«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Cómo dejar de querer tener razón y empezar a tener paz

"Cómo dejar de querer tener razón y empezar a tener paz", es el eslogan del libro del periodista radial Ari Paluch, El combustible espiritual


El lo presenta a modo de respuesta, pero yo le pondría un par de signos de interrogación: ¿Cómo dejar de querer tener razón y empezar a tener paz? ¿Cómo? Creo no tener esa respuesta. Yo siempre quiero tener la razón, como les debe pasar a muchos de ustedes. Y, efectivamente, no tengo paz. Algo de razón debe haber en eso de dejar de querer tener razón y...

Ahora que lo pienso, existe una forma de dejar de querer tener razón y empezar a tener paz: con humildad. No falsa modestia, sino tomar las opiniones ajenas como lo que son, sin disminuirlas ni exacerbarlas, sabiendo que la persona que las emite tiene sus razones para decir lo que dice, y que cree estar en lo correcto, al igual que nosotros. 

Yo no tengo ni la menor idea de cómo recibir una crítica de esa forma. A mí las críticas me afectan excesivamente, porque, y ahora me doy cuenta, siempre quiero tener razón. Alguien que siempre quiere tener razón, no puede aceptar una crítica sin explotar o implotar, y, mal que me pese, tampoco la sabe integrar con humildad. No hay humildad en ponerse a discutir. Hay unas ansías desmedidas de imponerse ante la/s otra/s parte/s.

Yo no quiero equivocarme nunca, quiero que todo me salga perfecto. Eso es imposible cuando alguien está aprendiendo. 

¿Y por qué me afecta tanto la crítica? Porque íntimamente soy el primero de todos mis críticos y en la crítica reconozco una parte de mí que abomino.

Siempre que me critican, automáticamente busco una lista de argumentos en los que creo fehacientemente, para refutar los argumentos del otro. Pero el otro sigue pensando lo que pensaba antes de que le diera mis argumentos y yo sigo pensando lo mismo que pensaba antes de recibir la crítica. Entonces ¿cuál es el sentido? Herir e, hiriendo, herirse, esa es la respuesta. Esa es la deplorable respuesta. 


PD: Nunca terminé de leer El combustible espiritual (aunque lo voy a hacer), no recuerdo bien lo que leí y cualquier semejanza con el libro, si la hubiera, sinceramente, es pura coincidencia.