«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Releyendo «Demian» de Hermann Hesse

En ocasiones, la re-lectura completa o parcial de un libro, hace que las mismas palabras que leímos una vez cobren nuevos significados. Esto es lo que me sucedió con Demian, de Hermann Hesse. 

Años atrás

Tenía 18 años, casi recién cumplidos, cuando una amiga me recomendó leer un libro que ella había leído en su adolescencia: Demian, de Hermann Hesse.  

Tiempo después se lo comenté a mi padre y me dijo que estaba seguro de haber leído ese libro alguna vez y que debía estar en la biblioteca que se encontraba en mi habitación. Y allí estaba Demian (Historia de la juventud de Emil Sinclair): una edición impresa en 1976 por Editorial Argonauta, con un diseño de cubierta que estéticamente no superaba al que podría haber realizado cualquiera en el Paint del Windows 95. A pesar de ello, la recomendación de mi amiga y el ejemplar de poco más de 150 páginas en la mismísima biblioteca de mi padre, para alguien que aún no era afecto a voluminosos volúmenes, invitaba a la lectura.

Hace dos noches

Hace dos noches, cinco años después de haber terminado de leer la novela, volví a tomarla entre mis manos, con ciertos aires de reminiscencia; con el inexpresable cariño que puede uno sentir por esas hojas que no son las mismas que un día desenterró por vez primera de una biblioteca polvorienta, porque ahora forman parte de su tiempo, y, en cada una de ellas, se encuentran invisibles vestigios de sus huellas dactilares.

Antes de abrir el libro sentí que había olvidado todo su contenido: tal vez sólo lo había tomado nuevamente a raíz del recuerdo del sentimiento que me había producido hacía años y nada más que por ese hecho carente de profundidad. 

Lo primero que leí fue el último capítulo, El principio del fin, que empecé sin mucho entusiasmo: eso bastó para que la historia completa volviera a mi mente como un boomerang lanzado en el pasado y para que le encontrara un sentido real a ese final que nunca me había cerrado, aunque tampoco me hubiese desilusionado. 

Caí en la cuenta de la minuciosidad con la que Hermann Hesse enhebró todos los hilos de la historia sin dejar cabos sueltos y con la genialidad que provoca a la imaginación del lector, hasta los límites más insospechados. 

Una vez que hube concluido la lectura del capítulo final de la historia de la juventud de Emil Sinclair, viré el libro y en la página que precede a la introducción me topé con las siguientes palabras: 
Quería tan sólo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil? 
No precisé leer más nada: comprendí por qué y para qué ese libro estaba entre mis manos.