«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Discusiones con el mundo: ¿No te gustaría terminar la secundaria?

Tenía quince años. Había dejado la escuela. Todos me repetían las mismas palabras. Parecía como si mi entorno directo e indirecto se hubiese complotado para acabar de desquiciarme. 


—¿No te gustaría terminar la secundaria? —me decían. 

—No —les respondía—. No me gustaría

—¿Y qué vas a hacer? Hoy sin un título no sos nadie.

—Yo soy yo con o sin un título de porquería que lo abale. No me vengan con eso.

—Vos siempre con lo mismo…

—¡Yo siempre con lo mismo porque todos dicen la misma pelotudez! Si dijeran algo coherente respondería de otra forma.

—Te guste o no, en la vida siempre tenemos que hacer cosas que no nos gustan, Jorge. 

—No quiero volver a la cárcel. 

—No seas exagerado… ¡Tampoco es para tanto!

—Para mí sí es para tanto. Yo siempre me sentí preso en la escuela. La mayoría de las cosas que te enseñan no te sirven para nada. ¿Y qué le podés decir al profesor, profesora, maestra…? ¿Eh? ¡Nada! Si les decís algo te toman de punto, te ponen un negativo, te maltratan psicológicamente, te hacen firmar el libro de disciplina o te expulsan. ¡No me digan que tengo que volver a esa mierda! Antes que eso prefiero tirarme debajo de un tren o pegarme cinco tiros.

—No digas boludeces. 

—Bueno, tampoco voy a tirarme abajo de un tren… Es una forma de decir. Y cinco tiros… No creo que pueda pegarme tantos…

—No lo digo por eso, lo digo por todo lo otro que dijiste. 

—¡Ah! ¡Gracias! Entonces ya me puedo suicidar tranquilo. 

—Quieras o no quieras, en algún momento vas a tener que terminar la secundaria. El día de mañana, cuando vayas a buscar un trabajo, te van a pedir estudios completos. Y si no los tenés, vas a terminar laburando de cualquier cosa por dos pesos con cincuenta. 

—En éste puto mundo a nadie le interesa una mierda si sos feliz o no, ¿no? Hay que hacer lo que todo el mundo hace, pensar como todo el mundo piensa… Así está todo. Así están todos. Si hago todo lo que no me gusta hacer y encima lo hago obligado, ¿cómo voy a ser feliz? 

—¿Cuando ganes dos pesos con cincuenta vas a ser feliz?

—No voy a ganar dos pesos con cincuenta. 

—Si no estudias vas a ganar menos que eso. Te van a basurear por todos lados y te van a tener de acá para allá: "Traeme esto, traeme lo otro". 

—Bueno. Ya vamos a ver…

—¿No pensás recapacitar? 

—¿Recapacitar? ¿Recapacitar qué? ¿Me están jodiendo? ¡No pienso volver a pisar una escuela! 

—¿Qué te pasó en la escuela que sea “tan” grave? 

—La escuela me pasó. Y me pasa… 

—Esa no es una respuesta. 

—Por ejemplo, la hija de puta de Lengua nos decía que no nos quejáramos tanto de cómo nos trataba  porque cuando fuéramos a la universidad íbamos a ser tomados directamente como números. ¡Ah! ¿Sí? Bueno, yo no soy ni quiero ser un puto número. ¿Dónde estábamos, en un campo de concentración? ¡Por cosas como esas tenemos que hacer algo para que la escuela cambie!

—Para hacer algo tenés que estar adentro. 

—Si sigo adentro, el sistema va a arruinarme. Quizá haya que crear un sistema paralelo. 

—¿Sistema paralelo? Vos soñás mucho...

—Sueño porque es posible lograrlo.  

—¿Y quién va a hacerlo? Mejor andá a estudiar, que hasta que esto cambie van a pasar muchos años, si es que algún día cambia.

