Reunión de viernes por la noche: un juego para reflexionar

Son alrededor de las nueve de la mañana. Acabo de llegar de una reunión que organizó mi hermana con sus amigos ayer viernes por la noche y tengo muchísimas ganas de escribir, salga lo que salga. 


Fui a la reunión con pocas expectativas de divertirme, por varias razones: 

1. Los invitados eran todos amigos y amigas de mi hermana, pero míos solamente conocidos, por lo que no tengo gran confianza.

2. Generalmente se reúnen a tomar alcohol: para ellos es una suerte de diversión, lo que no veo mal en absoluto, siempre que beban a conciencia. Como no tomo ninguna bebida alcohólica, es claro que para mí esa parte de la tertulia no significaba nada importante ni mucho menos recreativo.

3. Por último, ninguna de las dos personas que había invitado podían ir.

Llegué muchas horas antes que todos los demás, por ser que la reunión se organizaba en el departamento en que vive mi hermana con mi madre.  

Después de que todos llegaran, juntáramos la plata para las pizzas, un grupito las fuera a buscar y comiéramos cuatro y una porción de la quinta de las seis pizzas que compramos, me agarró muchísimo sueño. Como allí tengo mi propia pieza, alrededor de la medianoche me tiré en la cama y dormí unas dos horas y media.  

Al despertarme esperé despejarme y volví al comedor, donde se encontraban todos. Me senté en el sillón y comencé a enviarme algunos mensajes de texto con una de las dos personas que invité y no pudieron ir. En ese instante también llegó un ex compañero del colegio con el que me llevaba demasiado bien, que se da la causalidad que sale con una de las mejores amigas de mi hermana, así que nos saludamos y se fue a sentar junto a ella. 

Un rato después me conecté al Messenger desde la pieza de mi hermana para hablar con la amiga con la que nos estábamos enviando mensajes por celular, pero a la hora terminó quedándose dormida. Me desconecté. Volví al comedor. Mi ex compañero del colegio me hizo una pregunta y comenzamos a charlar.

La reunión estaba un tanto caída. Hice la prueba de apagar la música y se notó un gran silencio. Volví a prenderla por la insistencia de todos. Luego de un buen rato la apagué otra vez y se hizo otro notable silencio. Éramos más de diez personas y estábamos totalmente incomunicadas, riéndonos de alguna que otra pavada de vez en cuando, y nada más. Hice un comentario al respecto del silencio y a Juan, mi ex compañero, se le ocurrió jugar algo entre todos, con las mismas cartas que en la otra punta de la mesa las amigas de mi hermana jugaban al truco. Nos explicó el procedimiento pero no le hicimos caso. No nos convenció lo que nos comentó y seguimos cada uno en nuestro mundo, hablándonos por sectores y tirando algunas bromas para entretenernos.   

Para ese entonces el aburrimiento se había disipado. Le pedí a Juan que nos volviera a explicar el juego que antes no habíamos aceptado jugar y él nos lo explicó de buena gana, aunque debo admitir que le costó que todos lo entendiéramos a la perfección. 

El juego de la verdad

Vaya a saber Juan cómo se llamaba el juego que jugamos, pero lo explicaré en breves palabras:

Para jugar utilizamos una carta por integrante. Por un lado los dos Lobos, por otro los ocho Aldeanos, por otro el Visionario y el Arbitro (no lo llamábamos con ése nombre, pero era su función en el juego). 

El Árbitro se ocupaba de dirigir el juego y repartir las cartas. Para iniciar,  pedía que todos cerráramos los ojos, luego que sólo los dos Lobos los abrieran y eligieran en silencio y a través de señas a quién dejar fuera del juego. Luego los Lobos debían cerrar los ojos al igual que todos los demás y el Visionario debía abrirlos para elegir también en silencio y a través de señas a cualquiera de los participantes, para que el Árbitro le dijera si era Lobo o Aldeano. De esa forma el Visionario podía saber al menos la identidad de una de las personas en el juego, para persuadir a los demás. 

Luego de ese acto el Árbitro pedía que todos abrieran los ojos (Lobos, Aldeanos, Visionarios) y expresaba quién había sido eliminado del juego, para que todos los participantes comenzaran a debatir quiénes eran los dos Lobos que habían matado al Aldeano. La gracia era que los lobos tratasen de no ser descubiertos y persuadir a los Aldeanos e incluso al Visionario para que sacaran de juego a uno de su propio bando. 

Tras el debate, la persona que más votos sacaba quedaba fuera de juego para que todo volviera a comenzar (cerrar los ojos, abrir los ojos, debatir), hasta que los Lobos fueran descubiertos o los Aldeanos quedaran eliminados, haciendo que los otros ganen. 

Pensando en el juego

Me quedé pensando en el juego, aunque quizá nadie lo recuerde en éste momento. Para mí no fue sólo un juego. Nunca me tocó ser Lobo, siempre Aldeano y en la última partida Visionario. Pero incluso así, todos desconfiábamos de todos. Para mí es impactante sentir que desconfían de uno aún cuando les estás diciendo la verdad. Y no tener forma de explicarles que estás siendo totalmente sincero, más que a través de persuasiones, deducciones, razonamientos, análisis… porque para ellos podrías ser un lobo con piel de cordero (y con toda la razón), es totalmente desesperante. 

Me preguntaba si eso no hubiese sido un juego, si en verdad hubiese sido la vida real, cómo hubiésemos actuado. Porque en la vida también existen Lobos, Aldeanos, Visionarios, Árbitros. Y a veces no se sabe quién es quién. Y a veces tenemos que decidir por quién jugarnos y nos equivocamos, matando a los que podrían ser nuestros amigos y dejando vivo al Lobo traidor que tarde o temprano va a matarnos…