«¿Cuál es el primer deber
del hombre?
La respuesta es
muy breve:
ser uno mismo».

Henrik Johan Ibsen

Sobre las personas que buscan nuestras debilidades

¿Qué pretende una persona cuando todo el tiempo busca nuestras debilidades? La primera respuesta que se me viene a la mente es: “destruirnos”; la segunda, “manipularnos”; la tercera, “humillarnos para enaltecerse”. Y así podríamos continuar...

Pero ¿acaso nadie busca nuestras debilidades con castas-sanas-puras intenciones? Probablemente... no. Un psicólogo, en cierto modo, ansía detectarlas y marcárnoslas, para asistirnos en el proceso de superar las trabas que nos impiden desarrollarnos en la vida, pero no seamos ilusos, que en el mundo habitan más imbéciles que psicólogos y como si no hubiera suficientes, algunos licenciados también lo son.  

Por duro que parezca, cuando un detective frustrado anda escudriñándonos con un revelador de errores ultrasónico, sus intenciones discrepan del altruismo de hacernos caer en el error, con una mano tendida para ayudarnos a levantarnos luego. 

Por el contrario, esa persona aguarda nuestra caída con una pierna ligeramente elevada por el nivel del suelo, para descender su pie sobre nuestras cabezas cuando escupamos el polvo que ya no podamos tragar. Y, si le damos la oportunidad, una vez estemos con la lengua fuera, el gnomo espiritual saltará sobre nuestro cadáver para ganar unos centímetros de altura. 

Cuando un ser humano busca nuestra debilidad y la marca y la remarca para rebajarnos sin aparente motivo, bien sea con palabras, gestos, actitudes, etc., en realidad lo que está haciendo es proyectar sus inseguridades en nosotros; nos utiliza como espejos, en un intento desmesurado por opacar y apocar sus defectos, haciendo foco en los nuestros. Es decir que, esa persona, al transferirnos mentalmente la imagen de sus problemas, crea la ilusión de atenuarlos sobre sí misma, o incluso de liberarse de ellos, a pesar de que estos permanezcan en su esencia y se acentúen con su actitud.   

También debemos tener en cuenta la envidia, que es uno de los grandes factores que motivan a las personas a tener actitudes como las anteriormente descritas. 

El envidioso, ante la imposibilidad de ser quienes somos y tener lo que tenemos, se propone quitárnoslo a toda costa, porque presupone que, haciéndolo, perderemos nuestra identidad. Y a veces lo que procura hurtarnos no es un objeto material, sino la seguridad, la esperanza, la fe, un sueño y/o cualquier otra dote innata o adquirida, por demás intransferible, que él mal presume que nos hace ser quienes somos.  

Para llevar a cabo su cometido, el envidioso necesita encontrar nuestro Talón de Aquiles. Una vez que lo detecta, nos ataca justo allí, con la creencia de que saldrá victorioso al socavarnos la autoestima.

Pero estos individuos olvidan que un animal no se convierte en su presa por haberla ingerido.

En una oportunidad, donde estaba muy compungido por unas críticas bastante duras que había recibido, una amiga me expresó las siguientes palabras: 
“Solo te debe importar lo que te dicen los que te aman, porque a ellos es a los que les importas de verdad. A los demás, ya sabes donde meterte sus opiniones, a menos que sean opiniones constructivas. Y esas son las menos en esta vida. Y menos de personas que no te aman.” 
Y con sus sabias palabras, tan verosímiles como alentadoras, doy por finalizada esta breve presentación.