«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Unas sinceras disculpas a una amiga


Hace dos días publiqué un fragmento de una conversación que había mantenido con una chica, donde le planteaba la idea de que era posible que un ser humano hiciera llover, mientras que ella, en contraposición, un poco más me tomaba por loco.  

Esa chica es una amiga; una amiga con la que tenemos grandes diferencias, que a veces parecen insalvables, pero amiga al fin. Y todos comprenderán que, por más discrepancias que se tengan con una amiga o un amigo, uno le tiene afecto, igual que ocurre con los parientes. 

Cuando mi amiga se enteró que había publicado nuestra conversación, se sintió molesta. Bastante más que molesta, a decir verdad, a pesar de que edité previamente dicha conversación para evitar mencionar su nombre o dar algún indicio de quién era la persona con la que había tenido el altercado. 

Pero lo que más irritó a mi amiga fueron los comentarios realizados por diferentes personas y mis réplicas a los comentaristas. 

Intenté explicarle que esas personas no tenían ni remota idea de quién era ella y sólo la habían juzgado por una simple conversación, pero no hubo caso: para ella, que yo haya publicado ese diálogo, a pesar de haber preservado su identidad, fue por venganza de algo que me hizo alguna vez; para buscar el consenso colectivo; para ratificarle que es una necia, intolerante, etc. como la juzgábamos en los comentarios de la entrada... Cuando le comenté que había corregido los errores de la conversación, me increpó diciéndome que menos mal, porque sino también iban a tratarla de ignorante. Pero para ser sincero, ella es una de las personas con las que he chateado que mejor escriben y ambos habíamos tenido varios errores ortográficos.

Cuando tomé la decisión de publicar la conversación, pensé que algunos dirían que yo estaba muy mal de la cabeza, y, otros, todo lo contrario. Lo cierto es que no fue así y todos los comentaristas que comentaron hasta el momento creen que es posible hacer llover (nunca me lo hubiera imaginado). 

En realidad no publiqué la conversación ni por venganza ni por buscar consenso ni para agredir a mí amiga ni para imponerme a su punto de vista (si leen la publicación verán que no emití opinión al respeto, para que cada uno tomara libre posición): lo hice con la intención de mostrar las dos caras de la moneda de una realidad; lo hice porque, a pesar que para mi gusto ella se mostró bastante reacia a mi posición, cerrándose a mi idea desde un principio, me pareció una reacción normal de alguien que nunca escuchó semejante cosa. Cuando a mí me dicen que lo imposible es imposible, reacciono de la misma manera y no soy mejor por creer que lo imposible, a veces, o muchas veces, es posible. 

Cabe destacar que unos días después ella me envió un mensaje de texto pidiéndome disculpas por su reacción y yo las acepté de buena gana. Por tanto ni de cerca fue una venganza. En ese caso habría publicado su nombre completo (y nunca habría hecho tal cosa). 

Este suceso me hizo reflexionar sobre cómo a veces juzgamos a las personas por algo que dicen o no dicen, por algo que hacen o no hacen, por algo que creen o no creen, y no por su integridad, por las totalidades que son. Juzgamos al otro por una buena acción o por una mala acción, cuando todos acertamos muchas menos veces que las que nos equivocamos; cuando todos somos perfectamente imperfectos y tan sabios como necios; cuando todos, como seres humanos, somos iguales, aunque cada cual tenga su propia identidad que lo hace ser un individuo: que no puede ser dividido, según el diccionario. 

Quiero pedirle disculpas públicamente a mi amiga, porque sé que se sintió bastante mal por la publicación y sé también que no pasa por un buen momento. Espero que pueda comprender que no lo hice adrede. Y espero que esta publicación remedie en algo el malestar que le causé con la anterior