nos fanatizamos, gritamos, reprimimos y hasta recurrimos a la violencia verbal o física para imponer nuestras observaciones, aunque esa ilógica y absurda labor nos consuma la vida entera.

Pretendemos ser cuales diminutos semidioses que poseen el ilimitado poder de evangelizar al otro ser humano a nuestra imagen y semejanza; asumimos que un día conseguiremos cambiar a las demás personas y todo lo hacemos ignorando u olvidando que nadie puede cambiar a nadie, excepto a sí mismo. Como decía Mahatma Gandhi:

Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo.

Cuando recurrimos a toda clase de artimañas para modificar de manera sutil o burda el pensamiento de nuestros semejantes, todo lo que obtenemos la generalidad de las veces que lo hacemos es reafirmar aún más la convicción del otro de que está en lo cierto, y, nosotros, absolutamente equivocados. 

Quizá la misión que nos depare el porvenir sea rechazar nuestros impulsos internos de manipulación voluntaria o involuntaria, de imponernos sobre el otro, de obligar o adueñarnos de libertades ajenas, y comenzar a transformarnos a nosotros mismos, con la colaboración del universo y de todos los seres orgánicos e inorgánicos que lo integran.