«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Feliz Año Nuevo a éste vacío


Primera parte

Son las 4:44 a. m. del 1 de enero de 2013. Acabo de prepararme otra pequeña taza de café instantáneo al que sólo añadí leche bien caliente, con dos sobrecitos de sucralosa y una cucharadita de azúcar, para levantar un poco el ánimo en esta fresca madrugada que desentona con el verano en la ciudad de Buenos Aires. 

Ya hace poco menos de cuatro horas que mi padre se durmió, dejando sobre la mesa el café cortado que le había preparado, y más de dos que se fueron nuestros invitados: mi hermana, su novio y un amigo que tenemos en común. Ahora estarán en el décimo octavo sueño, mientras yo escribo estas líneas en pos de palear mi soledad, tratando de llenar con unas cuantas letras el hondo vacío que siento para estas mismas fechas desde hace cuatro años. Pero todo acto por vencer ese agujero negro resulta infructuoso. Por más que me esmere y lo intente, naufrago como un barco a la deriva en un océano de nostalgia.  

Las últimas semanas de diciembre me las pasé lavando, limpiando y ordenando como un esclavo al que oprimen sus ansias. Postergué el entrenamiento con pesas y las caminatas de cuatro kilómetros a Ramos Mejía y me sumí en el afán de comenzar en armonía el nuevo año que se aproximaba. Sentía una necesidad de que todo estuviese en su espacio estelar, aunque no sin una pizca de desánimo debo reconocer que aun no lo he logrado. Me metí por los rincones, tiré papeles viejos de placares y cajones, mientras fragmentos de mi vida se iban en las bolsas de residuos y las reminiscencias de un pasado lejano y no tan distante tornaban para atormentarme; lavé copas, vasos, tazas, platos y cubiertos que en dos mil once había desembalado de unas cajas viejas y todavía se hallaban en los estantes de ‘la pieza del fondo’ de casa, donde el desorden parece reproducirse a sí mismo más allá de cualquier intervención humana. Yo diría que es una variedad del típico desván que no tenemos, por no decir que es un fenomenal tacho de basura absolutamente útil, aunque inservible para el uso doméstico cotidiano que podemos darle dos personas, y que ese karma deviene de que, para ingresar allí, se debe atravesar mi habitación de un lado al otro, lo que la convierte en la zona menos transitada de la casa. En la actualidad es la penúltima especie de altillo que ha sobrevivido a la guerra contra el caos que iniciamos con mi padre un año y medio atrás, pero en los peores tiempos llegaron a ser incluso dos más los rincones que estaban atestados de objetos aun mucho más inservibles que los que todavía conservamos; los cuales, por estos días, estarán bien hechos polvo en algún inmundo basural. Y me alegro que así sea, aunque nadie sabe cuán poco. Al menos no volveré a verlos y, si mis ojos no los ven, mi corazón no sentirá que se parte otra vez en pedacitos, como las tres copas de cristal que se desprendieron de las manos de mi hermana cuando subíamos las escaleras muertos de la risa, y tropezó con el escalón del medio a un minuto exacto de comenzar el dos mil trece. 

Segunda parte

¡Linda forma de empezar el año! Yo llevaba otras dos copas en la mano izquierda, una sidra en la derecha y, de repente, escuché un estruendo, vi a mi hermana caída y las tres copas que habían estado por más de veinte años guardadas y hacía unos días había vuelto a la vida, todas quebradas, y sus fragmentos esparcidos dos escalones más arriba del que posaban sus pies. No se salvó ni una. Parece que su infausto destino, en la luz o en la oscuridad, era no servir nunca más… Pero en ese momento las copas eran lo que menos importaba. Le pregunté a mi hermana si se había cortado y cuando abrió las manos vi que no tenía más que pequeños puntos de sangre en las palmas y algunos de sus dedos. Presioné esos puntos para cerciorarme de que no estuviese astillada y procedí a lavarle las manos con jabón y desinfectar las heridas con alcohol, mientras nos reíamos por la imitación que hacía de lo que nos hubiese dicho mi madre si habría estado allí: “¡Veinte años guardadas, Jorgito! ¡Veinte! Con lo que me costó lavarlas todas y ahora… ¡Mirá, las hicieron mierda! Yo no compro nunca más nada. ¡Van a tomar en un vaso de plástico! No sé…” Porque mi madre es así. Primero renegaría por las copas rotas y recién después observaría si uno se está desangrando y continuaría expresando las idénticas palabras mortificadoras que sabemos de memoria desde que teníamos más o menos dos días  de vida…

Buscamos tiras adhesivas sanitarias, más conocidas como “curitas” en Argentina, y aunque estaba convencido de tenerlas en el botiquín del baño, no las encontramos. Tuve que improvisar con cinta de embalar y servilletas de papel, mientras afuera estallaban los fuegos artificiales. Era tan ridículo ver tan pequeñas lastimaduras cubiertas por pedazos de servilletas con cinta transparente… Cualquiera habría supuesto que la pobre de mi hermana estaba gravemente lesionada. 

