En un mar de dudas sigo navegando


En un mar de dudas sigo navegando, dice la canción de los Teen Angels. Sí, porque yo miraba Casi Ángeles y me gustaba y el que no lo miraba no sabe de lo que se perdía. Se perdía de...

Las voces del afuera me confunden y mi mente no descansa. No sé hacia dónde voy porque no tengo la más perra idea. Nada más que por eso, para los que se están preguntando. Eso es malo, ¿verdad? Sí, es muy malo no saber hacia dónde se va. Lo sé porque me lo han dicho. 

Me he tirado al mar de la duda y me viene arrastrando como una hoja al viento. Esto del mar de la duda y la hoja al viento, ¡lo he escuchado tantas veces! ¡Lo he leído tantas otras! Pero ¿para qué andar inventando absurdas metáforas si las ya conocidas describen la situación? Y, porque en una de esas todos estamos aburridos de leer la misma m... lo del mar de la duda y la hojita al viento, ¿no? Hasta yo estoy aburrido, pero hoy no voy a inventar nada porque no tengo ganas, simplemente… ¿Simplemente? Decimos simplemente cuando la cosa de simple no tiene nada, simplemente. 

Tal vez pase un barco, me cargue y me salve, pero lo dudo mucho. Quizá me estrelle contra una piedra y me haga polvo antes que ella, pero la fe me impide creerlo. Quizá me deje llevar y caiga en buen puerto o me ahogue o tantas cosas… 

La sociedad de los poetas muertos: "Entender la poesía", por J. Evans Pritchard, doctor en filosofía

A continuación leerán la transcripción de un fragmento memorable de la película «La sociedad de los poetas muertos» (título orginal: Dead Poets Society). Porque la poesía no es rima ni métrica ni palabras bonitas: es pasión.


—Señores, abran el libro por la página 21 de la introducción. 
»Señor Perry, ¿quiere leer el párrafo inicial del prólogo, titulado “Entender la poesía”?

—“Entender la poesía”, por J. Evans Pritchard, doctor en filosofía. “Para entender a fondo la poesía debemos antes familiarizarnos con su métrica, rima y figuras retóricas, y luego hacernos dos preguntas: una, ¿con cuánto talento se ha conseguido el objetivo del poema?, y dos, ¿qué importancia tiene dicho objetivo?
»La pregunta uno mide la perfección del poema, la pregunta 2 su importancia, y una vez estas preguntas están contestadas, determinar la grandeza resulta una tarea relativamente fácil. Si la medida de perfección del poema se coloca en la horizontal de una gráfica, y su importancia se marca en la vertical, entonces calculando el área total del poema tendremos la medida de su grandeza.
»Un soneto de Byron puede puntuar mucho en la vertical, pero sólo lo normal en la horizontal. Un soneto de Shakespeare, por otra parte, medirá mucho horizontal y verticalmente, dando un área masiva total que nos revelará que el poema es verdaderamente grande. Al ir viendo los poemas de este libro, practiquen este método de medición, al aumentar su habilidad para evaluar los poemas de esta manera, también aumentará su disfrute y comprensión de la poesía”.

