«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Reflexionando sobre la belleza


El diccionario define la belleza como: "Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas." 

En el artículo que precede a éste, publiqué una discusión que tuvimos vía Google Plus con Morgana de Palacios donde, entre otras cosas, me dijo:
"Y bueno, dices que el poeta 'logra captar la belleza para plasmarla, compartirla y recrearla' de cualquier cosa linda o fea, y yo te digo que no necesariamente, que no es cuestión de eso la poesía, que captar la belleza de lo que sea es algo absolutamente secundario en poesía y de ahí no me vas a sacar por más que sea un tópico repetido a través de los siglos.
Conmocionar al lector, como sea, con fealdad, con el horror, con el odio, con el desamor, con la perversión, con la mediocridad de la vida.... también, porque de eso sabemos todos un rato largo. En definitiva, provocarle un sentimiento, bueno o malo porque cuando hay talento en la letra, hasta el asco puede resultar poético."
No obstante, no creo en absoluto que plasmar, compartir o recrear la belleza sea algo secundario en poesía ni en nada. La poesía que consideremos buena no puede carecer de alguna propiedad que nos haga amarla, aun cuando aborrezcamos lo que dice, o nos deleite, aunque sea por la armonía de su construcción.

Pero el trabajo no es de uno solo. Por más que el poeta capte la belleza y sea capaz de plasmarla, puede que el lector no logre captarla en el poema.

En su momento, me fue imposible amar las matemáticas como mi profesora de secundaria o sentir tipo alguno de deleite por ellas, porque las encontraba horriblemente aburridas. ¿No se tratará todo esto de lo mismo? ¿No será que nuestras opiniones estriban en el punto de vista en que estemos parados en el mundo, como observadores que inciden o pueden incidir en la realidad y nada más que en eso?

¿Acaso no contiene todo alguna propiedad que pueda hacer que lo amemos o que infunda en nosotros, o algunos de nosotros, deleite espiritual? ¿Cómo puede una mujer amar a un dictador, un asesino o un psicópata? ¿Cómo puede un hombre amar a una mujer controladora, arpía o maliciosa? ¿Cómo puede la perversión causar en muchos un cierto placer? ¿No será que algunos encuentran algo bello en ello u ellos? Es propicio preguntárselo, más allá de que estemos o no de acuerdo con lo mencionado. Por supuesto, para explicarlo con detalles deberíamos profundizar en teorías psicoanalíticas. Mas la presente sólo es una breve exégesis del tema que no persigue otra intención que abrir el debate, desde el preciso instante que reflexiono "sobre" la belleza, es decir, por encima de ésta, superponiéndola.