Un abismo


Pasé del verano al invierno a través de un otoño infinito. De vez en cuando me asomaba a las puertas del balcón, que daba a la calle principal, y observaba a unos pocos transeúntes yendo a prisa por la vereda de enfrente, como si los vidrios de las puertas fuesen los de un televisor que transmitía en vivo una imagen de otra Tierra. Ahora esa calle ensombrecida por las copas de los árboles que atajaban la luz del sol, me era tan ajena como la vida y se advertía tan distante como el bienestar. Dos puertas y un abismo me separaban del afuera. Y ese abismo parecía imposible de cruzar.