Diario de un escritor: Primer capítulo de otros tantos


Un mes sin publicar es mucho tiempo, lo sé. Pero he tenido sobrados motivos para desistir a esa tarea que demanda el tiempo sobre el cual todo blogger aplicado es plenamente consciente, como lo expresé en un breve comunicado que ubiqué en la esquina superior derecha del blog el día nueve del mes que corre: 

Desde el día 18 de abril no he actualizado el blog. Mi ausencia se debe a que, desde entonces, dediqué más tiempo a la escritura del libro de aforismos que pretendo publicar próximamente. Espero comprendan las circunstancias expuestas y recuerden que volveré a actualizar el blog en los próximos días. Mientras tanto pueden seguir mis actualizaciones en Facebook, donde realizo breves comentarios al respecto, además de compartir imágenes e interesantes frases para reflexionar. 

Omitiré gran parte de todo lo que quisiera decir, por todo lo que puedo decir sin aburrir, tomando en cuenta que éste es el primer capítulo (de tantos otros) del diario de un escritor y no el de Christopher McCandless, quien escogió llamarse Alexander Supertramp en su aventura hacia rutas salvajes. 

Hace aproximadamente un año y medio creí haber concluido el mismo libro que reescribo en los días que transitamos, con un enfoque un tanto diferente al inicial. 

En aquella época estaba convencido de publicarlo, pero el tiempo transcurrido desde entonces, la inspiración o ambas cosas, quisieron que escribiera cientos de nuevos aforismos que, desde un punto de vista personal, tan subjetivo como la objetividad que puede tener cualquier escritor hacia su propia persona, superan ampliamente a muchos de los que integraban aquel compendio. 

En el mes de abril de dos mil doce decidí hacer una selección de mis aforismos más excelsos, si es que alguno de todos ellos merece tal denominación. La dificultad fue que se hallaban dispersos en un piélago de archivos de mi computadora, donde en uno había guardado dos sentencias, en otro veinte, en otro quince… aunque, por gracia divina, incluidos todos en la misma carpeta, hecho que me simplificó la labor. 

Para saber dónde se hallaba estacionado mi porvenir en un punto remoto del cosmos, tuve que abrir cada uno de esos registros e ir ubicando la información en uno solo, procurando eliminar el archivo original inmediatamente después, para no repetir ni mezclar aforismos que luego me sería casi inverosímil reacomodar.

Una vez realizado lo antedicho, lo cual me tomó varios días de extenuante trabajo, donde apenas dormí unas horas diarias, deshice mi antigua tentativa de libro, sumando sus aforismos íntegramente al archivo madre donde había situado todos los demás. Luego los enumeré para saber a ciencia cierta cuántos aforismos había escrito desde mis inicios como escritor. El resultado fue alentador: casi arribaban a los ochocientos, de los cuales escogí con suma meticulosidad aquellos que me convencían en absoluto, aunque suelo ser demasiado detallista e inconformista respecto a los textos que brotan de mi pluma imaginaria. Me pasaría la vida corrigiendo mis obras, y, tal vez, debido a mi excesivo, casi obsesivo sentido de la corrección, medido por la vara de una perfección inalcanzable a la que muchos aspirados, arruinándolas poco a poco, hasta deformarlas por completo. 

En la última selección, que quizá fue discriminatoria para todos los que permanecieron fuera de ella, subsistieron en carrera exactamente trescientos veintiún aforismos, que desde entonces están siendo escrupulosamente examinados, retocados o reescritos por mí, para su posterior aprobación e inclusión en lo que será mi primer libro publicado.