Entre cuatro paredes


Cuando nos acercamos, nuestros corazones pulsan como dos bombas de tiempo a un minuto exacto de estallar. Un par de explosivos que destrozan los prejuicios impuestos por unas ciertas normas que gobiernan voluntades a través de un millar de culpas fabricadas. Y al detonar, denotan la agitada adrenalina que corre, cual un maratonista, por las pistas de las venas que recorren los atlas de nuestras entidades orgánicas. 

De un momento a otro el tiempo se acelera hasta disiparse; parece detenerse como las llantas de un automóvil en continuo movimiento. Y en un soplido que asesina las horas, la tenue luz que viola nuestra intimidad, que se introduce sin permiso por la pequeña ventana del pequeño dormitorio, nos habla del amanecer.   

Es entonces cuando pienso que contigo, cuatro paredes simbolizan libertad y la ciudad completa, una prisión: un ingente calabozo donde todo ese gentío significa el carcelero que esposa y que condena los deseos de ser, aunque sea por un instante, uno los dos, como si fuésemos ambos las únicas piezas de un rompecabezas imantado que se atrae y que se hermana para complementarse. Porque tengo la certeza de que sólo somos libres cuando actuamos sin las máscaras que nos ponemos para aparentar cordura frente a la locura de nuestra sociedad.