—Un excremento: eso me parece el señor Evans Pritchard. No se trata de tuberías, hablamos de poesía. ¿Cómo se puede describir a la poesía como el concurso de Miss América? “Si, me gusta Byron, le doy 42 puntos pero le fallan las piernas”. 
»Quiero que todos arranquen esa página. Adelante, arranquen la página entera. Ya me han oído, arránquenla. ¡Arránquenla! ¡Vamos, arránquenla! 
»Gracias, señor Dalton. 
»Señores, hagan el favor de arrancar esa página. Arranquen la introducción entera. Quiero que desaparezca, fuera, que no quede nada. ¡Arránquenla, vamos! ¡Hasta nunca J. Evans Pritchard, doctor en Filosofía! ¡Arranquen, rompan, hagan trizas, arránquenla! Sólo quiero oír cómo arrancan al señor Pritchard. Haremos un rollo y lo pondremos en el váter. 
»No es la Biblia, no irán al infierno por eso. 
»En trocitos pequeños, que no quede nada.
»¡Arránquenla! ¡Rómpanla! 
»¡Sigan rompiendo, señores! Esto es una batalla, ¡una guerra! Las víctimas podrían ser sus corazones o almas. 
»Gracias señor Dalton. 
»¿Ejércitos de estudiantes que avanzan midiendo la poesía? ¡No! ¡Aquí no los tendremos! Se acabó el señor Evans Pritchard.
»Ahora, querida clase, aprenderán a pensar otra vez por sí mismos. Aprenderán a saborear las palabras y el lenguaje. A pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo.
»Veo que el señor Pitts piensa: “La literatura del XIX no tiene nada que ver con la escuela de comercio o la facultad de medicina”. ¿Verdad? Es posible. 
»El señor Hopkins quizá también piense: “Sí, deberíamos limitarnos a estudiar al señor Pritchard, aprender la rima y métrica y olvidarnos de intentar alcanzar otras ambiciones”.
»Les contaré un secreto. Acérquense. ¡Acérquense! No leemos y escribimos poesía porque es bonita, leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana, y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio y la ingeniería son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor… son las cosas que nos mantienen vivos. 
»Citando a Whitman: ¡Oh, mi yo!, ¡oh, vida!, de sus preguntas que vuelven, del desfile interminable de los desleales, de las ciudades llenas de necios. ¿Qué de bueno hay en estas cosas, oh, mi yo, mi vida? Respuesta: Que tú estás aquí, que existe la vida y la identidad, que prosigue el poderoso drama y que tú puedes contribuir con un verso. Que prosigue el poderoso drama y que tú puedes contribuir con un verso…
»¿Cuál cederá su verso?

Unas sinceras disculpas a una amiga


Hace dos días publiqué un fragmento de una conversación que había mantenido con una chica, donde le planteaba la idea de que era posible que un ser humano hiciera llover, mientras que ella, en contraposición, un poco más me tomaba por loco.  

Esa chica es una amiga; una amiga con la que tenemos grandes diferencias, que a veces parecen insalvables, pero amiga al fin. Y todos comprenderán que, por más discrepancias que se tengan con una amiga o un amigo, uno le tiene afecto, igual que ocurre con los parientes. 

Cuando mi amiga se enteró que había publicado nuestra conversación, se sintió molesta. Bastante más que molesta, a decir verdad, a pesar de que edité previamente dicha conversación para evitar mencionar su nombre o dar algún indicio de quién era la persona con la que había tenido el altercado. 

Pero lo que más irritó a mi amiga fueron los comentarios realizados por diferentes personas y mis réplicas a los comentaristas. 

Intenté explicarle que esas personas no tenían ni remota idea de quién era ella y sólo la habían juzgado por una simple conversación, pero no hubo caso: para ella, que yo haya publicado ese diálogo, a pesar de haber preservado su identidad, fue por venganza de algo que me hizo alguna vez; para buscar el consenso colectivo; para ratificarle que es una necia, intolerante, etc. como la juzgábamos en los comentarios de la entrada... Cuando le comenté que había corregido los errores de la conversación, me increpó diciéndome que menos mal, porque sino también iban a tratarla de ignorante. Pero para ser sincero, ella es una de las personas con las que he chateado que mejor escriben y ambos habíamos tenido varios errores ortográficos.

Cuando tomé la decisión de publicar la conversación, pensé que algunos dirían que yo estaba muy mal de la cabeza, y, otros, todo lo contrario. Lo cierto es que no fue así y todos los comentaristas que comentaron hasta el momento creen que es posible hacer llover (nunca me lo hubiera imaginado). 

En realidad no publiqué la conversación ni por venganza ni por buscar consenso ni para agredir a mí amiga ni para imponerme a su punto de vista (si leen la publicación verán que no emití opinión al respeto, para que cada uno tomara libre posición): lo hice con la intención de mostrar las dos caras de la moneda de una realidad; lo hice porque, a pesar que para mi gusto ella se mostró bastante reacia a mi posición, cerrándose a mi idea desde un principio, me pareció una reacción normal de alguien que nunca escuchó semejante cosa. Cuando a mí me dicen que lo imposible es imposible, reacciono de la misma manera y no soy mejor por creer que lo imposible, a veces, o muchas veces, es posible. 