–Groncho Médico Landia: la clínica donde lo curamos con lo primero que encontramos –dije, impostando la voz como si se tratase de la del locutor de un comercial radial de cuarta. En mi país, “groncho” es sinónimo de “ordinario” y, generalmente, se utiliza para hacer mención de una persona que tiene modales, formas o expresiones consideradas de mal gusto, aunque también para hacer alusión a un lugar u objeto prosaico, como en el caso que nos concierne. No es que fuese tan gracioso lo que dije, pero el modo en que lo hice, sumado a la visión de esos trozos de papel blanco cercenados a mano, con cinta adhesiva cortada con los dientes, hizo que estallásemos de risa. Nos retorcíamos a carcajadas mientras subíamos las escaleras con otras tres copas, que por supuesto peligraban bajo mi resguardo, para brindar tres minutos después. 

Tercera parte

El Fin de Año dos mil ocho fue la primera vez que no brindamos ni comimos asado como éste treinta y uno de diciembre que acaba de pasar. Y aunque siempre brindo con alguna bebida sin alcohol porque soy abstemio, si hubiese deseado hacerlo, no hubiese podido. Aquél día, con mi padre sólo teníamos para comer unos panchos, una gaseosa cola de tomar, un poco de mayonesa casera que había preparado para Navidad y ni un peso para ir a comprar nada. 

Ayer, al evocarlo, me sentí afortunado de que pudiésemos volver a elegir qué comer, aunque adulteraría la realidad si dijese que me sentía contento.

Mi madre en Río de Janeiro con su actual pareja, mi hermana que viene a su propia casa como de visita, mi padre que tuvo una mala noche… Han pasado cuatro años y aunque por momentos, sobre todo durante el dos mil doce, pensé que había superado con creces el divorcio de mis padres, tuvimos que transitar estas fechas indeseables para percatarme de que ciertas cicatrices no se borran jamás. En ocasiones algo o alguien vuelve a puntearlas con el bisturí de lo que fue, de lo que pudo ser, o los sueños desmembrados, las esperanzas marchitas, la fe desmoronada… El torniquete del olvido se desata y el subconsciente no cesa de sangrar sobre el consciente. 

Una ex pareja canadiense de una amiga, le decía que estaba “empty”, que traducido al español significa “vacío”. Así me siento a veces... Pero del sentimiento a la realidad existe un abismo. Soy como un ordenador al límite del uso de memoria, que se traba debido a la sobrecarga y aunque trata de procesar la información, le es imposible. Mientras tanto todo lo que contiene, toda su capacidad, no sirve para nada, porque no se puede utilizar hasta tanto no se borren los archivos sobrantes o eventualmente se formateé. 

Lo lamentable, pero no tanto, es que los seres humanos no somos máquinas; no podemos borrarnos la memoria y, si pudiésemos hacerlo, no sé qué tan conveniente sería. Quizá perderíamos nuestra identidad o las herramientas esenciales para aprender y evolucionar. Lo único que sé es que la forma que tenemos de superar el dolor es aceptándolo y transformándolo en energía impulsora de pensamientos positivos que conduzcan a hechos efectivos. Si pienso que en los últimos tiempos que mis padres permanecieron juntos las discusiones interminables eran historia repetida, encuentro saludable que estén separados. Su ruptura me causó tanto dolor que ni siquiera sueño o quiero que vuelvan a estar juntos, aunque sé a ciencia cierta que eso no ocurriría ni en tres vidas más y a pesar de que otra vez, despojado de cualquier atisbo de festejo, deba alzar la taza de café que a esta altura me he tomado, chocarla con el viento y desearle un feliz Año Nuevo a éste vacío que no se puede llenar, porque está lleno de vacío.

Éste relato continúa en Fin de Año 2012.