—¡Nosotros lo tenemos que cambiar! ¿Quién se piensan que va a cambiarlo? ¿Creen que va a cambiar solo? No… Si nosotros no hacemos nada, esto no va a cambiar. Si nosotros seguimos diciendo siempre la misma pelotudez, todo va a seguir siendo igual. Y estudiar no es solamente tragar libros, ir a la escuela, a la universidad, a un curso, etcétera. Estudiar se puede estudiar de muchas formas.

—¿Lo vas a cambiar vos? ¿Quién lo va a cambiar? 

—Yo solo no. Yo soy una minúscula partícula de todos los que lo vamos a cambiar. 

—¿Vos me estás hablando en serio? 

—Sí. 

—Mira, Jorge, el mundo no funciona así. 

—¿Cómo funciona el mundo?

—El mundo funciona como funciona y hay que adaptarse a él. El mundo no va a girar a tu alrededor. 

—¿Quién carajo está diciendo que quiere que el mundo gire a su alrededor? ¿Soy el único que está disconforme con el sistema de mierda que tenemos? No. Bueno, entonces… ¡vamos a hacer algo para cambiarlo!

—¿Qué vas a hacer para cambiarlo? 

—Qué “vamos” a  hacer… 

—Bueno, sí, como vos quieras… ¿Quiénes “van a hacer” y qué “van a hacer”?

—Todas las personas que vinimos a cumplir una misión. No sé qué vamos a hacer exactamente. Por lo pronto vamos a exponer el problema. Exponerlo es el principio...  

—¿El principio de qué? 

—Del cambio. 

—¿De qué cambio hablás? 

—De un cambio de consciencia. Es un tema muy largo… 

—Yo no creo que vaya a cambiar nada. Todo va a seguir siendo igual. El mundo está patas para arriba y hay que tratar de sobrevivir en el mundo como está.  

—Yo no creo lo mismo. 

—Vos seguí soñando con que vas a cambiar el mundo… Así vas a terminar.

—Yo no sueño con cambiar ningún mundo. Nada más quiero dejar algo positivo en éste planeta y después me puedo morir en paz. Si algo no nos gusta, si algo está mal, lo tenemos que cambiar. Tenemos que hacer algo, aunque al principio no sepamos qué.

—No sos la única persona que fue a la escuela, Jorge. 

—¿Y qué con eso? No soy el único que la padecí tampoco. Si pude soportar fue gracias a mis compañeros, porque siempre me llevé bien con ellos en todos los grupos que estuve. Pero si fuera por los profesores… son pocos los que puedo rescatar.

—¿Y qué hubieras hecho si no hubieras ido a la escuela? La escuela es necesaria, no podés decir lo contrario. 

—¿Y quién dice lo contrario? Yo estoy hablando de que el sistema educativo necesita un cambio profundo, no de suprimir la escuela. 

—¿Sabés cuántos chicos quisieran ir a la escuela y no pueden?

—Es probable, pero eso no quiere decir que la escuela sea buena o que la que conocemos sea su mejor versión. Es lo mejor de lo peor que tenemos, nada más. 

—¿A dónde vas a llegar con esa postura? ¿No te das cuenta que no ir a la escuela te perjudica a vos nada más? 

—¿Entonces por qué se hacen tanto problema? Déjenme inmolarme en paz. No los quiero escuchar más. El día de mañana se verá quién tenía razón. Yo tengo mis razones para decir lo que digo y pensar lo que pienso. Ustedes tendrán las suyas. Está perfecto. Pero déjenme pensar a mí como quiero pensar: libremente. 

—No se puede hablar con vos. 

—¿Qué estamos haciendo? No sabía que estábamos jugando al ping-pong. 

—¿Te das cuenta que tengo razón, Jorge? No se puede hablar…

—No, no me doy cuenta. Hablar es una cosa y otra que me quieran convencer. 

—Nadie quiere convencerte de nada. Pensá lo que vos quieras. 

—Es lo que hago. Aunque pensándolo bien... no pienso lo que quiero, sino lo que puedo.  

—Bueno, mirá, no vamos a seguir discutiendo.

—Está bien. 

—No te vendría mal ir a un psicólogo, Jorge.

—Pero antes voy a tomarme una leche chocolatada, porque ya me aburrí de escuchar siempre lo mismo…