Cabe destacar que unos días después ella me envió un mensaje de texto pidiéndome disculpas por su reacción y yo las acepté de buena gana. Por tanto ni de cerca fue una venganza. En ese caso habría publicado su nombre completo (y nunca habría hecho tal cosa). 

Este suceso me hizo reflexionar sobre cómo a veces juzgamos a las personas por algo que dicen o no dicen, por algo que hacen o no hacen, por algo que creen o no creen, y no por su integridad, por las totalidades que son. Juzgamos al otro por una buena acción o por una mala acción, cuando todos acertamos muchas menos veces que las que nos equivocamos; cuando todos somos perfectamente imperfectos y tan sabios como necios; cuando todos, como seres humanos, somos iguales, aunque cada cual tenga su propia identidad que lo hace ser un individuo: que no puede ser dividido, según el diccionario. 

Quiero pedirle disculpas públicamente a mi amiga, porque sé que se sintió bastante mal por la publicación y sé también que no pasa por un buen momento. Espero que pueda comprender que no lo hice adrede. Y espero que esta publicación remedie en algo el malestar que le causé con la anterior

Releyendo «Demian» de Hermann Hesse

En ocasiones, la re-lectura completa o parcial de un libro, hace que las mismas palabras que leímos una vez cobren nuevos significados. Esto es lo que me sucedió con Demian, de Hermann Hesse. 

Años atrás

Tenía 18 años, casi recién cumplidos, cuando una amiga me recomendó leer un libro que ella había leído en su adolescencia: Demian, de Hermann Hesse.  

Tiempo después se lo comenté a mi padre y me dijo que estaba seguro de haber leído ese libro alguna vez y que debía estar en la biblioteca que se encontraba en mi habitación. Y allí estaba Demian (Historia de la juventud de Emil Sinclair): una edición impresa en 1976 por Editorial Argonauta, con un diseño de cubierta que estéticamente no superaba al que podría haber realizado cualquiera en el Paint del Windows 95. A pesar de ello, la recomendación de mi amiga y el ejemplar de poco más de 150 páginas en la mismísima biblioteca de mi padre, para alguien que aún no era afecto a voluminosos volúmenes, invitaba a la lectura.

Hace dos noches

Hace dos noches, cinco años después de haber terminado de leer la novela, volví a tomarla entre mis manos, con ciertos aires de reminiscencia; con el inexpresable cariño que puede uno sentir por esas hojas que no son las mismas que un día desenterró por vez primera de una biblioteca polvorienta, porque ahora forman parte de su tiempo, y, en cada una de ellas, se encuentran invisibles vestigios de sus huellas dactilares.

Antes de abrir el libro sentí que había olvidado todo su contenido: tal vez sólo lo había tomado nuevamente a raíz del recuerdo del sentimiento que me había producido hacía años y nada más que por ese hecho carente de profundidad. 

Lo primero que leí fue el último capítulo, El principio del fin, que empecé sin mucho entusiasmo: eso bastó para que la historia completa volviera a mi mente como un boomerang lanzado en el pasado y para que le encontrara un sentido real a ese final que nunca me había cerrado, aunque tampoco me hubiese desilusionado. 

Caí en la cuenta de la minuciosidad con la que Hermann Hesse enhebró todos los hilos de la historia sin dejar cabos sueltos y con la genialidad que provoca a la imaginación del lector, hasta los límites más insospechados. 

Una vez que hube concluido la lectura del capítulo final de la historia de la juventud de Emil Sinclair, viré el libro y en la página que precede a la introducción me topé con las siguientes palabras: 
Quería tan sólo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil? 
No precisé leer más nada: comprendí por qué y para qué ese libro estaba entre mis manos.  

Qué pasaría si dijeras que puedes hacer llover

La siguiente conversación está basada en un chat real y ha sido ligeramente modificada para mayor comprensión lectora. Cualquier similitud con la fantasía es mera coincidencia. 


