Besarte en la penumbra


Para abrir una puerta entre nosotros, cerré la de la habitación. Gatillé el interruptor de la pared, disparé contra la luz que alumbraba tus temores y la hice desaparecer como un ilusionista en un truco de magia. 

Entre penumbras nadé por el seco mar del suelo y bordeé la fría orilla de la cama para atracar como un barco en el puerto de tu presencia, que simulaba ligera ausencia y me llamaba entre suspiros de silencio. 

Te volteaste hacia un lado y los ojos de mis brazos caminaron por tu cuello con atrevida prudencia, en el anhelo de observar el contorno de tus labios entreabiertos. Fue cuando empapé mi dedo índice con tinta transparente del tintero de tu boca y escribí sobre sus márgenes con trazo tembloroso y decidido un breve poema que reflejaba invisibles palabras de deseo y pasión.

A causa de la ceguera transitoria, acerqué mi rostro al tuyo como un explorador desorientado, que sin embargo inquiere porque sabe lo que quiere, mientras mis manos me guiaban por las colinas de tu cuerpo como un lazarillo a un invidente.

Un segundo después, en un instante intemporal, hurté el cofre del tesoro buscado, lo abrí con la llave bermellón que modula mi voz y naufragué tiernamente en las profundidades de sus cálidas aguas, sin reparo alguno de ahogarme en ellas para siempre. Pero pronto descubrí que tu boca era cual un mar del que a medida que bebía, más quería beber. Entonces comprendí que aunque lo ansiara, en tu boca jamás podría saciar mi sed.