Encontrarse


Subí las escaleras como si estuviera atrapado en una armadura de plomo. Las subí como si bajara doscientos setenta y siete escalones y cada escalón representara un paso más hacia ese averno donde no encontraría ni llamas ni demonios, sino el gélido ambiente de las morgues y una presencia mucho más aterradora para mí que la de un ángel caído. La presencia de esa soledad que se diferencia de todas las demás, por su carácter arbitrario. La soledad no buscada.

Metí la llave en el bombín de la puerta con una linga al cuello y el corazón oprimido por la incertidumbre, mientras un agujero de gusano se abría y comenzaba a crecer en la boca de mi estómago.

Giré el tambor de la cerradura con los dedos agarrotados, aunque las manos me sudaban igual que un vaso de agua helada en un día caluroso.

Estaba a punto de abrir la puerta de un abismo. Ese abismo que ahora era mi casa.

Mi casa era un abismo y yo, un ser insignificante e incrédulo petrificado en su limen, que no hallaba el coraje para entrar. No me animaba a atravesar la puerta de mi propia casa a plena luz de un día soleado.

Una parte de mí fantaseaba con encontrárselo tomando mate en la cocina.

Todo aquello tenía que ser un sueño atroz. Cuando empujara la puerta, seguramente despertaría, saltaría de la cama e iría corriendo a buscarlo para darle un abrazo y llorar lo mismo o más de lo que lloré mientras dormía.

Pero al abrir fue evidente que la secuencia de múltiples estelas del humo de su cigarrillo no estaba, al igual que siempre, sobrevolando el perímetro como si una escuadra de aviones militares hubiera realizado recientemente una exhibición área allí.

El destino, a las estelas, se las había fumado en dos pitadas.

Desde esa posición observé que él estaba en todas partes y en ninguna parte al mismo tiempo.

Su camisa de jean, su chaleco polar azul navy y su pañuelo de seda colgaban lánguidamente del respaldo de una de las sillas de algarrobo del comedor, tal y como él había dejado las prendas dos días atrás. Sentí que moverlas sería semejante a profanar un elemento sacro o manipular algo que, de ser alterado, aunque fuera sutilmente, jamás podría devolverse a su estado original. Mover cualquier cosa que él hubiera puesto en un sitio determinado, era asumir y emprender lo irreversible. Y más allá de todo, no quería moverle absolutamente nada porque sabía que no le gustaba que nadie moviera sus cosas del lugar donde las había dejado y porque luego podría arrepentirme de haber o habérselas movido.

Pero moverle a quién. A quién, si él, de alguna forma, había desaparecido. De alguna o de todas formas. Porque incluso dudaba de que una parte suya hubiera ido a alguna parte, como decían muchos que se había ido. Dudaba por más que todos parecieran estar convencidos de su paradero y saber algo que yo en ese momento ignoraba, con bronca de ignorarlo y, fundamentalmente, de no poder creerlo.

No podía creer que él estuviera en algún lado. Y tampoco podía creer lo contrario. Me resultaba increíble que todo se acabara así, sin más. Ambas ideas eran absurdas. Y posibles. Tanto una como la otra.

Lo único que tenía claro era que él no volvería a poner ninguna cosa en el mismo punto donde la había dejado. Ni volvería a poner ninguna cosa en ningún sitio. Sus pertenencias ya no le pertenecían. Ni a él ni a nadie. Tampoco a mí.

Todavía en la puerta, pude ver, además, la mitad de su cama con las sábanas corridas y pude verlo a él, tirado en el piso de la pieza, pidiéndome ayuda en otra línea de tiempo. También pude verme y sentí desesperación por no poder ayudarnos más y mejor en esa situación desesperada.

Un escalofrío de cuchilla rozándome la piel recorrió toda mi columna vertebral y el agujero en mi estómago se ensanchó de repente como la boca de una orca.

Hice todo lo que pude hacer. Creo que hice todo lo que podía. Más no pude. ¿Qué más podría haber hecho?, pensaba. Pero tan sólo un instante después me preguntaba si realmente había hecho todo lo que podía y qué hubiera sucedido de haber actuado de tal o cual otra forma.

Aquél fue el inicio de un camino en ocho que recorrería por largo tiempo.

Notaba cómo lo que fue y lo que pudo haber sido libraban una lucha sanguinaria. Yo contemplaba cómo volaban cabezas y la sangre oxidaba mis circuitos neuronales pero no podía hacer nada para impedirlo. Del mismo modo que no puede hacerlo Dios cuando los hombres se matan entre los hombres.

La historia contrafáctica desplegaba un arsenal de armas virtuales, aunque poderosísimas, contra la invariable realidad que, sin embargo, tenía todas las chances de ganar esa guerra aleve. No obstante, aún era demasiado pronto para aceptarlo.

Yo sólo quería cruzar el maldito marco de la maldita puerta y las piernas no me respondían. No sabían atender al llamado del valor. Aunque me sostuvieran, no las sentía. No podía sentir mis propias piernas, como tampoco las sintió él la madrugada que me pidió auxilio.

Flotaba como una partícula de polvo desolada y suspendida en medio de la desolación; como antaño flotaba en el comedor ese humo de los cigarrillos que mi padre fumaba a toda hora. Me había convertido en una especie de fantasma que buscaba y a la vez temía la presencia de otro fantasma.

Quizás estaba en el umbral del limbo y yo, o alguna parte de mi ser, también acababa de morir.