«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Fin de Año dos mil doce


Primera parte

Me acosté alrededor de las dos a. m., me dormí a las cinco y me levanté a las ocho. Durante las tres horas que no pude conciliar el sueño, di saltos en el colchón, mientras pensaba y escuchaba los pasos de mi padre que iba de la cama a la cocina y de la cocina a la cama cada veinte minutos.   

El día anterior había corrido todas las pesas, barras y mancuernas a un costado del gimnasio, donde nos reuniríamos a comer el asado. Pero todavía quedaba mucho por hacer. Preparé la mesa: un tablón con dos caballetes, las tablas que auspician de platos en casi todos los asados argentinos, los cubiertos, los vasos, las servilletas, la pava eléctrica… Una vez que todo estuvo listo, limpié la escalera y el piso, porque hasta hace menos de un mes estuvieron los albañiles revocando el lavadero y desde entonces no termino de quitar todo el polvo que dejaron. 

Segunda parte

La puerta de entrada se abrió alrededor de las seis de la tarde. Yo estaba en la cocina discutiendo con mi padre, porque el termo tanque, que tiene apenas cinco años, perdía una gota de agua y cada vez que algo se rompe habla como si fuera la única casa del mundo donde suceden esas cosas. Un poco más saldría a realizar una encuesta para demostrarle lo contrario. 

La primera en saludarme fue mi hermana, luego el novio y después Juan, nuestro amigo chileno, que traía una bolsa de papel en la mano:

–Acá está tu regalo de Navidad –dijo, mientras echaba la bolsa hacia atrás–. Pero espera, todavía falta hacer algo, así que no te lo puedo dar. Dame un momento. 

–Le quiere escribir algo –dijo mi hermana. 

–Ya sé. 

–¡Escribilo arriba, loco! Mi hermano no te va a ver. Vamos allá que me estoy muriendo de calor. 

–Espera, ya termino –dijo Juan, y me entregó la bolsa de la librería Cúspide–. Acá está el libro que te había comentado. 

–¡El de Isabel Allende! Muchísimas gracias, Juan. Hace un montón que quiero leer La casa de los espíritus

Al abrir el libro me encontré con la dedicatoria: "Para que sigas alimentando la lectura y tu pasión por la escritura. Con mucho afecto y amor. Juan. 31/12/12 Bs. As. Argentina"

Tercera parte

Una vez que estuvimos arriba, les pregunté si querían que prendiera el fuego y los tres asintieron. Al rato vino mi padre, al que también consulté. Una vez estuvieron todos de acuerdo, me dispuse a la tarea, mientras ellos tomaban Fernet Branca con Coca Cola. 

-Boludo, le dije a éste que hoy va a comer un asado que no probó en toda su vida –me dijo mi hermana, refiriéndose a su novio-. ¡Así que esmerate! Dice que tiene un amigo que hace el asado no sé con qué mierda y que le sale “buenísimo”.  

–Pasa que mi amigo no hace el asado con carbón, lo hace con palets.

–Sí, la madera le da buen gusto al asado –dije. 

–Sí, sí… éste está enamorado del amigo. Hoy vas a comer un asado diferente. Espero que lo reconozcas… 

Desde los quince años hice tantos asados que no podría ponerme nervioso por eso. Además, no compito con nadie. Lo único que pretendo es que pasemos un buen momento y comamos un asado lo mejor bien hecho posible. Dicen que soy buen asador, pero la verdad es que sigo los preceptos de mi padre y su técnica no puede fallar. Hasta para prender el fuego tenemos nuestro propio estilo. Eso sí, hay que tener paciencia. El que está apurado para comer, mejor que coma otra cosa. Hacer asados en veinte minutos no es lo nuestro.

Cuarta parte

Costaba creer que estuviésemos en verano. El viento soplaba con furia y las servilletas de papel, de tanto en tanto, volaban de un lado al otro. Tuve que cerrar el toldo de metal y la ventana que da al sudeste porque empezaba a refrescar. 

–Un aplauso para el asador –pidió mi hermana después de probar su plato favorito: la molleja. 

“Tragame tierra”, pensé, mientras ella me miraba y se reía porque sabe que esas cosas me provocan timidez. Los miraba y aguardaba a que, por el amor de un Dios todopoderoso, dejasen de aplaudir. Es lindo sentirse halagado, pero al igual que la crítica, preferiría que la hicieran por detrás de mí. En el caso del halago no tendría que luchar contra la vacilación de no saber dónde meterme, porque además de dar las gracias no puedo hacer nada y alguna gente se pone insistente. Y en el caso de la crítica no me enteraría de lo que dicen o piensan de mí y eso evitaría que me persiguiera, ya que el primero de todos mis críticos es quien ahora escribe. 

Pensar que durante más de dos semanas preparé aquél momento, en la tentativa de cuidar cada detalle, y no duró ni un suspiro. Cuando nos quisimos acordar, eran las 23 h con 57 min. Otro año que se iba con más pena que gloria y uno que venía con nuevas promesas de cambio y renovación. 

“El 2013 va a ser mi año”, pensé, mientras oía cada vez más fuegos artificiales detonar a lo lejos y descendía las escaleras en busca de las copas y la cidra para brindar. Y pensé que todo lo que quiero es escribir y le pedí a mi corazón y al cosmos, me diera las fuerzas y el valor para dar a luz todos mis sueños, tras tantas gestaciones, muertes y partos.

Éste relato comenzó en Feliz Año Nuevo a éste vacío.