Yo: ¿Te conté que una vez hice llover?
Ella: ¿Qué querés decir?
Yo: Que una vez hice llover.
Ella: Me estás jodiendo, ¿no?
Yo: No.
Ella: ¿Cómo hiciste llover?
Yo: Queriendo que pasara.
Ella: ¿Es joda?
Yo: Ponele que es joda...
Ella: ¡Mirá si vas hacer llover! Puede ser casualidad.
Yo: ¡Si! ¡Mirá si voy a hacer llover! (?)
Ella: Y, obvio que no.
Yo: ¿Quién se va a creer ésa? ¿La gente que lo vio, capaz? (?)
Ella: No es algo para creer o no creer.
Yo: Ponele que no hice llover. Pero se puede hacer llover.
Ella: Es algo imposible.
Yo: No es imposible.
Ella: Bue... Ya hablás pavadas.
Yo: “Como no sabían que era imposible, lo hicieron”, dice una frase.
Ella: Mirá, no voy a discutir. Si querés creer que hiciste llover y te hace feliz, seguí siendo feliz.
Yo: No quiero discutir. ¿Por qué te calentás? Estoy en son de paz.
Ella: No me caliento. Pero ya que pienses que hiciste llover, Jorge… No sé, voy a pensar que te falla... Lamento decírtelo así. No medís lo que estás diciendo. Qué, ¿manejás el clima? No. Y no me salgas con que lo imposible es… Porque creo que…Y, bla, bla, bla.
Yo: Me hacés reír. Me hacés reír porque te calentás y no sé por qué.
Ella: No me caliento. Me asustás.
Yo: Por eso te ponés así, porque te asustás... 
Ella: Me asustás porque si pensás eso estás mal, Jorge.
Yo: ¿Vos pensás que todo lo que pasa en las películas es ciencia ficción? Qué ilusa que sos, ¡eh! 
Ella: No (?).
Yo: Yo no pienso que hago llover. Yo no hago llover. Pero se puede hacer llover, aunque vos creas que es una locura.
Ella: Bueno.
Yo: ¿Creés que se puedan mover cosas con la mente?
Un rato después…
Yo: ¿No me vas a hablar más?
Ella: No.
Yo: ¿Por qué? ¿Te enojaste? No entiendo... Es una boludez enojarse por esto.
Ella: No estoy enojada.
Yo: Pero te molestás.
Ella: Tampoco.
Yo: Bueno, algo te pasa…
Ella: Me parece una boludez lo que decís.
Yo: ¿Por qué te parece una boludez?
Ella: Y, una cosa es tener sueños, tener esperanzas… Pero tampoco vas a creer cualquier cosa.
Yo: Creo cosas que vi. Si me lo contaran hoy, capaz no lo creería...
Ella: Bueno, Jorge, mejor no hablemos más. Vos seguí tu vida, yo la mía…
Yo: Qué feo que me discrimines así por creer en algo que vos no creés.
Ella: Bueno, como digas. Si pensás eso… 
Yo: No se puede hablar con vos, ¡eh! ¿Al menos sabés que se puede hacer llover bombardeando las nubes?
Ella: Suerte.
Yo: ¿Me podés hablar bien? Ya está, no hagas caso a lo que dije, no tiene importancia.
Ella: Dejalo ahí, Jorge.
Yo: Sí, lo dejamos ahí, pero hablame por lo menos.
Ella: Prefiero que no hablemos más. Ya fue.
Yo: ¿Por qué?
Ella: Porque te vas al extremo. Vos seguí tu vida y yo la mía, como siempre.
Yo: ¿Qué es el extremo?
Ella: ¡Ah! ¡Ya está! ¿Sí? Basta.
Yo: Mucha gente que conocés cree que Jesús resucitó y hablás con esa gente. Eso también es técnicamente imposible. Pero como está aceptado socialmente, no pensás que les falla algo.
Ella: ¿Y vos qué sabés?
Yo: Lo sé porque la mayoría de los habitantes argentinos son católicos y en tu vida te debés haber cruzado con muchos… Hasta es probable que hayas ido a un colegio católico.
Ella: ¿Vos qué sabés si yo no pienso que les falla?
Yo: Si pensás que les falla, les hablás igual, porque total le falla a todo el mundo y no es una locura "personal".
Ella: Sí, porque no me cuestionan por no creer como ellos.
Yo: ¡Yo no te cuestioné nada! Vos me estás cuestionando a mí. Me parece que no soy yo al que le falla algo, ¡eh!
Ella: Bueno, Jorge, sí, seguí en tu papel de siempre.
Un rato después...
Ella: La verdad, para mí, ya está. Chau.

Fin